NUESTRA GUERRA

hablemos cabezalEl oficio de periodista me ha enseñado que el militar o policía despolitizado y corrupto jamás es leal a la población civil.

La regla es la misma en México

El presidente Andrés Manuel López Obrador intenta convencerse (y convencernos) que el soldado es pueblo. Por lo tanto, no es propenso a reprimir o ser sometido por un gobierno extranjero.

La realidad es otra.

La plantilla de mando —desde generales a subtenientes o almirantes a tenientes de corbeta— es entrenada y adoctrinada por el Pentágono.

Los casi doscientos mil militares y trescientos mil policías han dado muestras de su poder letal durante los gobiernos priistas y panistas.

Es imposible concluir que desde el 1 de diciembre de 2018 haya renacido el amor al prójimo de los militares y policías.

Imposible.

En México, del 2000 al 2019, no menos de 300 mil personas han perdido la vida por la represión o los enfrentamientos armados. Otras 500 mil padecen lesiones físicas o traumas.

López Obrador, sin duda, es un político humanista, patriota y honrado. Los hechos diarios, de su actuar político, están a la vista. De ahí, el alto porcentaje de aprobación social.

Sin embargo, según sus propias palabras, eligió a sus secretarios de Defensa y Marina por creer que son honrados y patriotas.

El general Luis Crescencio Sandoval tiene en su pasado curricular el haber fungido como agregado militar en la embajada mexicana de Washington, DC y el ser delegado de la Junta Interamericana de Defensa, bajo el mando de la Organización de Estados Americanos, la OEA.

Por lo tanto, sin el visto bueno del gobierno estadounidense, difícilmente el general Luis Crescencio Sandoval hubiese obtenido la titularidad de la Secretaria de la Defensa.

Y qué decir del almirante José Rafael Ojeda Durán, actual Secretario de la Marina. Parte de su formación militar e ideológica la realizó en España, donde el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional, de Madrid, le otorgó un reconocimiento por sus Altos Estudios Estratégicos para Oficiales Superiores Iberoamericanos.

López Obrador, en contadas ocasiones, resalta algunas virtudes personales del almirante. Y nos recuerda que al leer su curricula le llamó la atención que durante su formación académica, cuestionó la inmoralidad administrativa del gobierno, en su tesis que intituló: La Sociedad Mexicana, Corrupción y Democracia, su Influencia en la Seguridad Nacional.

Los militares mexicanos, en los últimos cien años han participado en crímenes de estado y masacres. Desde los ajusticiamientos a precandidatos a la presidencia de la república —como la de los generales Francisco Serrano, en 1927 o del general Saturnino Cedillo, en 1939—, o lo ocurrido el 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco: la matanza de los estudiantes y académicos universitarios.

O las ejecuciones, durante el gobierno de Adolfo López Mateos, en 1962, del líder agrarista, Rubén Jaramillo y su esposa embarazada, Epifania Zúñiga, y sus tres hijos, Enrique, Filemón y Ricardo.

Y cómo olvidar los hechos represivos en Nochixtlán, Oaxaca (2016) —en un intento de detener la protesta magisterial en contra de la Reforma Educativa— o el Halconazo, en 1971; Aguas Blancas, en 1995;  Acteal, en 1997;  El Charco, en 1998 y Atenco, en 2006.

Los militares participaron en las décadas de los sesenta, setenta, ochenta y noventa en la persecución, tortura y ejecución de líderes sociales, guerrilleros y periodistas críticos. La guerra sucia, emprendida por los gobiernos priistas de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez, aún es recordada por los familiares de las víctimas y los sobrevivientes.

Infinidad de series televisivas —como El Chapo o Narcos México, de Netflix— y  libros testimoniales, como el más reciente de la periodista Anabel Hernández —El Traidor— exponen el vergonzoso amasiato del crimen organizado con el presidente de la república, gobernadores y algunos mandos castrenses.

En la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, septiembre de 2014, varios militares han sido involucrados en el hecho, orquestado por narcoparamilitares, narco políticos y narco policías.

La reciente captura en Estados Unidos del ingeniero Genaro García Luna, ex director de la Agencia Federal de Investigación y ex secretario de seguridad pública, durante dos gobiernos panistas, confirma que  generales y oficiales de la cúpula castrense fueron corrompidos por el crimen organizado.

Da tristeza reconocer que militares, policías y personas de bien perdieron la vida en esta guerra injusta, sin entender los arreglos económicos de los altos mandos del ejército, la marina y las policías de los tres niveles de gobierno.

Medio millón de militares y policías, por disloques de los presidentes de la república en turno —alimentados por el autoritarismo y corrupción— se han enfrentado con una fuerza similar de narcoparamilitares, inmersos en los distintos cárteles de la droga y tráfico humano.

Unos ejemplos: Cártel de Sinaloa, Cártel de Jalisco Nueva Generación, Cártel del Golfo, Cártel del Noreste, Cártel del Golfo, Guerreros Unidos, Los Zetas, Cártel de Tijuana y Cártel de Juárez y los residuos de los Caballeros Templarios, Cártel del Milenio, La Familia Michoacana, Los Beltrán Leyva, Los Negros, La Mano con Ojos, Cártel de Colima, Unión Tepito, Cártel Independiente de Acapulco, etcétera.

De acuerdo a datos oficiales, en los tres niveles de gobierno, existen en el pais 183 mil militares; 32 mil marinos, 59 mil guardias nacionales, 40 mil policías federales, cinco mil gendarmes, 200 mil policías estatales, 125 mil policías municipales y 24 mil integrantes de grupos de autodefensa.

Es la realidad de la seguridad pública que impera en México.

Y como apuntara correctamente, Honorato de Balzac —de acuerdo a la cita registrada por Mario Puzo en su novela El Padrino—: Detrás de cada gran fortuna hay un crimen.

No dudemos…

VIDEOTECA:

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