EL DOBLE

EL ESCUPITAJOEl reloj bilógico no tiene manecillas. Gira hacia cualquier dirección, de ahí la diversidad emocional y física.

Es una gramola de tierra.

Y como en Las Vegas, lo que suceda en la tierra se queda en la tierra.

No desechen su accionar diario en bagatelas.

La parcela deseada en el Jardín del Edén no es para mediocres y cobardes. Menos para arrepentidos y chillones.

Detienes la marcha. No te importa el clima. El carrito negro con ruedas es un cilindro deforme. Levantas la tapa y hurgas en sus entrañas. Inhalas el vaho de sudor rancio impregnado en la ropa.

La idea no puede desecharse.

En la libreta anotas, solo en la fría calle, a tres manzanas de la lavandería.

Es lunes.

Y cada dos semanas lavas tus triques y los de la cama.

Sigues sobrio, a pesar de ser mediodía.

Raphael, El Divo de Linares, dejó de aullar en tu videoreproductor PSP. Con hígado ajeno y color de pelo, aun atrae multitudes. En el aparatito posees los 83 álbumes de sus canciones y las quince películas donde actuó.

Por el momento, la rola Yo soy aquel quedó truncada.

Un tipo desgarbado, con las manos metidas en las bolsas de la chamarra, hace un alto. Tiene la cara cárdena, alargada como un bumerán, los ojos apenas perceptibles, lagrimeantes, y una nariz enorme, cacariza, de alcohólico.

—¿Tienes un cigarro que me regales? —te dice en francés.

—Te lo debo… —respondes.

Te observa garabatear una página de la libreta. Lo ignoras.

Y lo primero que te llega a tu mente son dos preguntas:

¿Este hombre de donde proviene? ¿Cómo pudo llegar a esta edad y al crucero?

Traes en el estómago un poco de miel y cereal con leche. No quisiste iniciar la mañana con una taza de café y coñac.

Juan El Bautista, el profeta, solo se alimentaba de miel y langostas.

Y perdió la cabeza por ejercer el periodismo crítico. Le incomodaban las calenturas sexuales de Herodes Antipas.

Evocar el detalle te alegra el momento.

La lavandería está semivacía. Las dos mujeres que charlan sentadas en una banca de madera, cercana a una hilera de lavadoras, ignoran tu llegada. No están ahí por el servicio, sino refugiándose de la baja temperatura. Sus rostros lo dicen todo: hinchados por los excesos de alcohol. Despiden los inconfundibles aromas, etílico y de nicotina.

Una de las mujeres, rubia y ajada, te recuerda a Lizbeth Gary, tu maestra de francés.

Dicen que en la tierra deambulan personas muy semejantes físicamente.  Y lo crees. Tu eres el mayor ejemplo.

La doctora en anatomía de ciencias forenses, Teghan Lucas lo demostró en un meticuloso estudio realizado con cuatro mil militares estadounidenses.

Concluyó:

Hay una de cada 135 posibilidades de que exista una pareja de dobles perfectos.

Los criminales más buscados, deberían aprovechar esa oportunidad natural para perderse de la policía, los parientes y sus matones.

La ciencia ahora les permite incursionar en el género contrario, sin perder su virilidad.

No te contienes.

La risa estalla, después de insertar, en una rejilla, las ocho coins (monedas de veinticinco centavos) y meter en la lavadora, una toalla, dos sábanas, dos fundas, cinco chones, ocho playeras, dos camisas, un pantalón de mezclilla y tres piyamas.

La doble de Lizeth te aborda.

—¿Me podrías regalar una monedas?  —te pide en castellano.

—Bien sûr que oui… —respondes en francés.

Le depositas en su pálida palma, cuatro monedas de dólar.

Al activarse la lavadora, te alejaste de la mujer.

Tus recuerdos como alumno de Lizbeth Gary no eran gratos. Odia a los inmigrantes y no lo esconde.

—Ustedes solo vienen a quitarnos los buenos empleos y a abaratar la mano de obra calificada —reiteraba en francés, durante algunos recesos.

Ella suponía que todos los alumnos no entendían sus reproches.

En el área de las maquinas secadoras, retomaste tu comunicación con El Divo de Linares.

Y canturreaste:

…Y estoy aquí aquí, para quererte./Estoy aquí aquí, para adorarte./Yo estoy aqui aqui, para decirte,/que como yo, nadie te amó…

Lo escuchabas y lamentabas.

Por falta de dinero, a Miguel Rafael Martos Sánchez, apodado Raphael, difícilmente lo abordarías en alguno de los teatros de Madrid, para que comprobara tu gran parecido físico a él.

Hasta te tatuaste la curvatura de sus cejas pelirrojas.

VIDEOTECA:

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