LA ESPERANZA

portsoynorma2EPILOGO

Bajo el yugo oprobioso de un régimen autoritario, dejé de ser feliz. Después de lo ocurrido el 11 de septiembre de 1973 temí por la vida de mis seres queridos.

En diciembre de 1975, cuando mi hijo Aliocha Tubal acababa celebrar su octavo cumpleaños, decidí abandonar Villa Alemana.

Una hija de la señora Dolores me ofreció trabajo en su residencia de Valparaíso y acepté.

Consuelo, Centia y Cleyda llevaban una vida marital; Victor Hugo continuaba bajo el cuidado de la abuela paterna y Futuario y Alex decidieron seguir al lado de su padre, en Villa Alemana.

Tubal me seguiría en mi nuevo empleo de trabajadora doméstica.

Y fue precisamente ahí, en esa residencia construida en un tramo céntrico de la avenida Independencia, donde, un fin de semana, mi hijo Victor Hugo me buscó.

—Madre, me voy a ir a vivir a Canadá —me informó en tono amoroso y ofreció—: Si van bien las cosas por allá y la mando pedir, ¿Vos se iría conmigo?

—Claro, hijo… Vos sabés que te seguiría hasta el fin del mundo…

Eso ocurrió en mayo de 1982, mientras realizaba mi rutina diaria en la cocina.

Tres años después del ofrecimiento de Victor Hugo, en abril de 1985 y en compañía de Alex y Tubal, descendí de las escalinatas de un avión canadiense.

 Mi hijo nos aguardaba en el aeropuerto internacional de Toronto.

La pesadilla había quedado atrás, a ocho mil seiscientos kilómetros.

VIDEOTECA:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s