ENTAMBADO

morir-en-montreal-portada39

La celda tenía veinte barrotes, retrete, lavabo y dos lozas de cemento — del tamaño de una cama individual—, empotradas a los muros color crema.

Una crujía similar, sin inquilinos y separada por un pasillo, al frente de la mia.

Durante el traslado al cuarto de fichaje comprobé que, en la planta baja, existían otras siete celdas de las mismas dimensiones.

Un policía de porte germánico me entregó una cobija y un rollo de papel sanitario.

De la una a las tres de la mañana, la prisión preventiva del Centro Operacional Oeste de la policía de Montreal fue poblándose de malandros.

Y empezaron los gritos, reclamos e imprecaciones contra los policías.

Yo compartía la celda con un chileno, de nombre Manuel Lizárraga. Tenía sesenta años de edad.

Lizárraga fue arrestado en un bistró del bulevar Cavendish.  Enfermo de celos, golpeó con un martillo al amante de su amante  —una meretriz alcohólica—, acicalado por el ron y las anfetaminas.

El chileno sobrevivía con dinero de la asistencia social. Un amigo le rentaba, por cincuenta dólares mensuales, su dirección domiciliaria para recibir su correspondencia.

Las adicciones de alcohol y anfetaminas, lo orillaron a dormir en la calle o en mesones para hombres itinerantes o sans-abris.

De esta manera evitaba pagar la renta de una habitación, como lo exigían las normas asistenciales del Ministerio del Trabajo, Empleo y Solidaridad Social de Quebec.

Manuel era un hombre consumido por la depresión y los excesos.

Su rostro era una máscara de piel  marchita y desdentada.  El rencor y frustración lo estaban secando. Era huesudo, de pelo pashte y envuelto en trapos sucios y pestilentes.

Posiblemente mi aspecto también evidenciara suciedad y descuido.

Mi rostro no se diferenciaba al de un anarquista, presto a levantarse en armas en el viejo San Petersburgo.

El chileno no cesó de llorar, doblegado por su obsesiva frustración de amante cornudo.

En voz alta, y desde el camastro, lamentaba su desgracia.

De costado, con el rostro adherido al muro, gimoteaba y repetía las palabras conche-tu-madre y eres una guevona y malandra.

La aurora llegó sin que amainaran las quejumbres y gritos.

Tras mi arresto, terminé en un inmueble de dos plantas del Servicio de la Policía de Montreal, en el barrio Bois-Franc, entre los bulevares Thimens y Cavendish.

Dos mujeres policías, agraciadas de cara, pero bruscas de cuerpo, me recibieron y registraron en un ordenador.

En absoluto mutismo, realizaron su chamba.

Quince minutos después, con los brazos esposados, me trasladaron al área de las crujias.

Mientras descendía por unos escalones metálicos, el carcelero, de rasgos autóctonos, me informó que a las siete de la mañana sería trasladado a otra prisión.

 Y una hora antes de la partida, de no tener abogado y apelar a la detención, en el departamento de fichaje abrirían una tarjeta signalética con mis huellas dactilares, número de expediente y fotografías de frente y perfil.

—¿No tienes abogado? —susurró en castellano.

—No  —dije—, tampoco dinero…

—Tienes derecho a solicitar uno y lo paga el gobierno.

Le agradecí la sugerencia con un también susurrante merci beaucoup.

Manuel logró tranquilizarse. Tal vez al superar los efectos de la efedrina y el alcohol.

De espaldas al muro y sentado en posición de jefe apache, empezó a interactuar.

—Tenés que perdonarme por mi comportamiento —se exculpó.

—Nada que perdonar  —dije—, es un asunto de bolos y aquí ya estamos para ponernos buzos.

—¿Es verdad, vos estás por lo mismo?

—¿Por bolo o andar de bochinchero?

—Si…

—Más bien por lo segundo —concedí y aspiré con profusión— y ni modo, lo baboso hay que pagarlo sin chilladeras

Nada de arrepentimiento, me dije mentalmente. Enfrentaría estoico las consecuencias.

La razón estaba de mi parte.

El guanaco marihuano me había hartado por ladino e irrespetuoso de mi privacidad.

Por desgracia, envié la señal equivocada al enfrentarlo con gritos y palabras soeces.

La bronca tuvo lugar durante mi trayecto de la cocina a mí cuarto.

Le exigí que contribuyera con la limpieza de los lugares comunes — baño y cocina—, disminuyera el volumen del televisor o el tono de su voz al hablar por teléfono durante la noche y no fumara tabaco o marihuana  en el interior del departamento. El humo me provocaba insomnio y dolor de cabeza.

—Vete a la verga, chapín de cagada —fue su respuesta.

Y salió vociferando del departamento.

Lo seguí, craso error.

En mis manos cargaba un juego de cubiertos que utilizaría en los embutidos y queso.

Antes del incidente, veía un programa de televisión, bebía cerveza y elaboraba aretes y collares de abalorios y cabuchones de resina.

En el exterior del edificio, bajo la nieve y los rigores del frio otoñal, lo reté a golpes. No lo bajé de cerote, hueco, chiflado, lengüetero, cuerudo y lambiscón.

El salvadoreño llegó al departamento por recomendación de El Ronco Rentería. Era pintor de brocha gorda y el palpador de próstata del italiano.

Su amoralidad le ayudó a conectarse de inmediato con la clica paramilitar de Notre-Dame-de-Grâce.

Mis momentos de mascado pendejo alertaron a los vecinos de los edificios contiguos, principalmente de origen afroantillano.

La chusma salió en defensa del guanaco, afín a sus vicios y guevonerías.

No faltó el dedo que solicitara la presencia de los juras.

Y yo, seguro de haber logrado mi propósito —intimidar al guanaco— reingresé al departamento para proseguir con mis tareas de artesano.

Los otros inquilinos de nuestro departamento no estuvieron presentes.

Todos eran prudentes al conocer mis constantes reclamos y estallidos de cólera.

Odiaba —y era reiterativo en mis reclamos— el enfrentarme a un fregadero repleto de trastos sucios; ser víctima del robo de alimentos, los altos decibeles de su música y de las pestilencias a mierda y marihuana en el baño y la cocina.

Por un instante quise revelarle mis cuitas al chileno, pero al verlo en aquel estado deplorable, de semilocura, preferí asumir el papel de confesor de cabecera.

HEMEROTECA: notv121809

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s