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El canto de Amapola

LA BODA

amapolaLa pachanga en el rancho de los Katz-Amor, atrajo lo mejorcito de la sierra.

No faltó la sopa de pan de trigo, el asado de puerco, la barbacoa de carnero y el arroz jardinado.

El mismo día, Amapola y Gelasio se desposaron por lo civil en Chopeque y recibieron la bendición del padre Conrado Vale.

Más de mil quinientas personas, de toda la comarca serrana —desde La Junta, Cuauhtémoc y Creel—, acudieron a la invitación de los Katz-Amor.

Amapola y Gelasio, en la iglesia de San Pablo Apóstol,  obtuvieron el séptimo sacramento de su fe.

Y de boca del presidente seccional, Erasmo Ayala, escucharon  —en el registro civil de Cusihuiriachi— la epístola de Melchor Ocampo.

Marianita Amor, entre ataques de hipo y dolencias de pecho, hizo la entrega de su hija y atendió a los invitados.

Tres de sus diez vástagos habían fallecido. Únicamente seis —dos mujeres y cuatro hombres— asistieron a la boda de su pariente.

Germán, el primogénito, murió antes de nacer.

Y Jonás, que encabezaba a la prole del menonita, estuvo ausente en aquel casorio de estridencia y colorido.

—Un día me la van a entregar panzona o en una caja y eso no lo quiero. Es preferible que se case y conozca la responsabilidad de esposa —preveía Mariana Amor ante sus amistades.

Le preocupaban las borracheras del maestro Caritino y sus antecedentes de pistolero y borracho.

Abraham Katz atravesaba, a su manera, por las mismas tribulaciones.

Nunca las comunicaba.

En la soledad de sus pensamientos hacía conjeturas y murmuraba sus rabietas. Conocía el comportamiento atrabancado e irresponsable de Amapola.

Estaba seguro que se trataba de un simple capricho de muchacha.

El menonita confiaba en que las crinolinas y los vestidos de tafetán blanco, terminarían en el tiradero de los fierros viejos o incinerados.

Amapola seguía comportándose como una cabra silvestre, vigorosa y traviesa.

 Le entusiasmaba corretear por los surcos, manojeando la avena y cortando el fríjol.

Saltaba de un lado a otro, terregosa, enseñando su dentadura de conejo y lanzando explosivas carcajadas ante los desatinos de sus otros hermanos.

Abraham Katz, en estado de gracia, la observaba sentado en el tractor o mientras reparaba los techos de la bodega y la caballeriza.

Le amilanaba imaginar a su linda criatura de cabellera rulada, color paja, en el aposento de aquel minotauro de El Álamo de Ojos Azules.

—Que sea Jonás quien se la entregue a ese pandejo —protestaba, al acortarse la fecha de la boda—. Yo no voy a asistir porque no estoy de acuerdo, me largo para Cuauhtémoc.

—Así has sido siempre, Abraham. De ti nada puede extrañarme.

Mariana se daba fuerzas para no ahondar más en una relación amorosa muy disminuida.

Cuando los reclamos del matrimonio arreciaban en la mesa, Amapola de un salto alcanzaba la puerta y se refugiaba en uno de los claros del arroyo.

Tirada bocarriba, masticando mejorana o yerbabuena, dejaba correr, entre sus piececitos de púber, las aguas aderezadas con las resolanas de septiembre.

E inconscientemente se tentoneaba las partes erógenas de su cuerpo de infanta a punto de madurar.

Gelasio la intranquilizaba por la manera bruta de acariciarla.

Le había permitido manosearle sus pechos tersos y escurridizos.

Aquel semental casi la enloquecía al lamerlos y apretujarlos con sus manos de espolique.

Amapola, al saberse dueña de la situación, lograba zafarse de los arrebatos del macho y echaba a correr hacia la espesura del bosque.

Amapola definió la fecha de la boda y autorizó a Gelasio para que la pidiera ante su familia.

Esa misma noche, sudoroso y enfebrecido, se lo hizo saber a sus padres. Entró a la cocina de madera donde cenaban don Honorario Moreno y doña Remedios Maynes.

Sin soltar la caja de chocolates suizos y las acacias amarillas, envueltas en papel de china, les anunció:

—Me caso con Amapola Katz y ella ya lo aceptó… La boda es el ocho de octubre, en Chopeque y necesito que me la pidan…

Todo se hizo conforme lo planeado.

Quince madrinas y padrinos intervinieron en el pedido de mano.

En el rancho de los Katz-Amor tendría lugar el bailongo con música norteña y serían los responsables de adornar el templo católico y el salón de actos.

En todos los rincones del rancho colgaron figuras de papel maché, globos azules y blancos y ramilletes de azahares y alcatraces.

Medio centenar de cajas de refresco y pisto (sotol, tequila, brandy y cerveza) se amontonaron en la bodega.

Los ahorros de Gelasio fueron insuficientes para celebrar en grande la despedida de Amapola del hogar del encolerizado menón.

Durante el desarrollo de la fiesta, las donaciones en especie —de vecinos, amigos y familiares— cobraron mayor interés.

Marianita se acoplaría. El casar a su hija por las leyes de Dios y el hombre, daba ascendencia moral y honor a Amapola, pero principalmente a la familia.

De ahí, su aprobación de organizar en Chopeque la gran pachanga.

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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