ESPÍRITU NAVIDEÑO

portada en la entrana del castorLa imaginación abre la puerta del infinito. En esa galaxia sin fronteras, ocurren asuntos complejos y admirables.

En cualquier mundo visible, donde los seres vivos intentan tener identidad propia, la mente vive en constante contradicción.

El pensamiento, como un algo cognoscitivo, registra asuntos ajenos que se repiten una y otra vez, hasta alcanzarnos.

Imposible medir el tiempo con un cronometro visible.

—0—

Emilie Guerre estaba ahí, afilado de rostro, patilludo. Bajo sus tupidas cejas, como senderos de paja negra, unos ojos profundos, siniestros.

Por la temporada, vestía un chaquetón de cuero negro acolchado y botas térmicas. Una gorra montañesa, de lana azul marino, cubría parcialmente su rechoncha cabeza, escasa de pelo.

Desde el lugar donde aguardaba a su víctima, pudo darse cuenta de la manera de operar del sans-abri, todo de verde, disfrazado de elfo. El enorme costal de lona desentonaba, por ser de color escarlata.

En el estacionamiento del supermercado abundaban las camionetas y autos semicubiertos de nieve.

El manto de la noche estaba parcialmente truncado por las luminarias.

Guerre no intervino en el primer asalto.

El sans-abri, de una edad avanzada, fingió estar aflojando el tornillo de un neumático.

En el instante que un alma caritativa —hombre joven de barba rubia y lentes— casi arrodillado tocó la llave de cruz, el pordiosero amenazó dañarlo con una serpiente de piel terregosa y manchones oscuros.

El ofidio, al que extrajo de uno de los bolsillos de su largo abrigo verde, hizo sonar su cascabel.

—¡Sus joyas y la cartera —exigió el delincuente—, métalas al saco!

La serpiente, no menor a dos metros, abría el hocico, enseñaba los afilados colmillos y la hendida lengüeta.

La víctima, casi blanco por el terror, cumplió su parte y huyó hacia el centro comercial.

Guerre no podía tolerar un nuevo ataque.

El sans-abri ponía en riesgo su misión.

Con pasos rápidos, llegó frente a su par. Antes que éste reaccionara, tomó del cuello a la serpiente y con su navaja de muelle la decapitó.

La sangrante cabeza quedó en su mano enguantada.

—¡Vete a robar a otra parte, hijo de perra! —ordenó Guerre—. Y no te doy un balazo porque eres un maldito viejo decrepito…

El elfo de bigote y barba dispar, alba como la nieve, dio varios saltos hasta perderse en la zona sombreada del estacionamiento.

Guerre retornó a su lugar de espera.

—0—

En otra latitud, una nave tubular se aleja del sol.

Un gran rótulo rojo sobresale en un costado:

Ya nye magu zhit’ byes tyebya

HEMEROTECA: De La Literatura Al Cine Sanchez Noriega Jose Luis

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