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Morir en Montreal

KARMA

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Los sueños recurrentes, en mi caso, son un misterio. Me provocan miedo y angustia el verme solo, perseguido en callejuelas infectas de basura y criminales.

Durante los pocos minutos que dormí en la celda  tuve una extraña evocación:

Me sumergí en las aguas pardas del rio San Lorenzo para salvar a la pareja de un amigo de adolescencia.

Lo sucedido fue muy descriptivo y real.

Tulio Badallares, como se identificó en la playa del parque de Jean-Drapeau, agradeció mi ayuda.

La mazatenangueña, Vanessa Cernuda, había estudiado con nosotros en Chiquirines.

No la recordaba a detalle.

El hecho fue que la atrapé del pie izquierdo antes de ser tragada por la maleza acuática.

Temí ahogarme en los instantes que pataleaba hacia la superficie, sin soltar a Vanessa.

Después, en una terraza del chalet playero celebrábamos el desaguisado. Vanessa, en bikini y cabello suelto, húmedo y refulgente, me conducía de la mano a su recámara.

Un golpeteo metálico interrumpió nuestra marcha.

Horrorizado observé, en acción retardada,  el desplome de una botella de champagne que se soltaba de mi mano.

—¡Hora de tocar el piano! —exclamó el carcelero, golpeando los barrotes con una macana—, ¡Allé, allé, de prisa!

En el pasillo, su acompañante —ceñudo y cárdeno—, me ordenó estirar las manos  para esposarlas.

El chileno quedó rezagado de la fila india con dieciocho detenidos.

Durante nuestro lento recorrido nos vigilaron cuatro policías.

Lo poco asimilado en la escuela de francesación, me ayudó a ser  un poco receptivo con las instrucciones emitidas por mis captores.

Lo mismo ocurrió al observar los avisos impresos en los muros de la fría comisaria.

—Usted, usted y usted aquí se quedan —ordenó el carcelero, señalándonos.

 Tres detenidos ingresamos a un pequeño cubículo ocupado por dos mujeres policías.

Me liberaron de las esposas.

En un escritorio de metal enfrenté los sinsabores del sistema carcelario quebequés:

Recibir una ración de tinta negra en las yemas de los dedos, de ambas manos, e imprimirlas en una hoja mecanografiada.

Posteriormente ser retratado, de espaldas y costado, sobre una regla vertical grabada en el muro blanco.

Mientras la cámara lanzaba flashazos, yo sostenía una cartulina con varios números y letras.

Los otros detenidos, jóvenes, greñudos y tatuados de los antebrazos, aguardaban su turno de fichaje, de pie y esposados.

La falta de droga se evidenciaba en sus gestos y el tono de la piel.

La malilla les pegaba duro.

El barbaroja con una mejilla inflamada y amoratada tiritaba. No cesaba de rascarse el cuello y las palmas de sus manos.

Ante mis ojos, todo parecía tan irreal, confuso.

Después del fichaje, nos esposaron y condujeron a un camión blindado, similar al usado para transportar valores bancarios. En el sofocante interior, por la falta de vidrios, aguardamos el arribo de otros detenidos.

En esos instantes recordé lo expresado por el chileno.

El salvadoreño tuvo mayor credibilidad en su denuncia por hablar un correcto francés.

Y otro punto a su favor:

Obtuvo el respaldo de vecinos, compañeros del departamento y del propio conserje.

Manuel, ducho en esos líos judiciales, me adelantó:

—El juez va a ordenar que dejes el departamento y no te acerques a cierta distancia del denunciante  Tampoco podrás hablarle al guanaco por ningún medio, mientras dure el juicio… El cacho no es cualquier cagarreta, carbonero, y dímelo a mí que ya soy cliente de los carabineros de esta cana putrefacta…

Por el momento, opté por aislarme del problema que experimentaba e intenté pensar en hechos agradables.

No lo logré.

El submundo urbano pesaba, dolía e imponía sus códigos.

Por ejemplo, el apestoso bar de Gardiner siempre fue terreno minado, de escape.

Por su cercanía al departamento de Walkley tendría que abandonarlo en definitiva.

Alessia Lombard me había distanciado de El Ronco Rentería.

No preví las consecuencias.

Durante cinco fines semana intimidé sexualmente con ella sin violencia física o verbal.  La entusiasmé. Su amante la vejaba y golpeaba.

Primero acudí a su departamento con el pretexto de elaborar bisutería y beber su cerveza y aguardiente antillano.

Placer de dioses.

Posteriormente, la borrachera y el ocio me horquetearon en sus muslos. Terminé siendo adicto de sus resoplidos y pataleos de yegua en brama.

Por un accidente de trabajo, El Ronco Rentería se alejó un par de meses de la quebequés.

—Tengo que superar mis lesiones —pretextó— y viviré un tiempo con  mi ex, la madre de mi hijo Carlos. Es de mi país y conoce algo de herbolaria…

Una cosa encajaba con otra y revolucionaba la rutina.

La escuálida Alessia rentaba un sórdido sótano de una recámara.  En ese espacio evidenciaba su grave crisis existencial: mugre y un desorden absoluto.

Su alcoholismo y apego a la cocaína base la habían desconectado de la realidad.

Aun así, diariamente no dejaba de fabricar con sus manos collares, aretes, broches y pulseras e imprimirle originalidad a sus diseños.

Únicamente bolo podía chimarla y protegerla bajo mis brazos, mientras buceaba en las aguas infernales de las alucinaciones.

El Ronco Rentería se enteró de lo nuestro.

En uno de nuestros reencuentros en el bar de Gardiner, sin alterar la voz, comentó que mi comportamiento era incorrecto y falto de hombría.

Previamente nos habíamos enjaretado dos tarros de cerveza oscura.

Su honra, aclaró, jamás la reivindicaría a golpes o amenazas.

Los tiempos eran otros e imprimían nuevos derroteros de equidad justiciera.

Sentenció:

—Es Canadá y los bisneros tienen ala ancha para los calenturientos y vos la cagaste, Venancio. Aquí podés venir cuando querás para hacer tu cambalachera. Es un bar, no te preocupes… Martin y Richard ni por enterados en esta vaina, bonne chance

Su desnalgada amante le era leal, no fiel. Lo fundamental estaba en lo primero.

Y dejé de ser su aliado de confianza al meterme en la felpa desteñida de la drogadicta.  Hubo deslealtad hacia él y tenía que ajustarme a las consecuencias.

La clica paramilitar lo secundó.

Hasta El Mocho Cabrera dejó de frecuentarme.

Llegaron a su fin los acompañamientos al viejo puerto de Montreal para vender nuestra mercadería artesanal y el beber cerveza con los bohemios del bar de Saint-Catherine. También quedé fuera de sus planes de participar en la recuperación de los escudos y reales españoles, enterrados en territorio cochabambino.

Me convertí en un proscrito, sin recompensa por mi captura o muerte.

Y como le ocurrió a Moisés, el profeta hebreo, o a Sinuhé, el médico egipcio, fui condenado al exilio del territorio sagrado de los paracos y bolos de Notre-Dame-de-Grâce.

Así que, cuando me enfrenté al guanaco de Los Cobanos —Wenceslao Guerrero—, carecía de aliados. Solo tendría que mamarme tamaña bronca.

No era cualquier concha de ajo, como dicen los venezolanos, sino un problema legal que podría desencadenar en penitenciaria y deportación.

Y mientras continuaba en el autobús blindado y sin ventanillas, que me transportaría al Palacio de Justicia para enfrentar a un juez por los cargos criminales presentados en mi contra, tambien intenté descifrar la pesadilla registrada en la celda.

Me  resultó interesante.

Mi subconsciente deambuló en un lugar conocido: la playa del parque Jean-Drapeau, donde, un año tres meses atrás, navegué con Lisandra en un kayak hasta la caída del sol.

Después, cenamos en uno de los pabellones del casino de Montreal y dormimos en un motel de paso de Longueuil, donde anunció el fin de nuestros encuentros.

En dos días, sus hijos retornarían de Panamá.

Y tras meditarlo optó por no abandonar a Roberto.

—Tú me ayudaste a valorar mejor mi sexualidad —dijo con la cabeza sobre mi pecho, soltando el perfume floral que tanto me enervaba— y Bob es un buen padre y amigo. He hablado con Maya y acordamos compartir a mi marido, porque lo amamos. Incluso, es posible que en algunas ocasiones los tres salgamos juntos a divertirnos. Mi familia es lo primero, Venancio y espero lo entiendas…

E imaginé:

Los chapines, Tulio Balladares y Vanessa Cernuda —presentes durante el trayecto al Palacio de Justicia—, eran los replicantes del cocinero bisexual y La Tuerta fanática.

Y entonces comprendí:

Nada es fortuito en nuestro paso por la vida. Siempre existirá un propósito inexplicable que jamás concluye con el olvido o la muerte.

Por el contrario, es el inicio de la inmortalidad.

De algo tenía certidumbre: había sembrado la semilla de la esperanza en territorio quebequés.

VIDEOTECA:

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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