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Sommus

100 DOLARES

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El pasado te impide ser feliz. Cada recuerdo se desdibuja y contamina.

Debes aislarte.

Todo quedó atrás.

Éxitos y fracasos terminaron envueltos en sábanas blancas, impregnadas de formalina, alcohol y glicerol.

De cabeza a pies, taponeados con algodones oídos, narinas y boca.

Tu habitación es una caverna mortuoria.

Nictofobia, no.

Agorafobia. Eso es, agorafobia.

Repites la palabra, mientras te desplazas del baño a la cocina.

Rema dejó un mensaje en la contestadora:

—¿Tío, es posible que me prestes cien dólares para cubrir el pago de mi renta?

Es fin de mes, lo recuerdas.

No tienes idea qué comerás.

Tienes suficiente arroz frito con cilantro, chile morrón y ajo.

En la alacena conservas seis latas de sardina y media bolsa de lentejas.

Por la edad —sesenta y cuatro años— es difícil encontrar empleo. Sobrevives con la ayuda social —725 dólares mensuales— y los bancos de comida.

Marguerite, tu gentil vecina, te ha invitado a recoger botellas y botes de aluminio. En el solar de un amigo esconde dos carritos de supermercado.

—Con doscientas botellas diarias —te ha dicho pelando su seca encía superior—, te allegas veinte dólares, que en un mes, son seiscientos… Lo de tu renta…

La oferta, por momentos, es tentadora.

En once meses, precisamente el 9 de octubre, celebras tus sesenta y cinco años. La edad requerida para recibir la pensión por vejez.

El detalle llegó a oídos de Geoffroy, el vecino del 7. Es un periodista exiliado, septuagenario y muy aporreado del cuerpo por sus excesos de alcohol.

Mexicano de origen.

Es común encontrarlo en los pasillos, rengueante y con sus anteojos estrellados, montados en su nariz de cotorra. Es un remedo de Popeye, por su cara chupada, sin gruesos bíceps y traje de marino.

—Me las he visto peores, viejo —te dijo al recoger su periódico del buzón—. Los meses se pasan rápido…

—No entiendo de qué me hablas… —fue  tu respuesta.

—Bien que lo sabes, bien que lo sabes —repitió y al iniciar el ascenso por la escalera, giró su carota de media luna y agregó en voz baja—. No entiendo por qué seguimos aquí, robando oxigeno…Debería ser obligatoria la eutanasia para viejos pendejos y abandonados…

Rema es la única persona allegada a ti. Es huérfana y tiene dos hijos, aun pequeños. Su marido sigue en prisión, por un lio de cantina: casi degüella a un quebequés por un asunto de faldas.

El dinero siempre escasea.

Rema trabaja ocasionalmente en una compañía de limpieza. Le pagan a la negra. Es un medio ilegal para no declarar ingresos ante el fisco.

Piensas hablarle por teléfono antes de meterte a la cama. Recordarle que tú también eres un sobreviviente.

Cada fin de mes, la angustia se repite.

En San Salvador fuiste ministro de iglesia. Pregonaste una verdad, sembraste esperanza, compartiste fe…

Tu error fue oponerte al régimen y no tener veinte mil dólares. Después de secuestrarlos, asesinaron a tu esposa e hijo. El odio y el miedo contaminaron tu sangre.

Rene-Robert Morel, el cuáquero de Santa Tecla, intervino. Te sacó del país. Eras un lastre. El alcohol y el opio te brotaban por los poros. Terminaste en Montreal, en el departamento alquilado de tu cuñada y su marido canadiense.

Te alejaste de Dios.

Desde entonces nada te importa.

Por tu pasado religioso, el que te opones desenterrar, el gobierno de Quebec acordó apoyarte económicamente.

Tu cuñada murió de melancolía, tras el deceso de su marido. El departamento lo heredó Rema.

—Tio, voy a vivir aquí con mi familia —te avisó en la primera semana de mayo.

No pusiste objeción.

El esposo de Rema, un brasileño algo descocado por sus adicciones, convenció a un amigo para que juntos rentaran un departamento de una recamara. Cada uno pagaría trescientos dólares mensuales.

Te advirtió:

—Don Manuel, el único requisito es que usted será el titular del contrato de renta por ser ciudadano canadiense, porque Sebastiao es ilegal…

Dos años después, tuviste que cubrir la totalidad del alquiler.

Sebastiao Freitas fue deportado. La policía lo arrestó en un bar, durante la gresca del marido de Rema.

La voz de Rema, horada, te duele hasta la entraña…

¿Tío, es posible que me prestes cien dólares para cubrir el pago de mi renta?

 En esta ocasión, sin proponértelo, al tirarte en la cama, repites mentalmente un breve texto del Libro de Job.

Volverás a confiar, porque tendrás esperanza y rodeado de paz podrás dormir tranquilo…

Aun supones que tu fe continua estando a prueba.

HEMEROTECA:pro29dic19

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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