DEJÉMOSLO DESCANSAR

Salvador Dali La aparición de la cara de Afrodita de Cnidus en el contexto del paisaje1

Mi esposa es enfermera —como yo— y estudió cine, en el Cégeps de Cartierville. De ahí su propuesta de grabar la cirugía y dejar un testimonio visual de un hecho reivindicativo y cuestionable.

Vida por vida, lo he intitulado.

El primer registro, como ustedes se dieron cuenta, fue de Emile Bigot.

Un gran close up permitió conocer su portento varonil y la tranquilidad como duerme.

Perdonen la ironía.

Es un hombre exitoso. Un empresario de valía. Un gigante de los negocios. Un estadista con presencia universal. E incluso, un padre de familia inigualable.

La prensa de Quebec se ha encargado de dar detalles de su vida.

Merecía, por lo tanto, ser uno de los protagónicos de este testimonio videograbado.

La sinuosidad de sus cejas cobrizas, como usted lo pudo confirmar, resalta cada detalle de su rostro ario. Desde el hueso frontal, convexo y sin arrugas, que posiblemente proyecte inteligencia y despreocupación. No son palabras mías, sino de sus aduladores.

Lo mismo, la fina caída de su nariz afrancesada que separa unos ojos gatunos, almendrados, protegidos por unas pestañas largas y torcidas hacia arriba.

Y al final, su cara cuadrada, maciza, resalta un mentón simétrico, sombreado por los rastros de una tupida barba rasurada. 

Chandra, mi carita de luna, siempre admiró el atractivo físico de este hombre de labios carnosos, en perenne sonrisa y blancura.

—No importa la edad —repetía sin disimular su admiración—, es un hombre atractivo desde el remolino de la cabellera a los pies…

Por el momento, no debería aludir a mi hija, pese a ser la causa principal de esta historia.

Arya, su madre, sufre con solo mencionarla.

Y la entiendo.

Soy argentino, pero de padres indianos, de Nueva Delhi.

Por cuestiones que luego aclararé, nací en una caleta argentina del océano Atlántico. En Cabo Raso, una casi inexistente localidad de la Patagonia, bañada de aguas heladas y donde conviví con leones, lobos y elefantes marinos.

 Mi padre era pescador. Gracias a su sudor y desvelos, jamás dejamos de alimentarnos de cangrejos, salmones y pejerreyes.

Por un problema familiar huyó con mi madre de la India y terminó en ese solitario lugar, donde vivió de niño el presidente Juan Domingo Perón.

Mi padre trabajó hasta su último aliento como transportista de barcazas.

El 28 de enero, el día de Santo Tomas, celebro mi cumpleaños setenta

Y aquí recibiré esa fecha, no con la algarabía que quisiera. Arya, Chandra y Emile me acompañaran.

Me negué a comenzar el video con una bata y un tapaboca blanco salpicado de sangre.

Arya intentó convencerme que trastocáramos el orden del argumento. Preferí que no hubiese sorpresas.

Quien encuentre este material videograbado tendrá que pelear con sus propios demonios, azuzados por sus creencias religiosas.

Me importa un pito poner en tela de juicio nuestra cordura.

Si hemos llegado hasta nuestra cabaña de Saint-Adolphe es porque jamás renunciamos al propósito de morirnos en santa paz.

Invertimos quince años en levantar este refugio y de hacernos del instrumental de cirugía, el mobiliario y los medicamentos.

No pierdan detalle, por favor.

Lo que observan al fondo es un esterilizador para cubrir todos los estándares de asepsia, después de utilizar cada instrumento de cirugía.

No queremos que Emilie vaya a enfrentar los sinsabores de posibles daños posoperatorios: infecciones o sangrados, por un simple descuido de esterilización.

Nada de óxido. Nada de corrosión. Nada de picaduras en el metal. Todo impoluto, aséptico y sin contaminación microbiana.

 —Gracias, amor… por apoyar mis palabras con imágenes…

Bajo la cabaña edificamos la sala de operaciones. No fue un trabajo fácil.

El arquitecto que la construyó con hierro y placas de acero inoxidable, por desgracia ya no habita en Montreal. Fue deportado, después de perder el juicio migratorio. Claro, no lo desamparé económicamente.

Por un problema renal, Micky Lerma falleció hace tres años en su amado Paraguay.

Murió convencido que bajo la cabaña edificó un bunker para almacenar víveres y sobrevivir una década, en caso de una hecatombe nuclear.

Micky creyó que me tragué su historia del avenimiento de la tercera guerra nuclear. Difundía sus apocalípticas predicciones a través de un semanario latino que nunca le pagaba.

El editor lo utilizaba como simple llena planas.

De inmediato lo contacté.

Y durante una cena en nuestro departamento, le aseguré que coincidía con su tesis apocalíptica.

Necesitábamos, le dije, contar con un refugio antinuclear de tal calado.

Y por una cantidad de dinero acordada, pasaría una buena temporada en nuestro retiro de Saint-Adolphe.

De Montreal a nuestra cabaña de descanso es necesario conducir en auto durante más de cinco horas.

La distancia entre Montreal y Saint-Adolphe es de 350 kilómetros.

Primero, sin intervalos, es necesario llegar a la ciudad de Quebec. De ahí ascender por la autoruta 73 hasta la 175 y tomar el camino de Saint-Edmond que conduce a Saint-Adolphe.

En invierno, el lugar se vuelve intransitable y solitario.

Arya fue quien tuvo la idea de adquirir el inmueble.

Un granjero retirado e interno del hospital habló de su propiedad de Saint-Adolphe. Acababa de enviudar y prefirió vender su granja de cerdos antes de ser destruida por el hollín y la humedad. Sus dos hijos abalaron la operación al cubrir con parte del dinero sus adeudos bancarios.

La fotografía que observan es de la granja antes de ser reparada por Micky.

En esta otra fotografía, aparece el antiguo propietario. Fue tomada por una compañera de trabajo con mi teléfono celular,

El viejo rapado de la cama, entre mi esposa y yo —en bata— es Grenier, el granjero. No sobrevivió al cáncer pulmonar.

Lo sacaron en un féretro de roble laqueado, tres meses después de vendernos su propiedad.

Hasta aquí, mi amor, detengamos un poco la filmación y vayamos a cenar.

Nuestro amigo Emilie no despertará hasta mañana. Dejémoslo descansar.

VIDEOTECA:

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