PRIMERIZA

amapolaEl dolor fue terrible para una quinceañera menuda, de senos grandes y recios.

Gelasio estaba impregnado de sotol y cerveza. Era incapaz de escuchar sus gritos de rechazo.

En el instante de rasgarle el himen, Amapola creyó que moriría.

El aire dejó de fluir con libertad y su respiración se acortó.

—¡Ya déjeme… Me duele… Me duele mucho..! —le imploró al semental de anchas espaldas y brazos tan semejantes a troncos de tule.

Nadie la escuchó o auxilió.

Solo resoplidos y golpeteos de cama invadieron la habitación en penumbras.

Amapola pudo evadirse momentáneamente del tormento físico, indescriptible, al evocar sus constantes viajes a Creel, Ciudad Madera, San Francisco de Borja, Tomochi, Carichi, La Junta, Bachiniva… Lugares donde el viejo menón, por mero divertimento finsemanero, proyectaba películas de 16 milímetros, de corte ranchero.

A ella le gustaba acompañarlo y dormir en los cuartos de algunos hoteles malolientes.

Amapola tenía bajo su responsabilidad la taquilla y el comprar los burritos y la cerveza para Abraham Katz.

Esa imagen, la del menonita vigilando el ruidoso proyector de cine, le permitió aislarse de la dolorosa realidad que experimentada.

Amapola supuso que el placer sexual, descubierto con sus toqueteos y los constantes roces con piedritas de rio, lograría multiplicarse al intimidar con su marido.

Ahora lamentaba tal equivocación.

En esos momentos, Gelasio se difuminó ante sus ojos. Se borró de su imaginación la galanura que la atrajo.

Le dejaron una impronta de rencor y frustración, el tufo acedo e insoportable  que expelía por la boca.

Hasta sus toscas caricias magullaban su piel rosada y tersa.

La magia de amor, percibida en las películas románticas exhibidas por su padre, terminó siendo un fiasco.

Nada grato.

Una sesión de tortura física que lamentaba en esos instantes de sufrimiento.

Por un reflejo instintivo, evocó a su madre. Quiso estar en sus brazos, en su hogar en Chopeque.

Le horrorizó imaginar que, durante el tiempo que permaneciera casada, enfrentaría cada noche el mismo calvario.

De pronto, llegó a su mente otra imagen, la de su padre copulando con Mariana Amor.

 Su madre nunca emitía quejas o emociones de placer al intimidar sexualmente con su padre.

Por el contrario, únicamente escuchaba los resoplidos de Abraham Katz y el rechinar de la cama con respaldo de latón.

Mocho, mocho bueno… mocho bueno… —repetía el menón y lanzaba al eyacular profundos suspiros.

Gelasio le sacaba palabras de sufrimiento y suplica.

Una hora después de la posesión física, empezó a roncar,  minado por el alcohol y las descargas seminales. Por la comisura de sus labios, le escurría una saliva pastosa.

 Amapola continuó con su lloradera.

Un líquido pegajoso brotaba de la vagina. En rastras abandonó el lecho para llegar a la mesa de ocote. Y ahí, a tientas, encendió con un cerillo la lámpara de querosén.

Horrorizada comprobó que tenía abundante sangre en los muslos. Lo mismo en la parte inferior de las piernas, hasta los talones.

Amapola pensó que la hemorragia no cesaría.

Y con un gran esfuerzo físico, lámpara en mano, dejó la habitación y se internó en el baño de madera.

Sufría por  las punzadas en el vientre y la cadera.

Con la ayuda de un espejo pudo cerciorarse que sus labios vaginales estaban inflamados y retintos de sangre.

Sentada en la taza del baño aguardó el arribo de la aurora.

 Y en ese estado desastroso la encontró su suegra, en bata.

Sin dar muestras de preocupación o congoja, le recomendó tomar una ducha e ingerir dos mejorales con té de valeriana.

Amainaría el dolor y desinflamarían sus ovarios.  

—Ya te preparé el tecito m’ija…—dijo la anciana con tono amoroso— y ande, ande, lávese bien y tómese lo que le dije… Y no se asuste… esto siempre pasa cuando somos primerizas… Después le va a agarrar el gusto al matrimonio…

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