EL PARTIDO

EL ESCUPITAJOEl Viernes Santo lo apalearon por arrojar agua a un parabrisas.

En ambulancia dos paramédicos lo auxiliaron, después que un taxista le reventó los labios, fracturó la nariz y le quebró dos costillas.

Durante el trayecto al hospital alcanzó a murmurar su nombre  —Uriel Santamaría— y después perdió el conocimiento.

Iba sucio, descalzo y cubierto de trapos desgarrados.

 El hedor de pies era molesto.

—Tengo guardia  —reiteró Onésimo Calderón por el teléfono celular adherido en el tablero—, no creo que hoy pueda ir contigo, discúlpame.

Su bigote recortado era parecido al de Groucho Marx, el comediante estadounidense, o Adolf Hitler, el líder alemán nazi.

No ocultaba su enfado.

Victor Torres, su compañero de labio leporino y una suástica tatuada en el antebrazo derecho, volvió a ingerir cerveza de la ánfora plateada.

El tráfico vial era un caos, a pesar de ser Semana santa.

—Vete con mi hermana… El domingo vamos a bailar a donde quieras… Entiéndeme, estoy trabajando. Ahorita llevamos a un apestoso pordiosero al hospital, le partieron la madre por limpiar un parabrisas…

Uriel tenía la boca abierta. La sangre amenazaba con ahogarlo.

Estaba inmóvil, bocarriba y atado a la camilla por ambas muñecas.

La ambulancia no cesaba de chillar.

El paramédico del ánfora plateada, entrecerró los ojos e intentó abstraerse del ruidoso monólogo de su compañero. Harto estaba de escuchar sus broncas de enamorado.

Tenía suficientes problemas domésticos como para impregnarse de otros, ajenos a su cotidianidad. Su madre era alcohólica y trabajaba de bailarina en un burlesque del centro de la ciudad.

Nunca faltaban en el departamento los frascos de anfetaminas y whisky.

Las pastosa barba del desarrapado, roja y grisácea, dábanle un aspecto de crucificado.

Víctor bajó la vista y descubrió que el paciente tenía grabado, en uno de los pectorales, el rostro tumefacto de Jesús el nazareno con todo y corona de espinas.

Sangraba desde la frente a la barbilla. Y miraba hacia el cielo.

—No quiero pelear, por favor  —recriminó Onésimo—. Te digo que estoy trabajando… ¿Cuáles putas? Yo no me mando solo y tú lo sabes. El capitán Sánchez decidió quienes íbamos a estar de guardia este fin de semana.

Si su padre no los hubiera abandonado, seguramente él seguiría en la preparatoria e ingresado a la facultad de medicina, pensó Victor.

Su padre optó por vivir con la secretaria de su jefe y solicitar su cambio de plaza. Dejó la ciudad de México para radicar con su amante en una comunidad fronteriza, a dos mil kilómetros de distancia.

De no ser por el Partido y el amor a su madre, seguramente habría hecho una estupidez. Su vida no tenía sentido antes de conocer en la preparatoria a Onésimo.

—Tú me conoces Jessica, ya deja de dudar… Por Dios, eso quedó en el pasado. Ya tenemos un hijo y ustedes son mi prioridad…

Equis-pe-uno a Jaguar amarillo, cambio… Equis-pe-uno a Jaguar amarillo, cambio…

—Espera mi amor, ahorita te hablo —pidió Onésimo—, nos llaman por la radio… ahorita, te llamo, por favor…

—Aquí, Jaguar amarillo, adelante… aquí, Jaguar amarillo, adelante…

—Alfa grande, repito Alfa grande dice que lleven al lesionado a otro hospital, porque en el Lucero ya no hay camas… Repito, llevar al lesionado a otro hospital… ¿Copiaron?

Sí, si Equis-pe-uno, comprendimos… copiamos…

—¿Pueden darme algunos datos del paciente, Jaguar amarillo? cambio…

—Si Equis-pe-uno… solo sabemos que se llama Uriel Santamaría. Repito: Uriel Santamaría… y lo levantamos en el cruce de la Uno y 25, al parecer fue golpeado por dos sujetos que iban en una Van blanca sin placas… ¿Me copia, Equis-pe-uno? cambio

—Sí, si Jaguar amarillo, le copio… ¿Tienen su edad y domicilio, Jaguar amarillo? Cambio…

—No, Equis-pe-uno, pero calculamos que no pasa de los cuarenta años y sin domicilio fijo… Cuando lo levantamos traía una botella de plástico con agua, una franela y como diez pesos en monedas, cambio…

—Aguarde Jaguar amarillo, aguarde…

Víctor y Onésimo observaron al lesionado que seguía ajeno a ellos  y al escándalo de la ambulancia.

La hemorragia no cesaba. La sangre algo negruzca empapaba su larga cabellera y el almohadón.

La lesión interna podría ser más grave de lo que suponían.

El teléfono de Onésimo volvió a repicar.

—Hay una emergencia, por favor… ahorita te hablo….

Y cortó la comunicación bruscamente.

—Jaguar amarillo ¿me escucha? Cambio… Jaguar amarillo, ¿me escucha? Cambio…

—Si Equis-pe-uno, lo escucho, cambio… Alfa dos, a la línea… repito Alfa dos, a la línea, cambio y fuera…

El teléfono celular de Víctor vibró dentro del estuche colgado al cinturón.

—¿Sí?

—Alfa grande ordena que sigan los recorridos en la ciudad ¿Me copian, camaradas? Nos vemos en la garita… cambio y fuera….

—Le copiamos, entendido camarada Alfa dos… cambio y fuera…

La ambulancia dejó de ulular y abandonó la ciudad.

Onésimo logró convencer a Víctor que al menesteroso lo sacrificarían con una sobredosis de ácido lisérgico.

Su propia sangre lo ahogaría y el deceso no despertaría sospechas.

—¿Qué vas hacer el domingo? —preguntó Onésimo. Lo hizo por simple distracción.

Realmente pensaba en su esposa, en Jessica.

—Iré al supermercado con mi madre, eso espero… Y en la noche tengo una reunión de Partido… Ojalá no se le ocurra al camarada Cedeño madrear más miserables y prostitutas… Ya lo conoces…

—Adoro hacerlo, me relaja —dijo Onésimo, pellizcándose el bigotito.

HEMEROTECA: Mexico en llamas – Anabel Hernandez

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