CENIZAS DEL POETA

polvos ajenos

Y que a la hora de mi muerte logre

morir como los hombres y me alcance

el perdón y la vida perdurable

del polvo, de los frutos y del polvo.

Octavio Paz

 

Los polvitos de hueso de un poeta podrían curarte del mal hepático.

Y el mercader de huesos llegó a tu puerta y te peló su dentadura de asno cansino.

—Del poeta que tanto me rogó, don Aparicio…

Y así, desgreñado, apenas cubriendo sus carnes magras con pieles de bisonte, lo enfrentaste bajo el porche.

—¿Estás seguro?

—Del meritito Panteón de Dolores…

—Sospecho que me estás mintiendo, Emyra…

El ermitaño te observó con sus aviesos ojos de tejón, sumidos en un par de bolsones ennegrecidos por la mugre y las legañas.

—Yo no juego con la salud del cristiano, me condeno…

Traía terciado el morral de ixtle en el costado izquierdo. Y clavó en el una garra de buitre para hurgar y extraer una pequeña lata de cinc, de Vaporub, con manchones verdeazules.

—Si no estoy enfermo del pecho, ni tengo tos…

—Son los polvitos, don Aparicio, los polvitos

De ser cierto, como auguró Ajareaty la sanación estaba garantizada.

El asceta provenía de tierras amazónicas. Un chamán waiapi de respeto que fue echado de su paraíso por defender la selva de las compañías madereras.

Si Ajareaty no te lo hubiese recomendado, seguramente evitarías aquellos momentos bochornosos. Los vecinos de las casas contiguas observaban la escena desde sus escondrijos.

—Viene de mi aldea —te dijo la jefa exiliada de los waiapi de Kwapo. Yacía echada en el asiento trasero de tu taxi—. Lo que usted le pida, el hombre lo consigue…

—¿Y qué puedo demandarle, Ajareaty? —preguntaste antes de entregarla con sus nuevos patrones de la granja de Saguenay.

—Si padeces cirrosis hepática por tu apego al ron, como me lo has confesado, ten la seguridad que los polvos del muerto te prolongan la vida…

—¿De cualquier muerto?

—No —aclaró la amazona—, del poeta de tus apetencias literarias…

—Imposible —repelaste, al tiempo de aflojar la suela del acelerador—. Los huesos de Octavio Paz descansan en la Ciudad de México…

—Nada es imposible, ya verás…

Y así fue como el asceta indígena apareció en tu vida.

Un día soleado, mientras cortabas el césped del jardín, cruzó descalzo y semidesnudo por la brecha de piedra volcánica y se detuvo frente a tus barbas de Papa Noel.

—Soy Emyra de Kwapo y vengo a salvarte la vida…

Lo invitaste a pasar al desayunador del patio trasero. No querías dar un mal espectáculo en la cuadra. Si te sobrepusiste a la vergüenza, fue por lo avanzado de tu mal hepático. Los calmantes ya poco efecto te hacían y dormías poco. El dolor era muy tirano.

Emyra comió y bebió lo que le ofreciste: un canastón de fruta y un tarro de cerveza.

—El sufrimiento, contrólelo con esta yerbita —y te entregó una bolsa plástica con plantas secas—. Son hipérico y pasiflora… La agüita de la infusión hará su trabajo…

Fue entonces que lo pusiste a prueba.

—Mi poeta de cabecera es el mexicano Octavio Paz…

—Bien don Aparicio, me retiro y nos encontraremos nuevamente antes que las hojas amarillen… El hipérico y la pasiflora lo mantendrán de buen humor hasta entonces…

Octavio Paz, el premio Nobel de Literatura 1990, murió un sábado y en temporada primaveral. El 21 de abril de 1998. Un cáncer en la medula espinal apagó su vida. Estaba en el terreno existencial de los 84 años.

Del  Epitafio para un poeta, de su autoría, pudiste recordar,

Quiso cantar, cantar

para olvidar

su vida verdadera de mentiras

y recordar

su mentirosa vida de verdades.

Ahora Emyra hallábase en tu propio espacio vital y en la fecha acordada.

—Con la corteza del sauce tendrás que tomar las cenizas —te indicó el chamán sin aceptar tu invitación de ingresar a tu casa—. Dos veces al día, después de cada alimento… No en la noche, porque el muerto te hará dormir y hablara contigo en los sueños…

Claro que no le obedeciste. Era una tomadura de pelo. El poeta fue incinerado por la viuda. Y jamás depositó las cenizas en una urna de la Rotonda de las Personas Ilustres del Panteón de Dolores.

HEMEROTECA: – Octavio Paz En Su SigloChristopher Dominguez Michael

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