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GOTEO

DEPORTADO

goteo portadaMe miró nerviosa. La miré fijamente. Nos miramos. Dos zafiros brillantes entre su nariz afilada con la punta al rojo vivo por la helada. Yo pálido, desvelado, en mandil verde.

Sushi Aisuru a grandes letras blancas.

—Una orden de Hosomaki

La barra nos separaba.

Tras ella, dos negros aguardaban su turno.

El Mall estaba poco concurrido. Era miércoles. Kai me advirtió que llegaría después de las once.

Me extrañó.

Jamás dejaba en mis manos el negocio, menos la caja registradora.

—¿El atún es fresco? ¿No es de lata? —preguntó titubeante la atractiva dama.

—Me imagino —respondí e intenté tranquilizarla—. Es un negocio recomendado, mademoiselle

Durante dos horas, de cinco a siete, encarté publicidad en el principal diario montreales. Lo hacía de lunes a sábado por doscientos dólares a la semana.

Es nuestro pago de piso por no haber nacido en Canada. Mi francés e inglés eran deficientes. Hablaba lo necesario para recibir pedidos de sushi y dinero.

Si Élise no hubiese insistido en ir al cine, seguramente mi comportamiento sería distinto. El abuelo tuvo insomnio y no paró de toser. La falta de sueño bajó mi rendimiento e instinto.

Y no la vi venir.

La mujer agarró con premura el paquete de unisel. No aguardó a que le entregara las servilletas y el par de palillos de plástico.

Los tipos, imponentes en tamaño, se plantaron en la barra. El de calva sudorosa y lentes oscuros, hizo una mueca de cólera.

—¿Hildegundo Castilleja?

Me quedé callado, como si no entendiera.

—No te hagas pendejo —masculló en un castellano caribeño—. Tienes que cerar y veni con nosotros.

—¿Qué debo o qué hice?

—Ser un hijo de la gran puta, un ilegal…

Su acompañante, tan hostil como él, levantó la tapa de la barra y se internó al área de servicio. No me dio tiempo de recular. Me atrapó de la muñeca derecha. En segundos quedé maniatado con las esposas.

—¿Puedo avisarle al patrón?

—No es necesario, bobo —espetó mordaz el de los lentes oscuros—, es el chulo que te denunció…

Adiós mis dos mil dólares, pensé.

Seguramente Kai observó todo desde algún negocio contiguo.

No lamenté mi pérdida económica. Tuve la culpa. El japonés, antes de contratarme, quiso saber si tenía permiso de trabajo.

—No —me sinceré—, prefiero hablarle con la verdad, porque necesito el empleo. Tengo un abuelo enfermo…

Y no mentía.

En el centro de detención solicitaría apoyo para que alimentaran al abuelo y le dieran su medicina. Estaba solo.

La mujer de los ojos zafiro nos aguardaba en la patrulla, frente al volante.

HEMEROTECA: pro4ene20

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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