TOÑITA, LA VECINA

sommus portada-SUEÑO 29

Da gusto hablar con Toñita Zuluaga. Me entretienen sus ocurrencias. Es una hondureña de rancho, derecha y solidaria con sus amigos.

Su cususa es artesanal, hecha a base de caña de azúcar y maíz. El aguardiente raspa y afloja las piernas, después de la quinta copa.

Llevo tres buenas raciones, pero el buen ánimo sigue arriba.

Toñita es mi vecina. Tiene su departamento en el cuarto piso, dos arriba de donde está el mío.

Una vez al mes, me llama por teléfono para invitarme a probar su menjurje, recién elaborado.

Yo jamás tomo la iniciativa. Es lo prudente.

Si terminamos empiernados, es porque ella tomó la iniciativa.

Su ventaja de ser quebequesa.

Aquí, en Quebec, la mujer se ha empoderado. Puede darse este tipo de lujos.

No es una madona con sinuosidades físicas que imanten al sexo opuesto.

Tiene lo suyo y sin quejas.

De Toñita me seduce su carcajada franca, su pulcritud y su trasero del trópico hondureño.

Mi prudencia le atrae. No mi barriga gelatinosa, de tragón de hamburguesas y cerveza.

—Tú nunca preguntas asuntos que no te incumben —dice después de nuestro encuentro de cama.

Relajados y en cama compartimos el habano y la jarrita de cususa.

Estas son algunas de sus puntadas.

Y he sido cuidadoso en registrarlas para un uso futuro.

—¿Y ese loro por qué ser más caro si está viejo y desplumado y los otros ser bonitos y saber muchos idiomas? —preguntó el gringo.

—Sepa, pero los otros loros le dicen Jefe.

—Así es Atilano, no hace nada, pero todos en la oficina le dice Jefe.

Risas.

A Atilano, el jefe de la policía judicial,  en nada le satisfizo la alusión.

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Coco Gagarin la llamaba la Mata Hari.

En un principio creyó que era un insulto y le enojaba. Tardó veinte años para conocer la verdad.

Terminó admirando a Margaretha Geertruida Zelle.

La muy zorra, amante de generales ingleses y franceses, terminó en el paredón y en un cementerio de Vincennes.

No era el caso de ella, a pesar de ser amante del capo Raúl Sodia y amiga de policías judiciales.

Nunca mezcló una cosa con la otra. Mantuvo los secretos a distancia.

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Un hombre tenía dos novias: una hermosa que nada sabía hacer y una fea de gran talento musical.

Le preguntó a un amigo:

“¿Con quién me caso?”

“Con la fea”, le sugirió. “La otra perderá su belleza y su encanto. La fea no, siempre estarás prendida de su voz. Al cantar encontrarás la verdadera belleza, porque eres un melómano”.

 Después de la noche de bodas, al amanecer, la observó. Roncaba y babeaba. Horrorizado, la agarró del cuello y empezó a estrangularla:

Canta, hija de la chingada, canta”, insistía el desgraciado.

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Beni La Burra, siempre montaba un jumento de pelambre oscuro. Cada fin de semana visitaba a su novia.

—El domingo no voy a poder venir con usted a platicar, porque voy a tener diarrea —en una ocasión le dijo a Lola Páez.

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Tantas historias han escuchado los cuatro muros blancos de nuestro encierro temporal. Toñita es muy singular.

HEMETOTECA: tele70120

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