EL METICHE

hqdefaultCaso resuelto.

Regreso a mi cueva con la laptop bajo el sobaco. Quince dólares pagué por activar el icono de acceso a Internet.  

La libré.

Y el Metiche estaba, como siempre, en el vestíbulo del edificio.

Larguirucho, colorado y vaciando su termo con whisky barato.

Piquet tiene su escondrijo en el basement.

—¿Ya arregló su compu? —me recibe escarbando algún asunto que no le incumbe—. Le dije a Guty que si necesitaba ayuda, yo conozco a un técnico.

—Gracias, todo está bien…

Piquet es una garrapata. Si le abres la puerta de tu departamento te ves obligado a permitirle abrir tu refrigerador. Él hace lo mismo cuando lo visitas.

La diferencia gravita en el contenido del frigo. En su caso, es una caja semivacía que tirita y arroja un vaho frio. Es posible que solo encuentres una tapa con tres huevos y cervezas de lata.

Reparar mi laptop no fue algo sencillo.

La baja temperatura amorata la piel. Hay que chapotear en los montículos de nieve.

El tipo que me vendió el aparato sigue ausente. Un rótulo colocado en la puerta de su changarro anunciaba su reapertura el 19 de enero.

En el andén comercial de Saint-Hubert descubrí un local donde reparan celulares y ordenadores. La chica que atendía el mostrador era venezolana. Su esposo, quebequés, es técnico en informática.

En diez minutos resolvió el problema.

—¿Fui hackeado? —pregunté, un poco ciscado por haber experimentado otras acciones parecidas.

—Todo es posible —asentó el hombre pelirrojo y pecoso—. ¿Descarga películas, libros o alguna publicación sin pagar derechos?

—En algunas ocasiones.

—Tenga cuidado, algunos sitios descargan virus.

—Regalar tiene sus costos —murmuro.

—Perdón, no entendí…

—Nada, que muchas gracias por reparar mi ordenador portátil.

Lo cierto es que los libros o revistas que regalo en mi blog están a la deriva del mar virtual. Yo solo lanzo el anzuelo y comparto lo capturado.

Una hora después, en el vestíbulo del edificio, acepté el ofrecimiento del Metiche. Bebí un poco de whisky del termo.

Acido puro.

Lo necesitaba por el frio.

Durante treinta minutos tuve que mamarme la retahíla verbal de Piquet. En un francés champurrado, muy quebequés, me puso al tanto de las aventuras y desventuras cotidianas de cada inquilino.

Y seguramente también estaba al tanto de mis cuitas.

A Guty, mi amigo y vecino, se le afloja la lengua con un poco del whisky chafa del Metiche.

HEMEROTECA: pro11ene20

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