EL HIJO DE VIRACOCHA

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10: 25 am.

Los detenidos descendimos del autobús blindado. Ingresamos por el sótano a una estancia dividida en cajones encalados con una puerta y sin ventanas.

Uno a uno cruzamos un arco sensor.

Nada de sorpresas.

Fuimos escudriñados a consciencia por tres policías, negros y rudos.

El lugar era austero, de pasillos estrechos bordeados con puertas de metal.

Me remitieron a una habitación blanca.

Me sorprendió encontrarme con una treintena de chamos ojerosos y ropas astrosas. La mayoría, sentados en bancas de madera, de espaldas al muro crema.

Yo era el más viejo. Me conmovió la escena.

Cada detenido representaba las distintas etnias que pululan en Montreal: desde caucásicos —e incluyo a los quebequés—, hasta  asiáticos, africanos, eslavos y latinos.

En ese instante las conversaciones eran en inglés.

Predominaba la lengua de los moradores del Palacio de Buckingham.

Extrañé al chileno.

No lo ingresaron a nuestra claustrofóbica habitación de asientos rallonados y dos cámaras de video en el cielorraso. Había un retrete tras un  pequeño muro que visualizaba la cabeza del usuario.

Un detenido se distinguía por estar desnudo del torso, plagado de tatuajes.

Los dibujos en tinta azul aludían a dioses prehispánicos, de origen inca.

Tenía el cabello largo, muy negro, recogido en un chongo en la base de la nuca.

Era de piel morena, con unos cuantos pelos negros, a la Mario Moreno Cantinflas, en las comisuras de los labios.

Sus toscos rasgos reafirmaban su origen autóctono.

—¿Parlez-vous espagnol? —pregunté al acomodarme en un hueco de la banca.

Lo obligué a arrinconarse al muro.

—Yes of course, soy peruano, but I don’t speak french sino inglés, man, because is mi segunda lengua…

—¿Me podrías decir dónde hijo e puta estamos, amigo?

—En uno de los sótanos del Palacio de Justicia, man y después de la one o’clock  nos pasan a otro lugar para take us whit a judge of peace, porque la mayoría de los que estamos aquí no cometimos delitos graves. Ningún man mató, robbery and dealing drogs, man. ¿Usted por qué lo pescaron?

—Por un chirmolero del departamento que comparto y con el que tuve problemas…

—¿Lo lastimó?

—No, pero llamó a la policía y dijo que quise matarlo con un cuchillo…

—Tendrá que demostrarlo, but you will go free today, man, because no hubo sangre.

No intentamos intercambiar nombres.

La camarería es consecuencia del idioma y el enjaule.

El peruano no rebasaba los veinticinco años. Imponía su aspecto de guerrero inca.

Sus contemporáneos evadían mirarlo a la cara o intercambiar palabras.

Un detenido de ojos azules, huesudo y piel traslúcida, narraba sus peripecias en inglés con acento ruso.

Lo detuvieron por golpear, drogado,  a  dos prostitutas.

Otro, de piel moruna, casi azulosa, y ojos saltones y rojizos, no ocultaba su desastrosa condición de adicto y mala leche. Su problema fue tragarse dos pequeñas piedras de cocaína base para evitar ser arrestado en posesión de narcóticos.

Babeaba en demasía y continuamente iba al retrete para intentar vomitar.

—Nos dijo que vende crack —explicó el peruano— y si he is arrested con la droga, lo llevan directamente a una prisión federal por delitos contra la salud. La libró el man, but the man will have to suffer las consecuencias…

El peruano tenía en la espalda a Viracocha, el dios quechua de la vida. En el pecho y antebrazos a Inti, Mama Quilla, Pacha Mama y Mama Sara, la diosa del maíz.

Estuve tentado en mostrarle mi quetzal. La cordura se impuso.

Mis tiempos de guerrero habían pasado sin pena ni gloria. No haría el ridículo.

Él podía lucir aquella cosmografía andina como un acto legítimo de rebeldía a sus captores.

En realidad les hizo creer que era un auténtico descendiente inca y formaba parte de la comunidad indígena canadiense, la llamada Primera Nación.

Su piel, historia viva de su cosmovisión religiosa, lo blindaba de algunos excesos policiacos.

—¿Porque estás aquí, amigo?

Pregunté mientras desayunábamos sándwiches con queso amarillo y un falso jugo de naranja que nos repartió una mujer policía musculosa y piel negra.

—Violé la orden del judge de no salir a las streets, después de las ten at night

Interrumpimos la conversación al desplomarse el negro con las dos piedras de cocaína base en el estómago. Dos detenidos intentaron reanimarlo e incluso lo obligaron a ingerir jugo de naranja.

El muchacho vomitó. Empezó a boquear y parpadear repetidamente.

Nadie tuvo la intención de solicitar ayuda de la policía.

Tampoco los carceleros  respondieron a la emergencia, a pesar de existir una permanente vigilancia audiovisual.

—Puede morirse —le dije al peruano.

—No, man. El black is strong y tiene sus costumbres que la police las conoce. Ya arrojó la cocaine y ahora el man should rest.

Y el remedo de inca dijo la verdad.

Dos horas después, el larguirucho negro de ojos incendiarios estaba de pie.

Nos secundaba, acordonado y esposado, en nuestra caminata hacia el tercer piso, donde nos enfrentaríamos a un juez de toga negra; solapa y corbatón blanco y estola roja.

13: 40 pm.

HEMEROTECA: teele14ene20

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