ES MI VIDA

EL RUCO PORTADA2

Mi abuelo siempre quiso ser bilingüe. Nunca le gustó el inglés. Lo comentaba al observar mi apego a la lengua inglesa.

—Hay cosas que uno trae en la sangre desde pequeño —me reveló durante nuestro primer encuentro en el Mall de Saint-Antoine.

El abuelo llegó a la plaza comercial en compañía de la nieta de Sor Hélène.

Simone, después del saludo, se quedó quieta en el taburete del restaurante tailandés.  La joven, de unos dieciocho años, era de piel casi transparente, rubia y de manos pequeñas con uñas carcomidas.

Sus iris azules no parecían tener vida.

Yo acababa de cumplir doce años. Y me alegré estar al lado del abuelo. Su deficiencia visual había abonado mi interés de separarme de Julliette y mis hermanastros.

Cada semana, el abuelo hablaba conmigo por teléfono. Siempre me recomendaba practicar el idioma de sus padres: el castellano.

—Abuelo, ¿Cómo es posible que no aprendiste a hablar inglés o francés, si llegaste muy pequeño a Canada? —lo cuestioné ante la impavida Simone.

Mi intención no era incomodarlo.

—Por una razón sencilla, Isaac. A tu edad, yo hui de un orfanatorio y viví en una granja hortícola, donde solo se hablaba español y ruso.

—¿Y aprendiste ruso?

—Algunas palabras, pero en la granja se hablaba español, porque los dueños de la granja eran de Valencia y odiaban a los yanquis… Los culpó de haber apoyado al gobierno franquista, responsable de encarcelar y torturar a sus padres.

Después de comer, abandonamos el Mall.

En taxi nos trasladamos a mi nueva morada.

Y antes de llegar a nuestro destino, dejamos a Simone frente a la puerta del edificio donde habitaba con su familia.

Su abuela, Sor Hélène tenía diez años de haber muerto.

En esos momentos yo desconocía su ascendencia en la vida del abuelo.

Yo tampoco hablaba francés.

Las pocas palabras que sabía, las aprendí en la escuela elemental.

En Hamilton, un maestro quebequés nos impartía clases de francés, dos horas por semana, como segunda lengua.

En Montreal, según el abuelo, el inglés no era considerado como primera lengua por el gobierno provincial.

Durante mi primera noche con el abuelo, aprendí algunas anécdotas de su vida. Por ejemplo, su gusto por la música, la poesía y las novelas policiacas. Lamenté que, por su larga faena laboral en una panadería, jamás asistió a un colegio.

En sus escasos descansos dormía y se emborrachaba para domesticar su resentimiento y la falta de afecto.

En la sala, el abuelo tiene un sofacama y un sillón reclinable, frente al televisor y una reproductora de Cidis con grandes bocinas. Su principal hobby, después de abandonar el whisky por su problema visual, es escuchar audiolibros y música latina, caribeña y francesa.

El abuelo me aclaró que Simone Fraseen es autista, pero su enfermedad no limita su inteligencia. Es una jovencita independiente y trabaja los fines de semana en una biblioteca pública.

—No le gusta hablar mucho —dijo el abuelo— y prefiere leer o ver películas infantiles. Solo habla francés y un poco de español.

Julliette siempre me habló en castellano. Lo mismo mi padre, Ariel Bárcenas. La madre de mi madre, Julliette Hawkins, aprendió por amor la lengua del abuelo. Desgraciadamente murió muy joven y Julliette quedó huérfana de madre a los cinco años de edad.

El abuelo no se volvió a casar.

Por boca de Julliette supe que el abuelo estuvo enamorado de otra mujer. Nunca quiso revelarme el nombre o darme detalles de esa relación. Tal vez prefirió aguardar a que yo dejara de ser adolescente.

El abuelo no es de gran estatura física. Por el contrario, mide menos del metro sesenta y cinco. Pese a la edad, es fuerte y robusto. Su problema ocular no le impide desenvolverse dentro del departamento y edificio.

Antes de que yo viviera a su lado, el abuelo recogía con sus propios pies la correspondencia en el vestíbulo.

Nuestro departamento se encuentra en el tercer piso y no hay elevador en el inmueble.

La madre de Simone —madame Greta Fraseen—, le instaló una aplicación al ordenador portable del abuelo. A través del programa registraba su correspondencia y se la enviaba a un correo electrónico.

Por la noche, madame Greta o Simone le informaban del contenido de la carta o documento.

Mi presencia en Montreal, le quitó esa preocupación a las Fraseen.

Durante los primeros seis meses, me apoyé con un traductor de Google para leerle la correspondencia al abuelo.

Lo mismo ocurrió con las canciones de los autores o interpretes franceses que tanto le gustan al ruco Billy, como le apoda su compadre Mauricio Venegas, su antiguo jefe en la panadería Les Délices d’Istanbul.

Venegas es un viejo simpático, muy parlanchín. Estima al abuelo, pero poco puede hacer por ayudarlo. Tiene que desplazarse en silla de ruedas.

Por lo mismo, es el abuelo quien lo visita en su departamento, a pesar de su ceguera. Lo hace una vez al mes y con el apoyo de Simone.

—Hijo, pon el cidi C’est ma vie de Salvatore Adame —pidió el abuelo—. Quiero que lo escuches conmigo. Será tu primera clase musical de francés…

Le obedecí contra mi voluntad. En Netflix veía una serie humorística.

Y me alegré que el abuelo tuviera Internet en el departamento. Tambien podría comunicarme con mis amigos de Hamilton.

—Si gustas abuelo, los dos podemos aprender francés —le ofrecí.

—Ya estoy muy viejo, Isaac —respondió acariciando mi cabeza semirapada—, pero cuando aprendas esta bella lengua, que es la de los enamorados, solo quiero que me digas de qué se trata cada melodía. ¿Estamos, hijo?

—Estamos, abuelito…

Y sin más verborrea, puse el disco que me demandó en el reproductor de Cidis.

Desde ese momento, supe que mi mejor amigo y consejero seria el abuelo.

HEMEROTECA:Varios – Frances Para Dummies

VIDEOTECA:

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