NECESITAS SIEMPRE A UN PERDEDOR

EL RUCO PORTADA3

Mi primera lección en una isla de sobrevivientes, fue preparar un espagueti con queso mozzarella y mantequilla.

En el Dollarama compramos un paquete de la pasta de trigo. Es un supermercado con productos de bajo costo. El abuelo pagó cuatro dólares con cincuenta centavos por 300 gramos de fideos y un frasco de salsa de jitomate con diversas especies.

En el refrigerador guardaba la mantequilla.

Me sorprendió ver al abuelo preparar el espagueti. Su ceguera no fue un impedimento.

Todo lo realizó a tientas:

Por ejemplo, el colocar una cacerola de peltre con agua sobre la parrilla de la estufa: cuisinière se le llama en Quebec.

 En el instante que el agua empezó a bullir, durante diez minutos coció medio paquete de espaguetis.

Y después de escurrir el agua con un colador en el lavatrastes,  regresó la pasta a la cacerola.

Ya sin la parrilla encendida, mezcló los fideos con mantequilla y medio frasco de salsa de jitomate.

—Ahora a ti te toca echarle una buena porción de queso y tapas la cacerola —me pidió en voz baja y sin dejar de sonreír.

Mientras cenamos, me informó que la señora Greta me llevaría a conocer la escuela secundaria o el lycée donde asistiría.

—Las clases empiezan el 28 de agosto —me recordó— y tenemos suficiente tiempo para llevarte a la Comisión Escolar de Montreal y registrarte como un nuevo estudiante de Quebec.

—Pero soy un pésimo alumno de francés, abuelo…

—No te preocupes  —intentó tranquilizarme—, te inscribiremos a una escuela francófona, donde permanecerás un año y después continuarás tus estudios regulares en una escuela anglófona, por ser tu lengua materna. No será un año perdido, porque rápidamente aprenderás esta nueva lengua. Tu eres muy inteligente, Isaac.

Por ser lunes, el abuelo quiso que vagabundeáramos en el corazón de Montreal.

Mi madre habló por teléfono con el abuelo.

—Todo está bien, hija —le dijo el abuelo e informó—. En una hora salimos del departamento. Lo voy a llevar a la catedral de Notre Dame y a la Gran Biblioteca. Además, tiene que conocer las rutas del transporte público. Él sabe que vivirá al lado de un viejo ciego…

Diez minutos después de la charla entre mi abuelo y Julliette, hablé brevemente con ella.

La recomendación fue la misma: obedecer y ayudar al abuelo.

—¿Te gusta Montreal, hijo? —preguntó mi madre con un tonito meloso.

—Aun no puedo contestarte, porque ayer llegué tarde y estaba cansado. Tal vez el próximo fin de semana te diga cómo me siento…

Desde su cuarto (chambre en francés), el abuelo me gritó que podría usar bermudas y una playera sin mangas.

El clima era agradable, no inferior a los treinta grados centígrados.

—Lo primero que vas a aprender hoy —ponderó el abuelo— es el cómo comprar un boleto para el transporte público. Recuerda  que vivimos en la rue Saint-Zotique, del barrio La Petite-Patrie —y de inmediato me entregó un folleto a color y de media carta donde se apreciaban las rutas del tren subterráneo en colores azul marino, verde, naranja y amarillo—. No hay pierde si memorizas el nombre de las estaciones. Ya veras, poco a poco vas a conocer cada rincón de esta hermosa isla.

Y juntos, yo de la mano del abuelo, nos adentramos en algunas calles y avenidas de la ciudad.

Me sorprendió descubrir que todos los anuncios estaban escritos en francés. Los observaba en las paradas de los autobuses y estaciones del Metro.

Lo mismo ocurría en las fachadas de los comercios o en los afiches pegados en los muros y postes.

En algunas ocasiones, lograba leer palabras en inglés.

Todo era tan confuso.

En esos momentos yo tenía doce años de edad.

Por la invidencia del abuelo, nuestros pasos eran cortos. Mi abuelo confiaba en la vara de membrillo que utilizaba como bastón.

E Intentaba demostrarme su independencia.

Ahora que llevo tres años a su lado, aún recuerdo su semblante enhiesto, alerta. Lo imaginé de niño, con su cabellera rubia, sus ojos claros y su piel sonrosada, herencia de sus abuelos españoles.

—Salgo muy poco —me confió al introducirnos a una pequeña tienda de la rue Bélanger — y cuando lo hago, cuento con el apoyo de Greta o Simone…

En la fachada del negocio se leía la palabra Depanneur. En la puerta vidriada destacaba la publicidad de cigarros y cerveza.

Frente al mostrador, atendido por una mujer de piel marchita, ojos oblicuos y pelo canoso, el abuelo demandó en francés, un boleto de diez dólares. Su pedido no fue nada agradable y podría asegurar que hasta irrespetuoso.

Con acento autoritario, exclamó:

—¡Donnez-vous un billet de transport de dix dollars!

La dama, de origen asiático, hizo su parte, sin evidenciar molestia. Pacientemente le entregó lo pedido y recibió los dos billetes de cinco dólares.

El comportamiento del abuelo, como me lo confió Simone en días posteriores, era una desagradable manera de sobreponer su invalidez.

Prefería despertar sentimientos de rechazo que de conmiseración.

—Con un boleto de diez dólares —me explicó el abuelo— puedes usar el transporte público durante veinticuatro horas… Por tu edad o ser el lazarillo de un minusválido, tú no pagas el pasaje.

De la rue Bélanger al bulevar Pie-IX caminamos dos manzanas.  En la esquina, abordamos un autobús que nos trasladó a una estación del metro, de la línea azul.

En el trayecto, el abuelo dejó de hablar. Un niño de mi edad, afrocanadiense, le cedió su asiento.

Mi abuelo, sin dar muestras de agradecimiento, solo alcanzó a murmurar:

—Merci…

Yo tambien lo agradecí, pero en inglés:

—Thanks…

—De rien… —respondió el niño y sonrió, tal vez satisfecho por haber hecho su buena labor del día.

Y entonces pude darme cuenta que, en Montreal, la gente era más respetuosa con sus minusválidos, ancianos y mujeres embarazadas.

En Hamilton, por el contrario, les daban un trato despectivo en caso de ser las personas de piel oscura o de pocos recursos económicos.

VIDEOTECA:

HEMEROTECA: Varios – Frases En Frances Para Dummies

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