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 EL LENGUAJE DEL INSTINTO

Salvador Dali La aparición de la cara de Afrodita de Cnidus en el contexto del paisajeCamina, camina, camina…

No sueltes el cajón de bolear. Es el único medio de sobrevivencia.

Es la memoria viva de tu derecho a ser fuerte

La avenida está poco iluminada. Los aparadores de Liverpool te permiten observar los trajes de novia y los dos maniquíes blancos, desnudos y sin brazos.

Los respiraderos de hierro de la acera zumban y emiten un vaho caliente.

Es posible que ahí te reguarnezcas hasta el amanecer. No lo piensas, lo intuyes.

Eres un vagabundo intuitivo, no racional.

La calle te ha convertido en una bestia.

En pocas horas, de encontrarte al Boni, tus días estarían contados.

¿Recuerdas a El Duque?

¿Cómo lo descubriste al despertar en aquel sepulcro del panteón de San Fernando?

¿Ahora lo entiendes, verdad?

El cajón no es tuyo. Pensaste que al verlo despatarrado y desvalido en el estación del metro, no volvería a estar de pie y armado. No importa que sangrara.

Boni es un delincuente, no solo el vicioso y violento que crees conocer.

—¿Y de dónde eres, guey?

—De aquí…

—No te hagas pendejo, pinche escuincle

Apretaste los labios, embarrados de chocolate, y preferiste aguardar cualquier resquicio para echarte a correr.

Era feudo del Beni. Desde la Tabacalera al Centro Histórico de la Ciudad. A ningún vago suelto le era desconocida esa verdad.

Y tuviste la ocurrencia de abandonar tu casa de Netzahualcóyotl y refugiarte ahí, precisamente en torno a la Alameda Central y la Plaza Garibaldi.

El carnal Beni jamás olvidaba las caras, menos una como la tuya, asimétrica y perruna. Tu corta barbilla y las mejillas regordetas y caídas, en nada te diferenciaban a un bulldog.

La patada que te propinó en la espinilla te hizo dar varios saltos y gritar de dolor.

—Es una probadita, culero… Pa’la otra… mira lo que te pasa —y al decirlo sacó del cajón de bolear una charrasca y la restregó en la acera.

No dijo más y se alejó.

Ninguno de los vagabundos del polígono te dirigía la palabra. Pagaban su derecho de piso y nadie los molestaba.

Beni solo era un intermediario. Alguien de más arriba era el ganón.

La edad no fue un impedimento para cobrártela.

Y decidiste continuar tu marcha por aquel territorio vetado.

Y evitaste internarte en los parques y el zócalo.

Lo tuyo era la Lagunilla y el Barrio Chino.

En ambos territorios sobraba comida. No necesitabas dinero.

El único ser que tuvo las agallas de pegarse a ti, fue el esquelético perro color salmón de las orejas mochas y un manchón blanco desde la frente al hocico. Le compartiste unos mendrugos de pan y huesos de pollo, de la media pechuga frita que rescataste de un contenedor.

El Duque era su nombre. Tú no se lo impusiste. Los mariachis de Garibaldi así le gritaban.

En los escalones de acceso al museo Franz Mayer pudiste refugiarte sin que te molestaran.

Hasta ahí llegó El Duque, casi raspando la acera con el hocico y agitando la cola. Se echó a tu lado y se dejó acariciar. Estaba tan solo y hambriento como tú.

Y antes del amanecer, el enflaquecido pastor ovejero cruzado con terrier, te lamió la cara para despertarte. Después, soltó un ladrido.

Sin cavilar sobre lo que ocurría, simplemente te desembarazaste, abandonaste el cartón y los periódicos que te sirvieron de aposento, y seguiste al animal.

Así conociste el solar que te serviría de refugio y sanitario.

Únicamente los audaces y valientes se hubiesen atrevido a permanecer en aquel pequeño espacio bordeado de cruces y sepulcros.

El Panteón de San Fernando olía a cempazuchitl y tierra podrida.

Tu escondrijo —o el escondrijo de El Duque—, te permitía observar la cúpula y las dos torretas de la iglesia de San Hipólito y San Casiano.

Y tú mismo instinto de sobrevivencia te acercó al portal de la Zarco. El Duque te acompañaba.

Y los pocos feligreses que cruzaban el atrio para adentrarse al templo, se apiadaban de ti —al fin un niño de nueve años— y te regalaban monedas.

Poco te duró el gusto.

Beni se enteró de tus correrías y contraatacó.

Una semana después de tu estancia en el cementerio, al despertar, descubriste a tu amigo colgado en una cruz de concreto. Medio cuerpo descansaba sobre una plancha lamosa y ennegrecida por la humedad. En ella se leía el nombre su propietario: Ernesto Mondragón Carranza.

No lloraste.

Descolgaste a El Duque y en el solar cavaste un hoyo y lo enterraste.

Y desde entonces no paraste de caminar.

Durante el día evitabas hacerte visible. Por las noches, hurgabas en los contenedores de los restaurantes y edificios cercanos al mercado de La Lagunilla.

Tu reencuentro con el Beni fue casual. Ocurrió la madrugada de un lunes frio y poco concurrido. Tu adversario dormía en el túnel de acceso a la estación del metro Hidalgo, a un costado del ex Convento de San Hipolito.

El alcohol y la mariguana lo invalidaron, sin representar un peligro en esos momentos. Un cajón de bolear con las letras BP y dos suásticas dibujadas con pintura negra yacía a la altura de su cabeza rapada y tatuada.

Sin pensarlo, agarraste el cajón de madera y del interior extrajiste la charrasca que Beni utilizaba para quitar los residuos de lodo seco en el calzado que lustraba.

Y sin pensarlo, como siempre le ocurre a un niño de la calle, liberaste tu instinto: la charrasca cortó limpiamente el cuello del Beni.  Y fascinado observaste cómo empezó a emanar de la herida una sangre negruzca y viscosa, como si borbotara de una botella de aceite.

Y te alejaste, aun con el cajón de bolear y la charrasca.

No soltaste el trozo de segueta afilada hasta que estuviste en la tumba de tierra y piedras de El Duque.

Te lavaste las manos con el agua sucia de los floreros de una tumba.

Algo no encajaba en lo ocurrido. Beni jamás protestó al ser atacado. Ni siquiera abrió los ojos o gesticuló con desesperación, como le sucedía a los moribundos de las películas.

Por esa razón, te quedaste con la certeza de no haber acabado con la vida del Beni.

Y desde entonces, mientras caminas, caminas y caminas, temes encontrártelo.

Y tu miedo se acrecentó, desde que empezaste a oler thinner y pegamento de calzado.

HEMEROTECA: pro26ene20

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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