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SAL O AZÚCAR…

Salvador Dali La aparición de la cara de Afrodita de Cnidus en el contexto del paisajeAzúcar o sal. Un simple estado de ánimo.

El champurrado de la calle no tiene olor y sabor. Cada peatón es una almendra.

—No creo que volvamos a encontrarnos —repite Marie-Reneé después del último beso.

No hay lágrimas.

Sal o azúcar.

La misma respuesta. Por el momento, mi estado de ánimo no es el mejor.

—Espero lo reconsideres —digo.

Una relación de dos años o dos inviernos no puede llegar a su fin tan fácilmente.

Marie-Reneé dejó de ser la misma desde su reencuentro con Zénobe. Es doloroso.

El brasileño sobrevivió a sus lesiones. Durante dos años permaneció en estado comático.

—Es mi marido —me lo recuerda—. Y tu su médico…

Nuestra mesa, cercana a la ventana, nos permite observar la caída de la nieve.

Azúcar o sal.

Calle y banquetas cintilan por el reflejo de la luz solar y la alfombra blanca.

—Te entiendo…

Evito ver sus ojos sombríos, cansados. Su párpado izquierdo tiembla.

La taza de café sigue intacta, como el rímel de sus labios.

Zénobe merecía vivir. No por su esposa e hijos. Sin su oportuna presencia en el quirófano, seguramente Jane ahora no me aguardará  en casa con su frágil anatomía, pero siempre optimista y alegre.

Un riñón ajeno hizo el milagro.

Jamás creí que un asunto común —como el trasplantar el órgano de un sujeto atropellado— se complicara al enamorarme de la mujer equivocada. Precisamente la esposa de un donante fortuito.

Y así fue.

Ahora enfrento las consecuencias.

Depende de mí perder mi libertad o recuperar el cariño de Marie-Reneé.

Zénobe solo es un paciente del hospital donde trabajo. Soy su neurólogo.

Sal y azúcar.

Un mismo efecto visual, sin resentir el frio que, seguramente, existe en la calle.

Y pienso:

La sal que escurre en sus mejillas exige que me aleje de ella… Es una advertencia…

Mi café empalaga. Exceso de azúcar.

Debo ser prudente.

Y pienso:

De una sola dosis de pentobarbital depende la felicidad de cuatro enamorados.

—Salúdame a tu esposa —murmura Marie-Reneé en el instante que se desliza del sillón para alcanzar el pasillo.

—Lo haré, gracias…

Y sale de la cafetería sin volver la cabeza.

La puerta giratoria del hospital se encuentra al borde de la banqueta contraria.

Los granos de sal o azúcar forman una cortinilla borrosa en el cristal.

En cada mesa sus ocupantes han experimentado el mismo sentimiento.

Y concluyo:

Debo velar por mi libertad y no perder la carcajada franca y ruidosa de Jane…

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Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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