RINA LUZARDO

Salvador Dali La aparición de la cara de Afrodita de Cnidus en el contexto del paisaje1

En tres días celebraré mis 32 años de vida. Nada de que alegrarme.

Algo ha cambiado en mi paso por la tierra. Únicamente me preocupan mis hijos.

La lejanía confirma una de las diez reglas que me tracé al separarme de su padre.

No ser vencida por la adversidad. Únicamente trabajar duro para acercarme a ellos en condiciones menos desfavorables.

Una mujer infeliz hace infelices a sus descendientes.

El hombre que abonó con su savia mi vientre — Arthur Connery — en México optó por aislarme dentro de un espacio irregular, amueblado y contaminado por sus reclamos, aceite comestible, flatulencias y sudoraciones rancias.

No fui concebida y educada por padres perfectos, fieles, justos y amorosos. Mi hermano Belisario, dos años menor que yo, experimentó la desdicha de convivir con nuestra madre, después de sobrevivir a un infarto coronario.

Nuestro entorno fue de chismes y fiesta.

Los parientes utilizaban el poder de la palabra para martirizarme al intentar ser distinta.

Mi nombre es Rina Luzardo y anhelo ser una persona de éxito.

La preparación es la llave del éxito, estoy consciente.

Y en parte, así lo creo.

Es importante la apariencia física, emitir confianza y no entregar tu dignidad por hambre, pereza o miedo.

Nací en la cabecera municipal de Yautepec. Dentro de una colonia popular, La Estación.

Mi bisabuelo Francisco Vega alquiló cuarenta años su fuerza de trabajo en un  ingenio azucarero, el de Oacalco. El sindicato le vendió a bajo precio una casa reconstruida, de dos recámaras.

Ahí vivimos y en ella murió mi bisabuela Refugio Villalba, analfabeta y enferma de mutismo. Una mujer resignada. Y fue su manera de ser buena esposa y madre.

Mi bisabuela parió seis hijos —cuatro mujeres y dos hombres— y  Sofía, la mayor, fue la madre de mi madre.

Mi abuela Tania, durante treinta y dos años, laboró de enfermera en una clínica de salud de Yautepec.

—Témele al fracaso —sentenciaba la abuela—, porque el fracaso es el que te hace infeliz.

Es posible que, en esas fechas, sus palabras no tuvieran destinatario.

Tania fue madre soltera.

Y Camelia, mi madre, terminó viviendo sola con sus hijos: yo y Belisario.

Orfelio Luzardo, se desatendió de su responsabilidad paterna bajo el pretexto de ser un empleado de confianza en Petróleos Mexicanos. Por lo mismo, sus ausencias eran obligadas.

En parte decía la verdad.

Su trabajo consistía en intervenir en litigios intersindicales e informar del resultado al secretario general de la sección 23 del Sindicato Nacional de Trabajadores de Pemex. Ocho veces al mes permanecía en  Coatzacoalcos y Villahermosa.

Poca atención tuvo con Camelia y sus hijos.

La aprehensión de su jefe, por un asunto de corrupción, alteró radicalmente nuestra vida.

Mi padre tuvo que huir a Canadá y solicitar refugio político.

En esos momentos, Belisario y yo tuvimos la oportunidad de seguirlo a Montreal y alejarnos de nuestra madre y abuela.

En mi caso, me vi obligada a separarme de mis hijos gemelos, de cuatro años: Ángel Gabriel y Ángel Miguel.

Mi madre no pudo viajar a Canadá. El médico le prohibió abordar el avión, por su problema de salud.

Cuando aún era menor edad, me enamoré de la persona equivocada: un escoces proveniente de Arizona. Era ingeniero industrial y vivió seis meses en Yautepec.

El gobierno federal lo contrató, a través de una compañía estadounidense, para reparar dos molinos de caña de azúcar.

Arthur Connery tenía lo suyo: corpulencia, arrogancia, juventud, labia (hablaba a la perfección el castellano) y dinero.

No me adelantaré y prefiero abundar sobre algunos aspectos de mi infancia cargada de altibajos.

Mi aspecto físico, muy piropeado por el sexo opuesto, alteró la percepción de las cosas. Las palabras de halago de mis pretendientes me hicieron creer que era distinta a las otras mujeres.

Primas y vecinas de mi edad no disimulaban su malestar —o tal vez envidia— por mi manera de vestir o al comportarme como una diva.

Me coloreaba las mejillas y labios con pitaya.

Nunca dejé que me cortaran el cabello.

Y preparaba mis propios champús con aceite de coco, limón y miel de abeja.

Una de nuestras vecinas, doña Liboria Ríos, me regalaba un menjurje para fortalecer mi cabellera. Lo elaboraba con verbena, jengibre, cola de caballo y ortiga.

La vieja chamana vivía sola. Leía las cartas del Tarot, hacia limpias y ayudaba a recuperar maridos o esposas infieles. Hizo lo imposible para protegerme del mal de ojo y enseñarme algunos de sus secretos herbolarios y de adivinación.

Mi abuela la estimaba. Dos veces al mes le regalaba alimentos enlatados y una botella de aguardiente de Yecapixtla.

La pobre mujer, ya reumática, tenía problemas al caminar. Cada vez que la encontraba en la plaza, demandaba mi ayuda para abordar la combi.

—Te voy a heredar mis secretos —ofrecía en actitud maternal—, pero siempre estarás condenada a vivir lejos del hombre indicado…

Yo era ajena a sus sortilegios.

Mi despertar sexual estuvo concatenado a los piropos que empecé a recibir en el aula escolar desde el cuarto año de primaria.

Tendría trece años cuando sobresalí por distinguirme de las otras adolescentes. Mi cuerpo experimentó cambios, después de tener mi primer periodo menstrual.

Desde ese instante, como lo anoté al principio, mi vida dio un vuelco radical.

Y la adversidad se inoculó en mi destino.

El atractivo físico y mi apego a evadir cualquier sesgo de autoridad abonaron el comburente idóneo para bordear el espinoso territorio de la infelicidad.

VIDEOTECA:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s