LA LLUVIA DEL TREINTA Y DOS

cineMe preocupa. Hablo solo, o eso creo.

Honey está tan solo como yo. Por segundos pienso que me escucha. Sus desplazamientos se aceleran al acercarme a la pecera.

Tiene seis años a mi lado. Guty Pérez me lo regaló. Su nieta Chelius enfermó de asma y su madre tuvo que mudarse de Canadá.

—Te pasas mucho tiempo en tu cueva —me dijo Guty—, y tal vez este bicho te distraiga. Es un pez payaso y mi nieta lo bautizó con el nombre de Honey. Yo, en verdad amigo, apenas tengo tiempo para mí. Tú sabes que el trabajo es duro en el supermercado…

La compañía Disney es responsable de esta tragedia. Millones de mascotas parlanchinas, en sus películas, terminan muertas, maltratadas o enclaustradas.

Los peces payaso no fueron la excepción.

Desde la exhibición de la película de dibujos animados Buscando a Nemo —en el año de 2003—, el animal acuático se convirtió en un gran negocio de pescadores y propietarios de tiendas de peces.

—Pobre pez —lamenté la situación de aquel ser bicolor, tan pequeño y solitario, como yo—. Déjamelo… No te preocupes…

 Y sin darme cuenta, Honey pasó a ser parte importante de mi vida.

Me veía como una especie de Gepetto, el anciano ebanista inventado por Carlo Collodi.

Gepetto, no solo crió y educó a Pinocho, sino, de acuerdo a la película de Disney, tambien alimentó a un gato, Fígaro, y a una pez dorado, Cleo.

 Mientras hago los deberes domésticos hablo en voz alta pensando que Honey me escucha.

Hace dos meses compré un acuario. Tuve que acondicionarlo, por recomendación de la empleada de una tienda de peces. Todo un embrollo. Honey depende de un filtro para eliminar el cloro, un inyector de aire que oxigena el agua, corales y plantas acuáticas de ornato.

En fin, es parte de la responsabilidad asumida.

Me mueve el saber que hay un ser vivo en el departamento. Honey y sus escamas naranjas y negras impiden que la penumbra me trague.

El simpático pez es un aliento.

Todo lo anterior es parte de la confesión que le suelto a Guty. En quince minutos tendremos que abandonar el bar.

Mi amigo se enjaretó un vaso de ron con cocacola, hielo y limón. Yo, solo una taza de té verde.

En esta ocasión veríamos una película hollywoodense, filmada en 1932: Rain.

En francés, Pluie.

Lluvia, en castellano.

Guty me convenció de acompañarlo al cine club tras asegurar que se trataba de una película censurada después del estreno. Organizaciones cristianas, funcionarios públicos y legisladores presionaron para quitarla de cartelera.

Únicamente pudo ser exhibida un fin de semana.

Su director, Lewis Milestone, de origen moldavo, en 1928 y 1930 obtuvo la estatuilla del Oscar como mejor director. Incluso, en el mismo año que filmaba Rain, 1931, fue nominado por la misma categoría por su película The Front Page.

Y no me desilusionó.

La cinta, en blanco y negro y con subtítulos en francés, tuvo una duración de una hora treinta minutos. El argumento se basó en una novela corta de Somerset Maugham. La publicó en 1921, bajo el título de Miss Sadie Thompson.

Y Maugham tambien hizo una adaptación para el teatro,  en 1922. De ahí saltó a las salas cinematográficas al adquirir los derechos la United Artists.

La película, en tono dramático, ironiza con el asunto religioso. Me imagino que en la década de los treinta del siglo XX, la sociedad estadounidense vivía sus peores momentos.

La estrepitosa devaluación de 1929 provocó el cierre de miles de empresas y sus consecuentes efectos: desempleo, hambre y violencia.

Estados Unidos se llenó de predicadores que anunciaban el fin del mundo.

En Rain una prostituta es acosada por un predicador cristiano.

Al enfermar un marino de cólera, los pasajeros de un barco deben permanecer dos semanas en el puerto de una isla de la Samoa americana del océano Pacifico: Pago-Pago.

 Joan Crawford es la protagonista. Lo mismo que Walter Huston, el padre del futuro y aclamado director de cine, John Huston.

Bajo un paradisiaco lugar, poblado por nativos kanakas, el escritor presenta el drama que enfrenta Sadie Thompson (la meretriz) ante un Alfred Davidson (el ministro de iglesia), fundamentalista y autoritario.

Los otros personajes —marineros, oficiales, la esposa del predicador, el gobernador de la isla, el propietario de la posada y un matrimonio estadounidense— toman partido en el enfrentamiento entre el santo y la pecadora.

Davidson, bajo amenazas y con ayuda del gobernador, logra convencer a Sadie para que abandone la isla y retorne a San Francisco.

La prostituta cede. Le pide al predicador que reconsidere su decisión. No puede regresar a San Francisco. De hacerlo será encarcelada. La buscan por un delito que no cometió. Y podría pasar tres años en prisión.

El predicador es implacable. El pasado pecaminoso de Sadie será redimido al ser encarcelada. Sea o no culpable.

La mujer es presa de una aparente transformación. Deja el maquillaje, el lápiz labial y la música. Cubre su cuerpo con ropas oscuras. Lee la Biblia y ora a la par que Davidson.

Sadie está consciente que su viaje a San Francisco le permitirá acercarse a Dios.

En el punto culminante de la historia hay un giro inesperado.

Una noche antes de ser deportada, Davidson visita a su nueva feligrés en su habitación.

Lo ocurrido en la intimidad provoca que el predicador abandone el hostal y se suicide.

En la playa se degolla con una navaja de afeitar.

 Los nativos encuentran su cadáver.

En la escena final, Sadie nuevamente en su papel de prostituta y del brazo de un sargento de la marina.

Y pone en evidencia lo inocultable: intimidó sexualmente con el predicador.

—Valió la pena —le dije a Guty al encenderse las luces de la sala cinematográfico.

Fregona, amigo… —asentó Guty—, ahora en chinga hay que leer el libro de Maugham.

Y lo leí.

Pude conseguirlo en la Gran Biblioteca.

Honey tuvo el privilegio de enterarse de su contenido. Lo leí en voz alta. El acuario se encuentra a un lado de mi cama.

En el libro, de cuarenta y cuatro páginas, un huésped aborda a Sadie Thompson: el doctor Macphail.

Por respeto al muerto le pide que apague el gramófono que está a todo volumen.

Ella le responde en tono lapidario:

—¡Los hombres! ¡Cerdos asquerosos! Todos sois iguales, todos vosotros. ¡Cerdos, unos cerdos!

VIDEOTECA:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s