DANDO TUMBOS

sommus portada-SUEÑO 32

Polvo de la nada. Idea sin sostén.

Angustia.

Duermes así.

Y te despiertas de la misma manera.

El entorno de arcilla y mampostería escapa de tus manos.

El perro ovejero salta, corre por la pradera y al verte zangolotea la cola y por el peso casi te vas de espaldas.

La edad es imprecisa.

Y es cuando aquel tipejo del bigote grueso petrolizado con puntas caídas, lanza denuedos.

—Y por ello ¡buena compañía, la compañía de nosotros!, ¡o soledad, si es necesario!*

Inexplicable actitud. El saco frac tiene el cuello desteñido por el uso. Ni el corbatín parece resaltar su garbo. Es un filósofo destronado.

Joie me lengüetea el rostro. Me extraña su comportamiento.

No ve lo que yo veo.

El asceta de frac negro sigue bajo la enramada del olmo deshojado.

Y repite:

—El sacerdote es el que modifica la dirección del resentimiento…*

Ni una oveja aparece en los montículos de grama dorada, pajuna. El horizonte es desigual por la cordillera pelona metida en un cielo metálico, sucio.

—¡Basta! —le ordeno al animal—. Me molestan los gritos de ese hombre de rostro de medialuna.

Joie no cesa en sus arrumacos. Tal vez supone que sacaré del abrigo un trozo de hueso o croqueta.

La soledad es bendita, según el asceta. Los guerreros deben imponerse a los débiles. La compasión es flaqueza.

La iglesia, sea cual sea —insiste— pare entes castrados.

El pathos de los inútiles.

Recita:

—Todas las grandes religiones han consistido, en lo esencial, en la lucha contra un cierto cansancio y pesadez convertidos en epidemia.*

Poco importan sus reclamos, cuando he perdido el rebaño de ovejas. De su lana y carne sobrevivimos. Ni una colina cercana puede garantizar su permanencia. Es alarmante, en febrero, la escases de pastura fresca.

—¡Quédate quieto, Joie! —ordeno y el animal obedece.

El asceta de frac oscuro descansa sobre el tapiz de hojas doradas reclinado en el tronco retorcido del olmo. Me observa con sus ojos de yesca, impenetrables. Temo que nos pulverice.

Sus borceguís están impolutos, sin raspaduras. Mi inquietud se acrecienta. Me pregunto:

¿Cómo pudo sortear los charcos y el  lodo que invade el erial de invierno?

¿Es un alguien inmaterial? ¿Un iluminado?

Y su retahíla, el colmo. Ahora en francés:

—L’habitude d’admirer 1’inintelligible au lieu de rester tout simplement dans I’inconnu.*

Tan fácil decir: el hábito de admirar lo ininteligible en lugar de quedarse simplemente en lo desconocido.

—Vámonos de aquí, Joie, amigo —pido y mi noble compañero de cuatro patas y pelo cian, como el agua caribeña, agacha la testa, resuella con mayor fuerza y me sigue.

Y en esos instantes, mientras el asceta del grueso bigote reclama su derecho de odiar al débil, reinicio la marcha. Alguien me aguarda en el bohío.

No dudo que aquella mujer de mirada celeste, una tal Elisabeth Förster-Nietzsche, proveniente de Weimar, insiste en preguntar por un hermano perdido. Tengo la corazonada que se trata de un ladrón ovejero, de sangre germana.

Todo es posible en esta tierra azolada por la sequía.

Y aun así, alejado del fantasmal álamo, su potente voz retumba en la pradera:

—El hombre, el animal más valiente y más acostumbrado a sufrir, no niega en sí el sufrimiento: lo quiere, lo busca incluso, presuponiendo que se le muestre un sentido del mismo, un para-esto del sufrimiento.*

Y estoy de regreso en la habitación. La nada es semejante a la muerte.

Tengo hambre.

*Textos tomados del libro La genealogía de la moral, de Friedrich Nietzsche.

HEMEROTECA: La genealogia de la moral – Friedrich Nietzsche

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