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Polvos ajenos

DESCIFRAR EL ORÁCULO

polvos ajenosLo cotidiano alimenta a la razón. Te impide torcer el rumbo propuesto por tu infinita curiosidad.

Si razonas correctamente encuentras las semillas que alimentan tu ignorancia.

Cada pisca de nieve que cae deslava el distrito y tiñe de blanco al territorio. Los colores calientes aguardan su momento para renacer. Lo mismo ocurre seis meses por año.

De ese tamaño corresponde el espacio que pisas.

Es posible que enfrentes al tendero en su mismo espacio vital, ajeno al estado del tiempo. Su prioridad es cumplir con el propósito de vida que lo encadena al mostrador y la caja registradora. Los productos que exhiben los estantes tienen fecha de caducidad.

Veo su angustia. La infelicidad consume su paciencia. De aquellas latas, botellas plásticas y envolturas de papel debe obtener la sabia de su existencia.

La máquina ruge a mis espaldas. Es conducida por un hombrecito de traje naranja y gorra con orejeras.

El mar de azúcar, como en una metáfora bíblica, logra ser hendida para permitir nuestro paso.

No hay saludos.

No hay muestra de agradecimiento.

Nuestro generoso Moisés asalariado, de habla gala, sigue liberando banquetas a bordo de una oruga de hierro.

Y es jueves, el quinto día de una semana invernal.

La puerta del dépanneur gruñe. Los colgajos de latón tintinean. Un ojo electrónico me observa. Registra mis bufidos, el vaho que arrojo por la boca. Tengo húmeda la barba.

Soy un prisionero de mis propios vapores.

Ni siquiera hago el intento de sentir empatía por el tendero, grasoso y despeinado. Su mirada sigue fija en el infinito. Su única compañía es la caja registradora.

Dejo una estela de nieve a mis espaldas. Conozco el lugar. Lo he recorrido infinidad de veces.

El pasillo que invado, bordeado por anaqueles con productos de consumo humano, termina en un muro de vidrio. Dentro, iluminadas y en hilera, me aguardan botellas de cerveza con distintas etiquetas.

Es la cicuta que todo pensador sistemático necesita. No el sabio, no el poeta. Ninguno de los que he mencionado existen. Sócrates, el ateniense, lo tenía muy claro.

Somos seres de instinto con capacidad de discernir.

La ignorancia engendra aflicción. El conocimiento, libre albedrío.

Mientras agarro la botella de vidrio ahumado, poseedora de una verdad atormentada, intentó construir un soneto. No lo razono, simplemente fluye sin sentido.

Y entonces, como un ramalazo de luz, me allego de unas palabras de Sócrates expresadas ante sus juzgadores:

la obra de los poetas no es fruto de la sabiduría, sino de ciertas dotes naturales, y que escriben bajo inspiración, como les pasa a los profetas y adivinos, que pronuncian frases inteligentes y bellas, pero nada es fruto de su inteligencia y muchas veces lanzan mensajes sin darse cuenta de lo que están diciendo.

La nariz cacariza del tendero es un dedo amorfo, de carne macilenta, que me señala. Está impaciente. Su adicción al dinero es infinita, como su mirada.

No es una fecha agradable. Siempre ocurre lo mismo.

Y de nuevo retorno al punto cardinal de inicio. La nieve ya es agua y lodo en el pasillo ensombrecido por los paneles de latería y papel.

No tengo más que decir. Y recupero lo que Platón recuperó de su maestro, al término de su defensa:

Ya es la hora de partir: yo a morir, vosotros a vivir.

HEMEROTECA: Apologia de Socrates – Platon

VIDEOTECA:

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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