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Morir en Montreal

LAS CONSECUENCIAS

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La falta de alcohol me provocó ansiedad y temblorina. Doce horas abstemio. El sistema nervioso reaccionaba encabritado.

En esta ocasión, los policías me enchironaron en un largo y asfixiante recinto poco iluminado. En compañía de ciento ochenta dos detenidos.

La lista con nuestros nombres y apellidos fue adherida en uno de los cristales de la puerta.

Me reencontré con el chileno entre la masa de inadaptados y viciosos, jóvenes en su mayoría.

Nosotros éramos los más cascados por la edad y el desgaste emocional.

El olor a pies y sudor volvió tóxico el cerrado lugar y algunos optamos por acuclillarnos ante la falta de banquillos. Era el preámbulo obligado para nuestro encuentro con el juez de paz, apoltronado desde las nueve de la mañana en uno de los salones de audiencias, el 307.

Mis compañeros de infortunio tan similares, a pesar de la diversidad étnica.

La ciudad los convirtió en trashumantes del vicio y la sordidez.

Los sicotrópicos y el alcohol impusieron sus códigos de convivencia y hermandad.

La mugre e improductividad nos arrojaron a las calle.

Por lo mismo, la sociedad terminó siendo prisionera de sus propios desechos: policías, militares, viciosos, vagos y delincuentes…

Nos convirtieron en seres esquizofrénicos y miserables, antes de exterminarnos o enclaustrarnos en un hospital psiquiátrico.

—Y estos que estamos aquí somos los menos peligrosos  —explicó Lizárraga, igual de turulato por la falta de alcohol y anfetaminas—. Me ha tocado estar con los bastardos y calzonudos y ellos si son cosa seria, carbonero.

—¿En jueves?

—Todas las noches… treinta cinco mil o más vivimos en las calles de Montreal, imagínate vos y yo no soy chacotero… El amigo que recibe mi correspondencia sabe mucho de estas cosas, porque es un duro con la cocaína y se gana la vida limpiando los cuartos de suicidas y asesinados… Los fiambres le dan trabajo y tiene buenos contactos en la policía…

Mi instinto de sobrevivencia seguía disminuido por la urgencia de meterme cerveza o aguardiente en las venas.

De materializarse la palabrería del chileno, sobre la orden de restricción emitida por el juez, tendría que dormir en la calle, semidesnudo y hambriento.

Narguiles, Martin o El Ronco Rentería nada querían saber de mí, me odiaban por coger con sus mujeres y éstas, a su vez, tampoco deseaban relacionarse conmigo.

Mi patanería tenía un límite y optaron por aislarse.

Todo ocurrió durante el proceso de francesación en el Centro Comunitario de Outremont. Me convertí en un hostil lobo estepario, viviendo de la ayuda social mientras se decidía mi juicio migratorio y trabajando a la negra para pagar mis vicios y demencias, sin reportarlo a Empleo Quebec.

Mientras enfrentaba los rigores de la goma y aparentaba escuchar la algarabía provocada por los otros detenidos, diez palabras del chileno, infectadas con su aliento de cañería, me hicieron reaccionar y focalizarlo:

—¿Y qué vas a hacer cuando salgas de aquí, paleteado?

—Ni idea…

—¿Tienes biyuyo, plata para rentar un cuarto?

—Unos cien o ciento cincuenta pavos y algunas aparatillos que vender, como la televisión y una laptop.

—Son buenos, carbonero —asentó Lizárraga—, vos no te perdás de vista cuando salgas de la corte. Te busco o me buscas en el McDonald de la Notre-Dame y Saint-Laurent, no hay pierde. No es charcha este quebeco y eso sí, muy paleteado con los talentos y briagos, como vos y así lo creo…

—El asunto es que la libremos —dije un poco más consciente de los dichos.

Concha su madre, si estamos aquí, es porque la libramos hoy —exclamó enseñando sus peladas e irritadas encías de vicioso.

—¿Y los martillazos sangraron al tipo?

—Ni un rasguño, todos pegaron en la mesa y el cara de chetes traía talco en las narices, es un duro, y con antecedentes criminales… El franchute de mierda no me levantó cargos.

—¡Maurice Dion! – gritó una policía negra tras abrir la puerta.

El nombre y apellido fueron atrapados por algún detenido. Aun así, las dos palabras nuevamente resonaron.

De inmediato se hizo visible un tipo grotesco, cabezón y sin cuello, camisa desabotonada y vaqueros desgarrados del trasero. Sus toscos zapatones de albañil retumbaron al acercarse a la policía.

Desde ese momento, el llamado de cada prisionero nos obligó a guardar silencio.

Y aguardábamos con ansiedad la presencia de la mensajera uniformada y culona.

Mis apelativos fueron recitados cerca de las cuatro de la tarde.

Y al erguirme, el chileno recordó que al salir del juzgado nos reencontraríamos en el McDonald.

—De todos modos, carbonero —me dijo—, después de la corte nos vuelven a entambar en otra habitación hasta que terminen las actividades del Palacio de Justicia.

—Estamos, amigo Manuel —asentí agradecido— y gracias por encharcarte con mis asuntos de malandro y bolo.

—Los carachos tenemos que apoyarnos, ¿o no? Vos me caés bien por cutuflai y flaite…  Eres pueblo, puro proletario mal vestido… Andá, andá que lo requieren…

 Del otro lado de la puerta me aguardaban dos guardias armados.

El bembudo  de nariz torcida, frente a una silla plástica, sostenía con ambas manos las esposas y el grillete que me colocarían en las muñecas y tobillos, antes de enfrentarme al juez y a sus chalanes de toga negra.

HEMEROTECA: Yo soy Espartaco – Kirk Douglas

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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