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En las entrañas del castor

EL TAM TAM DE LOS VENCIDOS

portada en la entrana del castorLos pueblos originarios permanecen cerca de la naturaleza ajena al hormigón y varilla. Por ende, están en contra de su destrucción.

La Organización de la Naciones Unidas contabiliza cuatrocientos millones de indígenas en noventa países del mundo. Y están en el rango de pobreza y miseria.

Representan al treinta y tres por ciento de los marginados del medio rural.

El maestro Samy Kunuk está de espaldas de un mapamundi virtual. Es de cara achatada, de inuit; ojos pequeños y parpados mofludos y brazos cortos y regordetes, como sus piernas. La cabellera de un negro brillante resbala por sus poderosos hombros de guerrero.

En su polera blanca sobresalen dos palabras de un verde intenso: Mère terre.

Es la segunda vez que acudo al encuentro. Los jefes de treinta y seis naciones originarias, de cincuenta y dos existentes en Canada, decidieron desconocer a sus diputados, electos por asambleas y urnas.

Kunuk vive y trabaja en Iqaluit, la capital de Nunavut, uno de los tres territorios canadienses.

Sus palabras no alteran el semblante de sus escuchas, en su mayoría indígenas con vestimentas de piel y pelaje animal. Los doce representantes de las praderas orientales cubren su cabeza con penachos de plumas de ave y el cuerpo con manta blanca con bordados de colores en las valencianas, cuello y puños.

—Tenemos que replantearnos nuestra misión en nuestros territorios —prosiguió en su perorata el líder inuit—. En Iqaluit hay consenso para iniciar una nueva cruzada a favor de la verdadera autonomía de los pueblos de las primeras naciones. Representamos a más de un millón de habitantes originarios, sometidos y despojados de nuestros recursos naturales. Los inuits no estamos separados de sus aspiraciones reivindicativas, hermanos. Nos oponemos a lo inscrito en la Ley Constitucional de 1982, que nos ha reclasificado en tres grandes grupos: Primeras naciones, inuits y métis. Nuestra sangre es única y pertenece a la madre tierra. Nuna y Kaila nos enseñaron a sobrevivir y defender en comunidad y sagacidad lo nuestro. Y los inuit tambien derrotamos a los Tuniqs, mucho más poderosos que las corporaciones gasíferas, petroleras, mineras y madereras que nos acosan con su avaricia…

La pasión que le imprimía a sus palabras despertaba mi interés, a pesar de ser un hombre de urbe, ajeno a las leyendas y mitos de los cree, kootenai, siksiká (los famosos Pies negros), mícmac, potawatomi, assiniboine, nakodaabenaki, munsis, passamaquoddy-etchemin-maliseet, ojibwa, naskapi…

Mundos adversos al mestizaje y culturas sajonas o galas. Desde la costa del Pacifico a la costa del Atlántico, pasando por mesetas, llanuras y regiones del ártico. Una diversidad cultural con el mismo origen y propósito: salvaguardar la flora y fauna heredada de sus ancestros.

Y mientras Kunuk trazaba las líneas de resistencia pacífica en contra de las corporaciones privadas y sus representantes en el parlamento, gobierno y tribunales judiciales, evoqué algunos pasajes del pasado histórico de Quebec. Intenté imaginar el primer encuentro entre los celtas irlandeses y los algonquinos de los Grandes lagos, seiscientos años antes de que el francés Jacques Cartier pisara tierra canadiense. O el arribo de los vikingos noruegos, bajo el mando de Erik El Rojo, en algunas costas de América del norte, donde dejaron su rastro.

Cartier, entonces de cuarenta y tres años, tuvo su primer contacto personal con los micmacs  —una tribu algonquina—, en lo que hoy es la península de Gaspesie, donde desemboca al mar atlántico el rio San Lorenzo. Según el historiador Marcel Trudel, citado por Jacques Lacoursière,  el encuentro tuvo lugar el 7 de julio de 1534.

En la página 27 del libro de Lacoursière, Histoire populaire de la Nouvelle-France, tomo I, se lee:

“…es la primera ceremonia, debidamente anotada, de un intercambio comercial entre los europeos y los nativos del golfo. No fue el primer tratado. Está lejos de serlo. Es la impresión de los micmacs al recibir extranjeros. Y su insistencia en ofrecer sus productos prueba que estos nativos estaban acostumbrados a tratar con europeos. También sabemos la presencia de exploradores y pescadores (extranjeros) antes de Cartier, pero esta es la primera vez que se nos informa sobre una ceremonia comercial”.

Los micmacs nunca imaginaron que Cartier, el navegante francés, despertaría el apetito voraz de la aristocracia y burguesía europea para allegarse de los recursos naturales de lo que actualmente es Canada.

Y ahora, a casi quinientos años de ese encuentro consignado por el propio Cartier, un jefe inuit de tenis y playera o polera blanca intenta resarcir el exceso de confianza de sus ancestros.

El tam tam de los tambores de guerra resuena soterradamente.

Los modernos Tuniqs —de piel pálida y mirada celeste— tendrán que reivindicar su propio derecho de existir. Sin humedecer de sangre la tierra o robarse la carne y el alma de sus adversarios con el sortilegio del dólar y la pólvora.

Kunuk invade el aula de la escuela elemental con el aura de cincuenta y dos naciones agraviadas. Lo ocurrido en el municipio de Oka —cerca de Montreal—, en 1990, aun gravita en el subconsciente de los pueblos originales: la defensa de la tierra de los kaniengehaga ante los propietarios de un club de golf que pretendían extender su superficie dentro de un cementerio de la Nación Mohawk.

La resistencia duró setenta y ocho días y provocó la muerte de un anciano kaniengehaga o mohawk; setenta y cinco heridos y cinco encarcelados de la misma etnia.

Por parte del gobierno, se registró un deceso de un policía de la Seguridad de Quebec y treinta soldados y agentes heridos.

Todo por una disputa provocada por unos sacerdotes católicos, seguidores de San Sulpicio, que vendieron las tierras de los kaniengehaga —los dueños originales— a un grupo de inversionistas privados.

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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