LA SOLEDAD DEL GUERRERO

cineUn juguetito nuevo.

No es poca cosa. Se trata de una caja plástica del tamaño de un tomo de la enciclopedia Larousse.

—Es un proyector —dijo Sara Marmolejo, la novia de Guty—, me lo regaló mi hija…

—Setenta dólares vale y es una chingonería —complementó Guty antes de trasponer la puerta de mi departamento.

Mi ánimo no estaba como para hornear bollos. La falta de sueño es algo recurrente y altera mi estado de ánimo.

El ver a Amelia Perret tras las espaldas de Sara venció cualquier resistencia.

Nada tenía qué avergonzarme de mi departamento.

Por simple rutina, después de abandonar la cama de inmediato pongo orden la habitación.  Y remato la tarea, aspiradora en mano.

Todo impoluto, bien cuadrado.

Los viejos tenemos fama de apestosos y desordenados.

Y en Montreal esa fama es ascendente. Miles de ancianos, de ambos géneros, son víctimas del síndrome de Diógenes.

Precisamente hace tres semanas, por ese problema cognoscitivo, uno de los vecinos de setenta  años tuvo que ser internado en un hospital psiquiátrico.

Los bomberos y el conserje intervinieron para sanear el departamento.

Todas las habitaciones eran auténticos vertederos de basura. Por el hedor a podrido se pudo constatar que algo irregular ocurría.

En mi departamento evitaba desatenderme de la limpieza y el orden. Por ejemplo, ningún trasto quedaba sucio antes de meterme al lecho.

El mismo cuidado observaba con los desechos orgánicos o la basura inorgánica. Puntual los metía en sus contenedores para ser llevados por el camión recolector del ayuntamiento.

Amelia no ocultó su asombro:

—Da miedo vivir con una persona como usted —dijo al momento de entregarme una olla de peltre cargada de tamales verdes y carne de cerdo.

—Ha caray ¿y por qué, hermosa dama? —cuestioné.

—El ser demasiado limpio y ordenado no es bueno para la salud…

Guty Pérez entró al quite.

—Mi cuate siempre ha sido muy pulcro, por un asunto de salud mental…

Sara lo secundó:

—Es mejor así, Amelia. Recuerda que en Montreal se padece de plagas de chinches y cucarachas… Es algo horrible…

—Y de piojos —complementé.

El propósito de la visita vespertina era para ver una película japonesa, ambientada tres años antes de iniciarse el periodo Edo o la consolidación del shogunato Tokugawa.

En lo personal, gracias a las novelas de Eiji Yoshikawa (1892-1962) me adentré al entorno cultural del Japón de los siglos XVI, XVII y XVIII.

Y en esta ocasión, Guty traía una película basada en un libro de aventuras de Yoshikawa: Miyamoto Musashi.

Hiroshi Inagaki fue quien dirigió la película Samurái: Musashi Miyamoto. Así la intitularon en el mercado hispanoparlante y en 1955 obtuvo el Oscar como mejor película extranjera.

Inagaki filmó tres películas relacionadas a la biografía del legendario samurái. Las tres protagonizadas por el actor Toshiro Mifune. Esto sucedió en los años 1954, 1955 y 1956.

Para Guty, Sara y Amelia, el asunto de la película y su entorno histórico pasaba a segundo término.

Mi amigo quería presumir su nueva adquisición de setenta y ocho dólares canadienses: el mini protector portátil QKK AK-80.

En México vi parte de la obra cinematográfica sobre samuráis de Inagaki y Akira Kurosawa. En la Cineteca nacional de la Ciudad de México y en la casa de amigos con proyectores de 16 milímetros.

La ración de cerveza y el vino correría de mi parte.

En compañía de Amelia me trasladé a una licorería cercana. Guty y Sara se encargarían de mover cuadros y muebles, si así era conveniente, e instalar el proyector frente a una pared blanca.

Las tres películas sobre  la vida de  Miyamoto Musashi fueron cargadas en una USB del tamaño de mi dedo pulgar. De un GB cada una, en color y Alta Resolución.

Amelia, además de los tamales, compró una bolsa de maíz palomero.

Y exactamente a las siete de la noche, todos atrincherados en la alfombra con cerveza, vino, tamales y palomitas, Miyamoto Musashi cobró vida en el rudo cuerpo de Mifune.

No era la primera versión fílmica relacionada al mítico personaje, autor del Go Rin No Sho o Libro de los cinco anillos. En 1944, Kenji Mizoguchi la dirigió y Chôjûrô Kawarasaki hizo el papel del guerrero samurái.

El libro de los cinco anillos es un tratado sobre la guerra, los duelos con katana, la vida, la muerte y el espíritu no violento del guerrero.

La película Samurái: Musashi Miyamoto visibiliza a la mujer sometida por la autoridad del hombre rustico y de la realeza. Y además toca asuntos de la amistad, la traición, la pobreza, la injusticia y la ignorancia.

Musashi, de acuerdo a la óptica de sus biógrafos, se educó con el duro y cruel ejercicio de la guerra y la supervivencia. Su habilidad con la katana le permitió trascender y crear un código de vida basado en la disciplina, el respeto a la autoridad —en este caso al shogunato— y el orden.

El sino de Musashi tuvo un hecho y  una fecha de partida: la sangrienta batalla de Sekigahara del 21 de octubre de 1600, fecha llamada el Keichō 5: decimoquinto día del noveno mes del antiguo calendario japonés.

La calidad de la proyección fue agradable.

Y nos dejó un buen sabor de boca.

Para fortuna mia, Amelia no intentó imbuirnos de su sapiencia religiosa, como en otras ocasiones.

En esta ocasión, su sagrado libro —la Biblia— reposó en el buró de su recámara.

Yo algo emocionado aguardaba el momento de ser su invitado a una nueva sesión de conocimientos relacionados al Nuevo testamento. Un bello pretexto para permanecer a su lado e intentar convencerla de mis buenos propósitos de vida.

Por lo pronto, Sara fue quien le propuso a Amelia exhibir la segunda película sobre Musashi en su departamento.

Nuestra inteligente y solitaria amiga aceptó, bajo el compromiso de beber vino y no cerveza durante el encuentro.

Y pensé: con un poco de suerte me verá con otros ojos, menos hostiles y desconfiados.

¿Si Maquiavelo creía en el factor suerte para conquistar el poder político, porque yo no haría lo propio con el corazón de Amelia?

HEMEROTECA: pro23feb20

VIDEOTECA:

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