NO TE EQUIVOQUES

Salvador Dali La aparición de la cara de Afrodita de Cnidus en el contexto del paisaje

                         …es un hijo no sabio, porque ya hace tiempo que no debiera detenerse al punto mismo de nacer.

Libro de Oseas

Despertaba puntual y me preparaba para ir de visita y recuperar con la vista o el subconsciente las arboledas cubiertas de hojas secas de roble y piñas de pino.

El retorno era obligado antes del desayuno. Ahora sería distinto. De ahí mi limpieza y peinado.

Y mientras descendía por la escalinata de piedra poma que terminaba en el portón con techo arqueado, pensaba en el reencuentro con Imelda Aragón, la hija de don Silvestre, el mayoral del rancho Nomeolvides.

—Algo importante tengo que decirte —me dijo con ojos de angustia, después de misa, en el atrio—. No faltes y llega solo…

Oseas es mi nombre. Y Arquímedes Covarrubias los apellidos.

Imelda asegura que Oseas fue un profeta hebreo que, por mandato de Dios, procreó hijos con una prostituta.

En Huayacocotla es el trabajo quien imprime nuestros códices de convivencia. No la religión o el ocio.

Es nuestro caso.

Mi padre dejó de ir a la iglesia desde que mi madre huyó del pueblo con el sacerdote. Mi hermano Arnulfo tenía seis años y yo acababa de cumplir tres.

El ascenso por la floresta del barrancón de San José me permitía aspirar las fragancias del abeto, roble y pino mezcladas con la podredumbre de los helechos e hinojo. Olores agradables, relajantes que me alejaban de los problemas familiares y la falta de dinero.

La pobreza es una virtud, repetía Aldegundo Barragán, el repartidor de leche bronca.

Y lo afirmaba cuando me notaba recaído o corajudo. Nunca me negaba un jarro de leche de cabra. Era un viejo ermitaño, enhuarachado y con un sucio sayal a la espalda, como capa. Nunca le conocí esposa o familia.

Todo esto lo recuerdo mientras escalo el lomo de la cumbre de piedra caliza, humedecida por la bruma del amanecer. Mi padre jamás quiso construir un sendero para no atraer miradas y evitar murmuraciones. A  nadie le pertenecía esta parte de la floresta. La asamblea ejidal determinó destinarla para ser una extensión del camino real de San José a Los Naranjos.

Los hermanos Luis y Jacobo Liceaga se apoderaron del terreno escarpado bajo el argumento de contar con una concesión para extraer minerales liberada por el gobierno federal.

Don Fulgencio Ríos apareció muerto junto al arroyo de Los Álamos un mes  después de protestar por esa decisión avalada por el alcalde en una reunión de cabildo. Hay rumores de que fue mi padre el brazo ejecutor.

Y lo creo.

Casimiro Arquímedes era capaz de hacer eso y más. Y Dios sabe que no miento.

Tu retratito lo traigo en mi cartera

donde se guarda el tesoro más querido

y puedo verlo a la hora que yo quiera

aunque tu amor para mi ya esté perdido…

Cantar en la marcha es el mejor remedio para espantar los malos pensamientos. De tanto oír el corrido por la radio, los versitos entraron a mi cabeza y ahora son míos.

No es que te amague solamente te lo advierto

que aunque no quieras yo estaré seguir mirando

pues tu bien sabes que lo nuestro fue muy cierto

y tu retrato me lo está justificando.

Y cuando alcanzo la parte del estribillo, mi voz estalla como un trueno y rebota de árbol en árbol hasta alcanzar la cima, donde seguramente me aguarda Imelda con sus trenzas de chapopote y rebozo de lana.

Yo te he de ver y te he de ver y te he de ver

aunque te escondas y te apartes de mi vista

y si yo pierdo mi cartera sin querer

de nueva cuenta te mando un retratista.

La vida es tan simple como esta canción.

Es lo único que me conecta con el mundo exterior, con la gran capital, con los personajes de habla rápida, repetitiva, que promueve productos de consumo ajenos a mi alcance económico.

Sin la XEW la voz de América latina desde México, mi cabeza estaría llena de reproches, números y nombres históricos asimilados en la escuela. Y otro tanto con los insultos y quejumbres de mi padre.

La canción seguía viva, alegre, deseosa de salir por mi boca.

Por la mañana te miro muy temprano

luego te guardo y te miro más al rato

y por la noche te tiento con la mano

aunque no sea más que el puro retrato.

Imelda no era de ruidos, sino de silencios. En nuestros encuentros hablaba poco. Y aun así la amaba. Estaba loco por ella. Usaba enaguas de manta bordada por imposición de su madre, doña Silvina, tan mocha como las monjas del colegio de San Ignacio de Loyola.

Por eso mi alma te pido que comprendas

y sin recelos me den la vida entera

y no hay motivo para que tu te ofendas

de todos modos te traigo en mi cartera.

Y así, con la misma entonación de pregonero logré llegar al punto de encuentro. Aun tuve tiempo de rematar, por treceava vez, el pegajoso estribillo de…

Yo te he de ver y te he de ver y te he de ver

aunque te escondas y te apartes de mí vista

y si yo pierdo mi cartera sin querer

de nueva cuenta te mando un retratista.

—¡Eres un loco Oseas! —exclamó Imelda con una mueca de fastidio apenas dibujada en su rostro bronceado de labios delgados y ojos de arándano.

Los dos éramos muy semejantes de edad. Celebraría mis quince años un mes antes que ella, en noviembre. Terminamos juntos la primaria en la escuela federal Wilfrido García.

Y Arnulfo era el responsable de llevarnos a casa, de cuidarnos, a pesar de estar en el mismo grado escolar que nosotros. Y hasta ahoritita no lo extraño. Solo mi padre lo evoca cada vez que anda pítimo o enmariguanado.

—Si me has de decir algo desagradable, es mejor que lo sueltes —pedí al notar la dureza de su mirada.

—Voy a casarme con tu padre —soltó sin dar muestras de tristeza o enojo—. Mis padres ya se apalabraron con Casimiro y yo acepté…

Y entonces me vino a la memoria la cara ensangrentada de Arnulfo jurándome que nada tenía que ver con Imelda.

—¡No soy yo el que la ronda, Oseas… hermanito, no te equivoques! —insistió antes que le soltara el segundo machetazo en la cabeza.

VIDEOTECA:

 

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