LORD SPENCER

sommus portada-SUEÑO 34

Declaro la independencia de la imaginación y el derecho del hombre a su propia locura.

Salvador Dali

Y al introducirse a la realidad recuperó el olor y el color plomizo del entorno. Y no entendió el por qué estaba ahí; el propósito. Tan distinto a lo ocurrido cada vez que despertaba y agradecía —a quien quisiera escucharlo— por seguir en el trajinar diario y con un buen recaudo mental.

En aquel espacio de muros encementados sin cernir de inmediato ubicó un mobiliario singular de madera tosca: mesa, buró y una silla de alto respaldo. Y sobre la mesa, un grueso folder crema con hojas sueltas garabateadas. Ningún respiradero o luz natural.

El lugar no le fue desconocido. Era tan similar como la estrecha recámara que, durante su infancia, compartió en los suburbios miserables de Londres con su madre y Wheeler. Hasta el olor a papas hervidas le pareció familiar.

Tenía hambre y dolor de cabeza.

—Beba un poco de café, le relajará, señor Spencer…

La imagen llegó al momento de girar la cabeza hacia la puerta. Una evocación con rostro, voz y volumen. Podría describirlo como un ser servicial, delicado de maneras, pulcro, ojeroso, cejudo, orejón y lampiño. De extraño vestir y animo exultante.

Tal vez su error fue deshacerse de Madeleine después del espectáculo.

Necesitaba un poco de libertad, algo de espacio —y sin constantes reproches— para beber un poco de whisky o el chupetear un buen puro caribeño.

Y entonces en la furgoneta apareció el hombrecito de maneras delicadas, podría decirse hasta femeninas. Junto al pocillo de café vaporante cargaba, en la otra mano de uñas largas y barnizadas, un frasco de pastillas.

Charles Spencer no puso objeción. Mezcló el café con whisky y se tragó dos pastillas.

Cuando su consciencia se fue al traste solo portaba una camisa blanca de cuello alto y almidonado y los pantalones anchos deshilachados de las asentaderas.

Y aún conservaba las largas pestañas, el bigotillo de mosca y parte del maquillaje.

Al incorporarse descubrió en el piso de losetas otros complementos del atuendo: el bombín, el bastón con mango de caña de bambú, los zapatones con las puntas levantadas, la corbata, la chaqueta y el chaleco negro.

 Westcott fue el responsable de meterlo en aquel embrollo.

Madeleine nunca estuvo de acuerdo del viaje. Duramente cuestionó su decisión de incorporarse al Ejército de Fred Karno y hacer presentaciones en Quebec.

—Sigamos en Paris —sugirió ella—, Aquí gansas lo suficiente y hay mucho trabajo. América debe esperar un poco…

—El cine está en Norteamérica —le recordó Spencer—. Es el futuro. El teatro es efímero, ma belle petite sorcière.

El Gobernador, como llamaban a Westcott, sería la llave para abrir el cerrojo del éxito. Primero tendría que hacer méritos, trabajar duro, antes de llegar a California.

La gira en Canada duraría tres meses —de marzo a junio— y al término retomarían sus presentaciones en los suburbios de Nueva York y algunas pequeñas ciudades de Vermont.

1912 sería su mejor año.

En plena gira, el 16 de abril tendría un breve respiro en la comunidad quebequés de Sherbrooke. Festejaría su cumpleaños treinta y tres. Lo haría al lado de Madeleine, Westcott y un par de actores de la compañía.

Todo se desvaneció una noche antes. Y fue por la presencia del tipo amanerado vestido como un trapecista o bailarín de vodevil. Los planes de relajarse con su amada y cercanos se fueron al traste.

Nunca debió confiar en personas extrañas, ajenas al espectáculo, como recomendaba su madre cuando la visitaba en el hospital mental de Cane Hill.

Sin mucho esfuerzo abandonó el camastro. Involuntariamente su mirada se detuvo en la caratula del folder crema.

Leyó:

Para el señor Charles Spencer. Los escribí en homenaje a su talento. Espero le sean de alguna utilidad.

Y comprobó que el folder guardaba un centenar de breves obras de teatro escritas en tinta roja y protagonizadas por el vagabundo Charlot que él representaba en los vodeviles. Cada historia tenía un título: Ganarse la vida, El vagabundo en una carrera de autos en Venecia, El extraño predicamento de Mabel, Atrapen al ladrón, Entre duchas, Una película de Johnny, Los enredos en el tango…

Unos crujidos repetitivos hicieron que detuviera su lectura. Sin meterse los zapatones caminó hacia la puerta. Sin soltar el pomo de la cerradura la abrió lentamente.

Y al levantar la vista descubrió alarmado el origen del ruido: un hombre colgaba del cuello bajo la viga central. Era el mismo hombre que en la furgoneta le regalara café y dos pastillas para dormir.

El viento de abril lo mecía amorosamente sin importar su desnudez.

HEMEROTECA: TELE25feb20

VIDEOTECA:

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