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La Langosta

EL FARSANTE

la langosta portadaLo vi y desconfié con solo ver su apostura y engolar la voz. Recordé a un abogado leguleyo de Escuintla en mis tiempos mozos. Viridiana, antes de intimidar con él, se tragó el camote. Es su naturaleza.

Nos leía:

Montreal se abruma por la canícula parecida a una bestia tendida a lo largo del rio, una bestia de calor que deja caer toda su anatomía en el agua fresca. El sol desciende hacia el horizonte estirando las sombras hasta el fundo del curso. Los rascacielos se encienden como antorchas. Tres haces de luz deambulan por el cielo estrellado.*

Únicamente le faltaba manotear y estar parado en algún saliente del Volcán Papaya para confirmar que se trataba del mismo personaje.

Y no quiero pecar de shute. Pech sabe que soy macana con los recién llegados al bar.

Tal vez me molestó su arrojo de dandy arrabalero, su llana estulticia de abordar a Viridiana y soltarle aquello: Eres como la chancla de mi madre, porque cuando la veo venir se me acelera el corazón.

Pech sí festinó el piropo. Yo no contuve el púchica y el fruncido del entrecejo.

Desde el pacito rítmico de padrote y el pantalón albo y la camisa floreada de manga corta, pude adivinar que era el tipo gandalla-sabelotodo, a pesar de las cicatrices del desvelo y el abuso de alcohol. Un auténtico gandul, pajuelero con ínfulas de erudito.

—¿Y cuál es su profesión u oficio, camarada? —quiso indagar Pech.

Y lo preguntó no para satisfacer su curiosidad o la mia. Era evidente que el tipo le había alterado las hormonas a Viridiana e intentaba protegerla. Así es el peruano.

—Hago traducciones de inglés o francés por encargo…

—Ah cabrón, menuda chamba

—Y ahorita escribo una novelucha para venderla en partes en un periódico de Bolivia…

—Un folletón —le digo.

—Exacto, un folletón…

Se presentó como Tiberio Añoas y demandó una cubeta de cervezas gringas.

—¿Es usted boliviano?

—No, paraguayo —aclaró—, de Asunción…

—Muy original su nombre… —acotó Pech tras la barra y con el pañuelo rojinegro anudado al cuello.

—Mi padre fue filósofo y periodista y un gran admirador de Tiberio Sempronio Graco, gran estadista romano…

—También el emperador Nerón era un Tiberio—recordó Pech.

—Así es —asintió el paraguayo—. Mi padre aseguraba que la mala fama de Tiberio Claudio Nerón fue producto de la verborrea judía. No olviden que fue quien persiguió y ejecutó judíos cristianos después de incendiar parte de Roma…

Viridiana hizo pies en polvorosa. Tenía sus motivos. En años anteriores tuvo un perro chihuahueño llamado Nerón.

—Y supongo que su padre no tiene el gusto por la oración o asistir los domingos a algún templo religioso…

—Ya murió, pero fue ateo —respondió sin  enfrentar mi mirada—. Yo seguí sus pasos. No creo mucho en la santidad de los hombres o mujeres.

Bebíamos cerveza en la barra; Pech cerca de la caja registradora.

 Preferimos darle vuelta a la hoja. Una regla inviolable de La Langosta es no abordar temas políticos, deportivos o religiosos. En el bar se asiste para evadir prejuicios, broncas laborales y fracasos amorosos.

Tiberio pescó al instante nuestro cambio de actitud. De ahí que retomara el tema literario. Del bolsillo de su camisa colorida sacó una hoja doblada. La extendió y quiso verter su contenido ante Pech y este servidor. Describía una breve estampa de un atardecer en el rio Lawrence.

Mientras recitaba el texto engolando la voz calculé que era un hombre no mayor a los cuarenta años, algo lastimado por el estrés y desvelo. Su palidez, ojeras fláccidas y la prominencia de los pómulos evidenciaban a un tipo atormentado o muy aturrado. Eso imaginé.

Lejos del ruido del centro de la ciudad, en el silencio de un callejón lleno de hangares, una figura camina sin energía. Con su gorra, sus pantalones anchos, su camisa de color caqui, se ve como un joven guerrillero que usa ropa de un gigante.*

Y Al terminar su lectura, el paraguayo regresó la hoja al lugar de donde provino.

—¿Qué les pareció la introducción?

—Interesante —fue la única palabra que liberó mi amigo.

Siempre he creído que, como lo repetía la abuela, a la persona se le conoce por la forma de agarrar el taco. Y tenía razón.

El paraguayo parecía un tipo vulgar, un vividor profesional que se aprovechaba de la buena fe de los otros, principalmente de los inmigrantes sin papeles.

Y no me equivoqué.

Viridiana me dio la razón.

Por el momento, Pech no dudó de los méritos literarios de Tiberio Añoas. Hasta le regaló un par de cervezas Coors light al pagar la cuenta.

Una semana después, mientras Pech contaba el dinero en la barra y yo cenaba en la cocina, Viridiana nos reveló que tuvo sus restregones de cama con el paraguayo. Lo hizo por dinero y para  esnifar cocaína.

—El macaco es un mentiroso —confesó mientras lavaba los tarros y jarras—. Lo descubrí traduciendo libros en francés y luego leía sus anotaciones ante sus compañeros de departamento  como si fueran de su autoría… Es un farsante…

*Los textos con cursivas fueron extraídos y traducidos de la novela corta La nuit rouge del escritor quebequés Gilles Tibo.

HEMEROTECA: Douglas Kirk – El Hijo Del Trapero

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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