LOS MOCOSOS

goteo portadaLos espejos y la cópula son abominables, porque multiplican al número de hombres.

Jose Luis Borges/ Tlön, Uqbar, Orbis Tertius

LISANDRA

La conocí de rodillas en el momento de entregarle la ostia. Terminamos en la cama. Por culpa del alcohol y las urgencias del cuerpo, yo, el padre Álvaro Reséndiz, ingresé  a su habitación.

Lo dicho por el turco confirmó lo ya explorado al comulgar. Lisandra tenía ojos ensoñadores, grises y la cabellera cargada de rulos naturales, caribeños.

Farhadi recordó la causa de mi visita: compartir el departamento.

—No se preocupe, padre… —dijo Lisandra y me observó  unos segundos sin saludarme de mano.

En el pasillo del jardín exterior, Farhadi detuvo la marcha y me susurró:

—Es cubana y amiga de mi esposa…

—Ah —solo exclamé, preocupado todavía por el asunto de Estrella, la hija de Alberto. Seria madre y me negué a reconocer mi paternidad —. Me siento agradecido….

—Una amiga le ofreció su departamento y en julio nos deja. Así que no veo inconveniente que la señorita Lisandra lo comparta con usted un par de semanas.

En días subsiguientes todo se vino al traste.  No pude resistirme.

Y recordé las palabras de la mujer policía al darse cuenta que yo era sacerdote:

—Es Canada…

En mayo del año pasado, por órdenes de un juez,  la mujer policía me escoltó al departamento que rentaba para sacar mis pertenencias. Un pleito con Estrella me mandó a prisión y tuve que enfrentar las consecuencias legales.

—Se llama Lisandra, padre, y es una ferviente seguidora de la Virgen del Cobre —me confió Farhadi.

—Bendita sea…

***O***

HABLAME DE TI…

El sobrepeso de las historias en tan corto espacio —su propio cuerpo— y faltan tres manzanas para conocer el departamento.  El boli de limón sigue inconcluso. Teme lo peor por la rotura en la mochila que cuelga a sus espaldas. En el vagón del tren subterráneo comprobó  la presencia del libro electrónico, los dos bolígrafos, el marcador amarillo y su bitácora de viaje. Un día antes perdió la pasta y el cepillo dental al olvidarlos en el Mesón Les Camarades.

El sábado es agradable, fresco. Una rápida llovizna humedeció la isla durante la madrugada. Rose Kyritsis hace un breve recuento de las pertenecías que lleva encima y fantasea. Los jeans son italianos. Seguramente una de las obreras, madre soltera, sufre de reumas y teme perder su trabajo. La playera, donde tiene estampado el rostro de Karl Marx, fue un regalo de su hermano. La adquirió en Tréveris, Alemania durante sus recorridos por la plaza del Mercado. La luna de miel tuvo lugar en Luxemburgo, pero Brenda, su ahora esposa, lo convenció para conocer la ciudad, donde doscientos años antes nació el padre del comunismo científico.

Rose imaginó la amarga historia de Rahui, un inmigrante raramuri que laboraba, sin ambas piernas, en una fábrica de ropa en Bélgica.

Lo del boli de limón tuvo su toque dramático. El paquete de veinte tiras de plástico con azúcar y colorante verde fue elaborado en una embotelladora estadounidense. La mano de obra provenía de  Pulaski, Tennessee. Ahí, en 1865, seis veteranos de la Guerra de Secesión fundaron el Ku Klux Klan. Los propietarios eran descendientes de los Calvin Jones, una de las seis familias que firmaron el acta constitutiva de la organización de extrema derecha y antisemitista.

Y así, Rose continuó armando historias con cada objeto o mercancía que iba inherente en su andar.

Cada producto tenia su toque humano. Estaba segura que, antes de alcanzar su cometido —negociar el alquiler del nuevo departamento—, la amalgama de una de sus muelas podría desprenderse. El dentista que la colocó recién había enviudado. No pudo superar la pérdida.

Y una semana después del encuentro, en el consultorio de Atenas decidió suicidarse con una inyección de insecticida.

***O***

LOS MOCOSOS

—Tengo hambre, mami.

—Aguanta, hijo. Tu padre está por llegar.

Piso de tierra, techo de cartón negro y muros de bajareque. La llama sigue viva bajo el comal y la masa aguarda el calor de las manos de Hortencia Trejo.

Virgilio Atilalaquia, el marido de Hortencia, labora en el fraccionamiento Azul de Pachuca. Es posible que sus patrones le permitan ver a su familia el fin de semana. Le da mantenimiento   al jardín y lava las camionetas.

En San Felipe Orizatlán, a quinientos quilómetros de Pachuca,  la tierra es húmeda. Virgilio Andrés, hijo de Hortencia y Virgilio, tiene hambre. Posee los mismos huesos de su padre (recios a tanta tortilla y frijol con chile) y el tosco rostro de su madre (labrado en roca volcánica).

La espera será inútil. El callado Virgilio Atilalaquia, el de las manos de piedra porosa, tiene un revolver y aguarda la orden para disparar.

El hijo del diputado, apenas un mocoso, no entiende lo que ocurre.

—Quiero hacer del dos, comí muchas hamburguesas —pide el niño.

—Cágate y cállate —ordena Virgilio Atilalaquia. Piensa en su hijo que aguarda su llegada y el pollo frito prometido.

Un olor a mierda interrumpe sus pensamientos y acciona el percutor del arma…

HEMEROTECA: El crimen del padre Amaro – Jose Maria Eca de Queiros

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