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Sommus

ADIOS CHELITA…

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SUEÑO 35

1

El malestar pasa a segundo término si la lluvia te permite cruzar la calle. Es posible que me saludes sin dejar de sonreír.

 Eres deslumbrante.

Lo sabes Chelita. Tu pantalón blanco, ceñido a las caderas y piernas, poco deja a la imaginación.

¡Vaya que tienes lo tuyo! Difícilmente los hombres son ajenos a tu paso.

Tus gafas de armazón plateado ocultan el relumbre de tus iris de miel y parte de tu nariz de princesa españolada… y esos labios magenta, vampirizados.

—Es lo mejor que pudo pasarme al conocerte —dices y la abrazas, intentándole robar algo de resuello para oxigenarte con sus exhalaciones de almendra y copinol.

Es salvadoreña, de Ciudad El Triunfo, lugar donde durante la segunda semana de marzo, el rostro de Jesús —impregnado en sangre— es motivo de jolgorio y oraciones.

La piadosa Verónica, enfundada en ropones negros, jamás imaginó que su presencia en la Vía dolorosa de Jerusalén, trastocaría la tranquilidad de un pueblo azolado por la pobreza y violencia.

Tú, Chelita sin apellidos, has de saber que desde 1854 los usulutandeses de Ciudad El Triunfo esconden su miedo en el templo parroquial del Divino Rostro. Ahí, frente al parque, donde tantas veces perseguiste balones de cuero al salir del colegio.

Te veo comer pensativa, evocando el pasado y redescubriendo en plena calle, tras el grueso cristal del restaurante  La Morsa, al hombre que ha alterado tu tranquilidad. El mismo inquilino del medallón dorado que no deja de observarte, pero que debe continuar con sus enjuagues de paisa productivo antes de enfrentarse a la realidad doméstica.

En el platón blanco, irremediablemente el pollo portugués empieza a consumirse y deja de tener sentido en aquel lugar de locos, donde los parroquianos disfrutan de un partido de fútbol europeo.

Tú has escogido el restaurante en la Saint Michel y no me opuse.

Lo mereces.

—Vengo de comprar un pantalón, pero voy a cambiarlo —me confías—. Debe ser blanco, no negro… Es para un hijo…

Te dimensioné en traje de baño, brincando sobre las rocas del  Salto del Brujo, en Sesori, donde un comando del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional atacó al pelotón de soldados.

Una hora después, las aguas de la cascada cambiaron de color: dejaron de ser transparentes y espumosas y se tornaron rojas, muy rojas, como el paño de la Verónica de Jerusalén.

Es difícil meterme en tu cabeza.

Eres madre soltera. Desde hace dos décadas dejaste de ser salvadoreña.

Tu lengua ahora es galesa por necesidad y vives esclavizada al trabajo.

Las deudas en esta isla de consumo te obligan a no envejecer. Te han transformado en una máquina de dinero.

La laguna de la Alegría no volverá a ser tu hábitat, menos las entrañas del volcán Tecapa. Su testa ennegrecida, colmada de azufre y humaredas, amenaza borrar el manto verde turquesa de los alrededores.

—Eres muy guapa y lo sabes —digo y ríes.

No lo digo para seducirte. Solo festino a mis soliloquios.

Estoy consciente que amas a otro hombre, sigues marcada por tus relaciones amorosas fallidas.

No importa. Intentaré descifrar tu vena deportiva: el saber que tarde a tarde ocupas un gimnasio privado para vencer al sobrepeso.

—¿Por qué no te pintas el pelo? —cuestionas al mirar mi barba de papá Noel.

Me abstengo de revelarte ciertos secretos de Dorian Grey. Te aburrirías.

Y te musité un poco con desaliento:

¿para qué?

Y sigo en lo mío, escudriñando tu entereza de ocelote-hembra.

Tal vez nunca escuchaste el nombre de Armando Rodríguez Portilla, tu paisano. No importa.

Te diré: fue periodista y poeta de Usulután. Desafortunadamente se suicidó a muy temprana edad.

Sin embargo, Chelita, en uno de sus tantos sonetos, escribió sobre tu tierra:

Bajo un sol matinal de primavera/que de áureos toques el follaje borda,/se abre la arada en la gentil pradera,/junto al torrente bramador que asorda.

Se apoya el labrador en la mancera/del tosco arado, y con la yunta gorda/va despojándose la ubérrima ladera/que en negras floraciones se desborda.

Detrás regando la simiente, a pasos,/sobre la amelga de fecundos trazos,/va el fornido gañán de anchas espaldas,/mientras cruza los ámbitos sonoros/gárrula banda de fugaces loros/como un collar de verdes esmeraldas.

El platón con pollo portugués se ha vaciado.

Y llegó la hora de despedirnos.

Mi vecino de mesa tuvo la generosidad de llevarte en su automóvil a tu departamento. Desde la ventanilla observé tu ágil ascenso por los escalones. De inmediato desapareciste en una puerta como un hermoso ocelote-hembra de Usulután.

Y dejaste tras de ti una mágica fragancia de bálsamo y el embrujo rosado del maquilishuat.

VIDEOTECA:

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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