SIMON HIPÓLITO

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—¿Me repite su nombre por favor?

—Simon Hipólito.

Por el momento, el nombre nada me dijo.

—Está usted hablando al Noticiero del Sur

—Sí, lo se… Pero quiero hablar con el señor Everardo Monroy…

La llamada telefónica la recibí al mediodía del sábado 18 de junio de 1977. La resaca me tenía jodido. Don Arnulfo Cuellar, el director del periódico, andaba por las mismas.

 Los excesos de aguardiente de guayaba, importado de Zacualpan de Amilpas, impidieron que asistiera a un desayuno en Sanborns.

—Soy la persona que busca  —respondí—, a sus órdenes…

—Irene me proporcionó su número telefónico…

Dos días antes había entrevistado a una luchadora social —Irene Ortiz—, por un asunto de abuso policiaco.

Y fue entonces que me cayó el veinte. Ella me comentó, al finalizar nuestro encuentro, que un preso político había escrito un libro que denunciaba los horrores de la guerra sucia en los estados de Guerrero y Morelos.

—Tal vez le interese entrevistarlo… —sugirió.

Pero Simon Hipólito se me adelantó.

Después de un breve intercambio de palabras pactamos encontrarnos el sábado siguiente.

—¿Y por qué no mañana? —repuse.

—Es el día que me visita la familia —precisó— y es muy difícil que platiquemos a gusto…

El Noticiero del Sur era un modesto periódico estándar de ocho páginas en blanco y negro. Circulaba de lunes a viernes en Cuernavaca.

Don Frago Sandoval era el propietario y radicaba en la Ciudad de México. Poseía otros periódicos en el país, principalmente en Tamaulipas, de donde era originario.

El sábado 25, conforme lo acordado, me presenté en la penitenciaria de Atlacomulco. No tuve objeción al ingresar. El propio Simon gestionó ante el director del penal nuestro encuentro.

Un carcelero uniformado me guió al patio principal donde me aguardaba Simon.

—Allá está —el carcelero lo señaló con la mano.

Bajo un cobertizo de madera techado con lamina de zinc ubiqué a Simon. Por su gran estatura, corpulencia y el sombrero de lona se distinguía de los otros internos.

—Gracias por venir —dijo tras el saludo.

—Al contrario —reviré—. Espero sirva de algo la entrevista.

En septiembre de 1977, Simon celebraría sus cuarenta y nueve años de vida. Yo, en el mismo mes, veintidós.

Confieso que yo aún no era ducho en los asuntos políticos. Don Arnulfo, un decano en esas lides, era mi brújula y mentor.

—Me comentó la señora Ortiz que usted escribió un libro sobre su experiencia de guerrillero… —abrí así la entrevista.

—No —cortó de inmediato—. Soy albañil, maestro albañil, y por tener amistad con gente relacionada al Partido de los Pobres me acusaron de guerrillero. Un comando asaltó una sucursal bancaria en Cuernavaca y por ese hecho, del que fui ajeno, me detuvieron y torturaron. De esta manera la policía judicial intentó dar carpetazo al asunto y llenar las cárceles de personas inocentes.

 Durante casi dos horas escuché los reclamos de un hombre humilde, politizado e indignado con la injusticia. Me reveló que había nacido en la sierra de Guerrero, en Atoyac.

Durante las décadas de los sesenta y setenta, en esa zona serrana, hubo un levantamiento armado impulsado por los maestros rurales Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas Barrientos. Bajo su liderazgo participaron en la guerrilla estudiantes universitarios, mentores, obreros y campesinos pobres.

La represión militar y policiaca fue brutal.

En Guerrero murieron cerca de quinientos luchadores sociales y otros mil quinientos fueron desaparecidos, según datos de la fiscalía responsable de investigar los hechos relacionados a la guerra sucia.

Simon Hipólito fue acusado de pertenecer a una organización de ultraizquierda, dirigida por su primo Carmelo Cortes Castro, ex aliado de Lucio Cabañas.

La propaganda que repartieron antes y después del asalto a una sucursal bancaria de Cuernavaca iba firmada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Por ese hecho que le costó la vida a un guardia de seguridad fue ejecutado Carmelo Cortes. El mismo final  lo experimentaron otros guerrilleros urbanos.

 Simon tuvo suerte.

La aprehensión ocurrió el 6 de agosto de 1975. Y sucedió mientras trabajaba en Cuernavaca, como albañil, en la construcción de una casa.

Durante varios días estuvo incomunicado en una cárcel clandestina.

En el libro de su autoría De Albañil a preso político, Simon ubicó la dirección donde los agentes judiciales lo torturaron y amenazaron con asesinar a su esposa e hijos: la calle Paricutín número 10 del fraccionamiento Los Volcanes de Cuernavaca.

Simon resistió a pesar de serle fracturados los tobillos y recibir descargas eléctricas. Siempre negó su relación en el asalto bancario y su militancia en las FAR. Lo único que reconoció fue ser simpatizante del Partido de los Pobres.

Su caso permitió demostrar que los militares y policías asesinaban, torturaban y encarcelaban a personas inocentes.

—Ten la seguridad que haré mi parte en tu exigencia de ser liberado —le aseguré a Simon al término de la entrevista—. Por lo pronto, el lunes publico tú denuncia y le daré seguimiento…

—Mi causa y reclamo —aclaró— es para que se reabran los casos de otros presos de conciencia en el país…

Mientras me acompañaba al portón de acceso al patio principal, me confió que era panadero del penal y elaboraba artesanías de madera e hilaza  para alimentar a su familia. Susana, su esposa, era la encargada de vender en el exterior lo que producía con sus manos.

Intelectuales, el obispo de la diócesis de Cuernavaca —don Sergio Méndez Arceo— y organizaciones defensoras de los derechos humanos, nacionales e internacionales, presionaron para que el gobierno federal decretara una amnistía para los presos políticos. Nuestro reclamo tuvo éxito.

El 20 de diciembre de 1978, el presidente José López Portillo lo firmó y al día siguiente, Simon y otros luchadores sociales fueron liberados.

En 1994, por peligrar mi vida, hui de Morelos.   Simon no dudó en apoyarme: del 23 de marzo al 4 de septiembre de ese año viví con su familia en San Francisco, California.

Hasta el día de su muerte —28 de junio de 2019— no dejé de estar en contacto con Simon. Habíamos planeado reencontrarnos en octubre de 2020 en su casa de California.

Simon Hipólito Castro ejerció los dignos oficios de albañil, taquero, curandero, panadero, restaurantero, periodista y escritor. Me sustituyó, en Morelos, como corresponsal del periódico Uno más uno.

Es autor de los libros De albañil a preso político, Guerrero: amnistía y represión, Carmelo Cortés Castro. Su Lucha, su FAR. La Traición… su Muerte; Cuentos para niños preguntones y dejó inconclusa una novela, La viuda virgen.

Tuve la fortuna de escribir el prólogo de su libro Carmelo Cortés Castro. Su Lucha, su FAR. La Traición… su Muerte.

simon y mendez arceo

Don Sergio Méndez Arceo, obispo de la diócesis de Cuernavaca y Simon Hipólito.

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