ANILLO DE ORO

EL RUCO PORTADA5

El jueves 18 de agosto dejé de ser un niño. Entré al territorio sinuoso de la adolescencia.

Ahora tengo quince.

Y Montreal se convirtió en mi nueva guarida.

Debo sincerarme: la calidez humana de la gente y la diversidad cultural poco a poco me han alejado del mundo virtual.

Sin darme cuenta pude adentrarme a los problemas cotidianos de los vecinos del edificio y de mis maestros y compañeros del Lycée.

El colegio René Lévesque fue uno de mis mayores retos desde el ingreso. No por partir de cero en el aprendizaje de un nuevo idioma, sino por mi timidez.  Soy poco afín al deporte y las matemáticas.

Mi abuelo no quiere imponerme reglas. Su principal preocupación es que yo encaje en el sistema pedagógico del colegio. Está consciente del comportamiento de algunos profesores de ascendencia québécois (quebecoá, se pronuncia).

Y efectivamente, Greta en parte asumió el papel de tutora ante la invalidez del abuelo. Sin embargo, Greta es indiferente a mi formación pedagógica. Su atención la enfila en el crecimiento interior de Simone.

Ahora que soy adolescente, las cosas que me suceden cobran sentido. Intento no perderme en los asuntos virtuales y poner mayor atención de lo que hablan y discuten mis maestros. Otro tanto lo aprendo en los libros y consejos del abuelo.

De mí madre poco puedo decir: soy una especie de su psicólogo online. En nuestros encuentros telefónicos habla de sus problemas amorosos o laborales. Por momentos quisiera estar yo en el diván, como paciente.

Julliette Habla mucho y miente mucho. No le interesa lastimarme o intentar restarle autoridad moral al abuelo. Es su naturaleza.

No la cuestiono para evitarme problemas. Mi abuelo siempre me repite:

—Nunca discutas con una mujer, porque siempre saldrás perdiendo.

Y tiene razón.

Lo veo en el Lycée. Las mujeres tienen tanto poder que al mentir estigmatizan a su adversario del sexo contrario.

Greta se mofa cuando se lo comento.

 —Ustedes han abusado demasiado de nosotras —me dijo en una ocasión—, ahora es tiempo de darles un poco de su jarabe.

–0–

6

Mientras escucho a Guétary —a instancias de mademoiselle Valérie— pienso en el abuelo.

Su salud no me preocupa. No da muestras de fatiga o falta de apetito. Es su ceguera. Hace dos días se resbaló al pisar una uva que cayó por descuido mío. El abuelo se golpeó la frente en el borde de la loseta empotrada al muro de la cocina que sirve de mesa o tabla para cocinar.

Pensé en hablarles a Greta o al señor Venegas, pero el abuelo me contuvo.

—No lo hagas —atajó tirado en la cama—. El golpe no fue grave, pero seguramente es algo escandaloso por la sangre. No es la primera vez que esto ocurre.

—Es mejor que te vea un médico, abuelo —insistí.

—Si tengo convulsiones pide ayuda al 911 —recomendó—, no a Greta o a mi compadre, porque ellos poco o nada pueden hacer.

No lo niego, lloré en silencio. Me culpé del accidente.

El abuelo jamás cuestionó mi descuido. Desde pequeño siempre enfrentó en silencio la adversidad, sin buscar culpables.

—Uno vino a la tierra a servir —me repite antes de meterme a la cama—, no a servirse o culpar de tus debilidades a los más débiles… Y si vas a orar, no pidas por tus padres y hermanos o por mí, pide por aquellos que pueden hacernos daño… Si ellos viven en paz, nos dejarán en paz…

Georges Guétary interpreta una melodía triste cargada de amor: Cet anneau d’or.

Me gusta escucharla en inglés con Elvis Presley, pero debo asimilarla en francés, por tratarse de un ejercicio escolar.

Cet anneau d’or

Que je pourrai bientôt

mettre à ton doigt.

(Este anillo de oro

pronto podré

meterlo en tu dedo.)

Cet anneau d’or

Dira au monde entier

que tu es à moi

Et que nous deux

devant Dieu et les hommes

On s’est juré un éternel amour.

(Este anillo de oro

Le dirá al mundo entero

Que tú y yo

ante Dios y los hombres

nos juraremos amor eterno.)

El abuelo la escucha desde su lecho con los ojos cerrados. Me conmueve verlo en esa condición física: en piyama, de costado y con la gruesa venda en la cabeza.

—Qué bella canción —murmura—, se la escuché por primera vez a Richard Huet… Yo pensé que él era el compositor de Este anillo de oro

Fue entonces que le pregunté si conoció personalmente al compositor quebequés.

—Seguro, fue circunstancial —narró—. Sucedió un año antes que dejara la panadería… Llegó al negocio con su esposa y compró panecillos de tres leches. El propietario nos dijo de  quien se trataba y después pude escuchar en castellano algunas de sus canciones…

Mademoiselle Valérie es una mujer madura e imparte francés en el Lycée. Es muy paciente y casi nunca la sacamos de sus casillas.

Cet anneau d’or

Pour nous deux

jusqu’à la fin du monde

Enchaînera nos cœurs

d’une joie vagabonde

Et tu seras

pour moi encore plus belle

Quand tu auras

cet anneau d’or.

(Este anillo de oro

De los dos

hasta el fin del mundo

encadenará nuestros corazones

en una alegre vagabundería.

Y tu serás

para mí la más bella

cuando tengas

este anillo de oro.)

Aparte de memorizar la composición de Felice y Diadorius Boudleaux Bryant tengo que separar los verbos y con ellos construir nuevos enunciados.

Por ser jueves quedan cuatro días para hacer una buena exposición oral frente a la maestra y mis compañeros. Por momentos me estreso, pero, como ocurre siempre, el abuelo me tranquiliza.

—El trabajo de los maestros es enseñar y el de los alumnos preguntar… —dice cada vez que le digo que voy a tener exámenes—. Su mayor satisfacción es saber que ustedes aprenden de ellos. Y entre mas preguntones sean, mejor…

VIDEOTECA:

HEMEROTECA: pro15mars20

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