SOY LEYENDA

Por Everardo Monroy Caracas

metro7

Lunes 23 de marzo.

15:15 PM.

Insomnio y preocupación.

Me vi precisado en hacer sentadillas y lagartijas —genuflexiones de piernas y brazos— para atemperar la tensión. Después, tras beber un vaso de agua, leí hasta que el sueño hizo de las suyas. Estoy por concluir el libro de MacLaine.

Mi tablet empezó a repicar cuando aun dormía. Una pariente, LD, supuso que el horario de Montreal estaba a la par de la Ciudad de México. Le aclaré su error al acudir a su videollamada. Hay dos horas de diferencia.

En Montreal eran las siete cuarenta y cinco de la mañana. En la Ciudad de México, las nueve cuarenta y cinco.

—Te hablo primo  —dijo algo agitada—, porque leí que en Quebec han cerrado todos los comercios y las farmacias y que solo por Internet se pueden hacer las compras…

Tuve que sobreponer la somnolencia sin sonar molesto.

—No —aclaré—, continúan abiertos los supermercados, las farmacias y las vinaterías. Lo único que ha cambiado es el trato a la clientela. La espera es larga para pagar y siempre nos recomiendan hacerlo con tarjetas de débito o crédito…

—¿Y los bancos?

—Ayer chequé en el sitio virtual de la sucursal del banco donde me  deposita el gobierno y confirmé que los empleados siguen trabajando de diez de la mañana a las seis de la tarde. ¿Y allá, como están las cosas?

—Las calles de la ciudad se encuentran desiertas, como en la película de Will Smith, Soy Leyenda… Pero aún podemos conseguir alimentos y enseres del baño en los comercios…

—Prima, dile a los tíos que vean todos los días, a las siete de la noche, la conferencia de prensa del subsecretario de salud y acaten sus recomendaciones… México aún controla la situación…

 La charla duró cerca de una hora. Pude sobreponer mi somnolencia y escuchar con atención a la prima. De su boca me enteré de los asuntos de otros parientes cercanos. Ninguno estaba conectado a una máquina de oxigenación.

Después de la llamada, no logré dormir. Preferí pasar la aspiradora por mi habitación (que en realidad es la sala) y meterme una cucharada de miel al estómago. Es lo primero que hago al levantarme.

La curva del Covid 19 sigue en ascenso en Quebec. Amanecimos con 756 casos, 499 más que el día anterior. 

—He tomado la decisión de cerrar todas las empresas y comercios no esenciales hasta el 13 de abril —afirmó, en conferencia de prensa, el primer ministro provincial, François Legault.

Significa que cierra sus puertas parte de la industria no relacionada al procesamiento de alimentos, bebidas y productos de limpieza. Hasta ayer casi un millón de quebequés estaba en paro y se inscribía al Seguro del desempleo.

De inmediato busqué en Internet los cuatro sitios necesarios para mi sobrevivencia:  los supermercados Metro y Dollarama; TD-Bank y la farmacia Jean-Coutu. Todos cercanos a mi domicilio. No informaban cambios de última hora. Metro aclaraba que algunos productos están limitados a dos por cliente y se debe aguardar cierto tiempo para pagar en la caja registradora.

Y un nuevo sonido apareció en mi espacio vital, a consecuencia del aislamiento obligado: las escandalosas correrías de los dos niños del departamento de arriba.

En otras ocasiones ascendía al piso superior y hablaba con la madre. El silencio retornaba de inmediato. De lunes a viernes, los infantes se ausentan del departamento por ir a la escuela. Al retornar realizan su tarea escolar, ven televisión o activan su caja de videojuegos.

Todo es distinto en estos momentos.

La propia madre de los chiquillos me habló por teléfono para disculparse.

—Señora, por favor, no son tiempos de reproche  —la tranquilicé—. Por el contrario, déjelos descargar su energía, solo regúleles los dulces y chocolates…

Y tras reír, agradeció mi sugerencia.

Su esposo es taxista. No ha dejado de trabajar.

Normalmente lo buscan por teléfono para recoger clientes conocidos que van de compras a las vinaterías, supermercados y farmacias.

Y me recuerda a un personaje de una vieja película mexicana —A toda máquina— con Pedro Infante y Luis Aguilar. Se trata del conserje del edificio donde viven los dos agentes de tránsito.

—¡Ya me voy vieja! —le grita a su esposa al salir de su departamento vestido de elevadorista, bombero, mesero o mariachi.

Y al regresar de cada turno, solo exclama:

—¡Ya llegué vieja!

Una de mis mayores preocupaciones —y perdón por abusar del verbo— es el asunto del dentista.

Ya fui notificado que no habrá servicio en el consultorio dental donde me atienden tres veces por año. En dos semanas estaba programada mi limpieza dental. Uso una prótesis parcial y dos amalgamas.

El año pasado, por comer chicharrón, se me desprendió una amalgama y de inmediato fui atendido.

Desde hace tres años recibo una modesta ayuda económica del gobierno quebequés como artista creativo. El setenta por ciento del dinero lo aplico en la renta del departamento, transporte público, lavandería, teléfono portátil e Internet.

Por mis bajos ingresos, de los que no me quejo, tengo derecho a no pagar algunos servicios dentales y oftalmológicos.

El mecenazgo quebequés dignifica a la mayoría de sus pobres, enfermos y artistas: pintores, escultores, poetas, literatos, dramaturgos, etcétera. La única exigencia es tener obra y presentar algún nuevo proyecto relacionado a su oficio.

Importa el  estatus migratorio del beneficiado: ser canadiense y residir en la provincia.

Ante la nueva realidad, aceitada por el coronavirus, es una prioridad el cuidado de los dientes. Pocos azucares y limpieza permanente. Pero difícilmente tenemos el control de las bacterias que provocan la caries.

Es posible que bajo la amalgama algo extraordinario esté sucediendo.

Las escuelas públicas y privadas continuarán cerradas hasta el 1 de mayo, no el 5 de abril.

Es tiempo de ser tolerantes y solidarios con los vecinos. Son víctimas de la pandemia, como usted y yo…

HEMEROTECA: pro22mars20

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