CRUCIFIXIÓN ADELANTADA

Por Everardo Monroy Caracas

eglise9

Miércoles 25 de marzo.

13: 52 PM.

La imagen de OH me intranquilizó durante varias horas. Su situación no era nada agradable ante el yugo de dos paisanos alcoholizados y presionados por el desempleo. Algo debía aportar para superar el remordimiento.

Hojeé la agenda telefónica, en busca de una tabla de salvación.

El ulular de ambulancias o patrullas es continuo.

Los gritos infantiles detienen mi búsqueda. Me asomo por la ventana. Dos niñas rubias en bicicleta regresan de hacer compras en la tienda Dollarama. Lo evidencian las bolsas verdes de la empresa que cuelgan del manubrio. Discuten y reinician el pedaleo.

Nada grave.

Detengo la mirada en un nombre de la agenda: OB.

Hace tres meses la contacté telefónicamente por un problema familiar. Al día siguiente me recibió en su oficina. Es argentina-quebequés y cuáquera.

Mi asunto fue saneado con su ayuda. El servicio fue gratuito. Asistence aux femmes es financiado por el Ministerio de Salud y Servicios Sociales de Quebec. (http://www.assistanceauxfemmes.ca/)

Antes de meterme a la cama le dejé un mensaje en el buzón de voz. Diez minutos después atendió el llamado.

—Le doy las gracias por su rápida respuesta —dije algo avergonzado por la hora—. La llamé sin el propósito de alterar su tranquilidad.

—Por desgracia, son tiempos del coronavirus y no podemos darnos el lujo de desdeñar las demandas de ayuda… Dígame, monsieur M en qué puedo ser buena…

Y a grandes trazos le expuse el asunto de OH. Me pidió el número telefónico de la paisana y se comprometió tomar el caso con absoluta prioridad.

En la madrugada, sin ánimo de continuar en la cama a pesar de lo irregular del sueño, descubrí que tenía un mensaje de voz en el teléfono portátil. Era de OH. Lo envió a la media noche y me extrañó no haber escuchado el timbreo.

Don E, muchísimas gracias por  su ayuda, ya me habló una trabajadora social y es posible que mañana (hoy) me vaya a un albergue para mujeres… Yo le llamo nuevamente de donde me encuentre. Buenas noches.

El claustro sanitario no merma mi ánimo. De eso estoy seguro. Mis sesenta genuflexiones de brazos y piernas, permiten aligerar la circulación de la sangre y la movilidad de los músculos.

Nada de alcohol. Nada de café. Nada de tabaco.

El calvario de la Semana santa se adelantó para los militantes del cristianismo. Soy parte de ese ejército de fe. Fui bautizado y apadrinado en Huayacocotla.

Por el momento, mis dos hijas y nietos libran la cuarentena en paz. Cada una acompañada de gente buena y solidaria.

No me quejo.

Quebec amaneció con mil 339 enfermos por el Covid 19. 336 más que el martes. Solo 35 se encuentran hospitalizados. Las cifras ascienden.

En las últimas 24 horas, por el virus, se registraron otros dos decesos. Hasta este miércoles, seis familias perdieron un ser cercano.

Somos ocho y medio millones de quebequés —recordó el primer ministro, François Legault en su conferencia mañanera—, ocho y medio millones de soldados comprometidos en el combate pacifico, pero vital contra el virus. Y cada cambio que hacemos nos aproxima a la victoria.

La policía montreales está muy activa.

Infinidad de jóvenes de ambos sexos hacen caso omiso a la alerta sanitaria. Echan por borda las recomendaciones de la sana distancia. En algunos departamentos y casas se drogan y alcoholizan. Los vecinos son quienes denuncian.

  Los Bergeron lograron resolver el asunto del primogénito. La policía intervino. Lo canalizó a un centro juvenil de rehabilitación. De no hacerlo, por sus constantes salidas, ponía en riesgo la salud de la familia.

IR me habló por teléfono en los momentos que desayunaba. Quiso conocer mi estado de salud. Por ser empleado de un hospital no puede ausentarse.

—¿Y cómo te sientes? —mi pregunta no tuvo la intención de incomodarlo.

—Lleno de miedo —afirmó sin ocultar su preocupación—. Y no solo yo lo tengo, sino todos los que trabajamos en el hospital…

IR es un hombre de 63 años. Su turno laboral es de las ocho de la mañana a las cuatro de la tarde, de lunes a viernes. Es chef.

Boris, el cubano, sigue enfiestado, pero sin alterar la tranquilidad del vecindario. Imagino que está bien apertrechado de ron y cerveza. Me comentó que durante la primera semana de abril recibirá su primer cheque del Seguro de desempleo. Su renta y comida está garantizada.

—¿Y la familia?

—Muy bien de salud y está tranquila por el aislamiento domiciliario ordenado por el régimen —respondió sin dar visos de angustia—. Por el momento no hay manera de mandar dinero. Las agencias de envío están cerradas y el banco, donde tengo mi cuenta, no ofrece ese servicio…

—¿Y cómo libran sus necesidades de alimento y agua?

—El cubano es muy unido cuando se trata de estas vainas y el régimen hace su parte…

Es virtual nuestro contacto con el mundo exterior. No faltan la energía eléctrica, la calefacción y el agua potable.

El transporte público —autobuses y tren suburbano— aun funciona sin variar los horarios preestablecidos.

Una aplicación en nuestro ordenador móvil de la Société de transport de Montréal nos permite visualizar en tiempo real la ruta del autobús que nos interesa abordar.

Enfrentamos una calamidad de salud pública. El aislamiento es el único recurso viable para no contaminarnos del mortal germen.

Y contrario a lo que se pensara, el director general de  Suicide Action Montréal, Luc Vallerand informó que en los últimos diez días han disminuido considerablemente las llamadas de auxilio de personas con intención de quitarse la vida.

El domingo 5 de abril es el inicio de la Semana santa. Ningún templo católico abrirá sus puertas.

La liturgia obligada, en esta fecha de duelo, tendrá que aplicarse a través de las redes sociales.

Una novela de Émile Zola, de la trilogía Las tres ciudadesParis—, me permite disipar temporalmente mis preocupaciones.

Me angustia imaginar el sufrimiento de las personas vulnerables. Sobre todo, de mis familiares y amigos. Dos hermanos radican en España y ocho en México.

HEMEROTECA: tele24mar20

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