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BRIGADA DE LA UNIDAD

LA MALDICIÓN DE SULUK

Por Everardo Monroy Caracas

inuitLa Fleury es una calle no muy ancha con comercios y viviendas a los costados. Los automóviles y autobuses urbanos circulan en ambos sentidos: de norte a sur y de sur a norte. Se le conoce como Promenade Fleury y pertenece al barrio de Ahuntsic-Cartierville.

En tal asentamiento, al norte de la isla, existe de todo: supermercados, depanneurs, estéticas, restaurantes, templos religiosos, bares…

Los quebequés de prosapia tienen prestancia en esa parte de Montreal. Por lo mismo, Kanut no pasó desapercibido.

Durante la cuarentena provocada por la pandemia, Kanut se hizo inconfundible ante la escasa movilidad humana. Intrigaba a los vecinos su baja figura lánguida y su abundante cabellera negra, atada a la espalda con una cinta azul. Iba arropado con un grueso abrigo de ante color gris y unas botas de piel de caribú, torcidas de los talones por algún defecto al caminar. Su apego al whisky le hinchó su rostro bronceado y cacarizo, como una amorfa piedra pómez. Los ojos —dos pequeños tomates acuosos— apenas los entreabría para indagar si le habían depositado algunas monedas en un cuenco de plástico.

Kanut se decía inuit, nacido en la isla de Baffin.

Los niños blancos y rubios le temían. Siempre tenía la cabeza baja, casi oculta por las largas solapas del sucio abrigo. Y parecía regurgitar cada vez que se llevaba la cantimplora a sus labios ennegrecidos y lastimados por la falta de humedad.

Los empleados y cerillos de un supermercado —aledaño a una tienda de vinos y licores— lo proveían de alimentos.

El aborigen, de las nueve de la mañana a las cuatro de la tarde, acampaba cerca de un establecimiento de la  Société des alcools du Québec o SAQ.

  Solo un anciano del vecindario pudo comunicarse con Kanut.

Monsieur Adrien Marest había vivido en  Nunavut, donde trabajó de maestro y aprendió la lengua Inuktitut. No el habla inuit de Groenlandia, Alaska o el ártico occidental canadiense.

En Nunavut el idioma inuit contaba con su propio alfabeto y entonación. Pertenecía al ártico oriental canadiense, en colindancia con la provincia de Quebec.

Monsieur Marest era el responsable de abastecer de whisky a Kanut, tal vez tan viejo como su protector ocasional. Incluso, le permitió dormir en una camper en desuso, carcomida por el orín y el polvo, y abandonada en la parte trasera de su casa.

Durante las partidas de ajedrez, monsieur Marest —cárdeno y arrugado y con una piocha blanca mal atendida— le comentaba a su inquilino, de sangre mexicana, que el indio inuit le aseguró ser descendiente del jefe Suluk y de quien se avergonzaba.

El miércoles 22 de abril, Amado González dejó de escuchar las palabras del primer ministro de Quebec que brotaban del televisor.

Ya tendría tiempo de confirmar la cantidad de decesos, infectados y hospitalizados del día, a consecuencia del Covid 19.

El relato de su amigo le llamó la atención. Amado tenia sangre raramuri y pocos estaban enterados que su nombre original era Rahui.

Así que François Legault soltó su choro numeral sin alcanzar el subconsciente del par de viejos que jugaban ajedrez en la mesa del comedor de la casona de monsieur Marest. Amado, su ex empleado de la sastrería, le rentaba el basement.

Por el momento, pasaron inadvertidos los 20 mil 965 infectados, mil 134 muertos y mil 276 hospitalizados por el Covid 19 —199 en cuidados intensivos—.  El veterano profesor de secundaria estaba satisfecho por poseer uno de los secretos mejor guardados por su nuevo inquilino: Kanut.

En Ahuntsic-Cartierville solo el veterano profesor de secundaria se enteró que durante el invierno de 1635, los quebequés estuvieron a un tris de desparecer por el hambre y el escorbuto. Los ríos y lagos se habían congelado y escasearon los peces y caribús. Según Kanut, su antecesor de sangre y cultura —el jefe Suluk— llegó a la fortaleza de Trois-Rivières, cerca de la ciudad de Quebec, y se ofreció ayudar a los franceses, sin pedir nada a cambio.

—Que alguien me acompañe —dijo ante el capitán francés, responsable de la guarnición—, yo les proveeré de pescados…

El sacerdote jesuita Paul Le Jeune, en sus memorias intituladas Relation, registró ese encuentro ocurrido el 27 de enero de 1635.

El salvaje —escribió— nos vino a enseñar un secreto guardado por los inuits o algonquinos. (…) A unas veinticinco millas de la gran rivera, frente a nuestra habitación (en Trois-Rivières), el salvaje hizo con su hacha un hoyo en el hielo que cubría las aguas del rio y se puso a pescar”.

Kanut cree que por Suluk, los franceses —ahora quebequés— sometieron a los inuits y destruyeron su hábitat.

La presencia del Covid 19 puso en riesgo la supervivencia de los inuits. Y los contemporáneos de Kanut supusieron que el alma de Suluk pervive en su cuerpo.

Por tal razón, él se vio forzado a abandonar la isla de Baffin. De no exiliarse, lo hubiesen asesinado.

HEMEROTECA: tele21av20

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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