EL AGUA CALLA

Por Everardo Monroy Caracas

imagen 1No existen almas en el edificio 1009 de la rue Concorde, los hechos así lo demostraron. Menos en un viejo inmueble levantado a nombre de los muertos insepultos y bajo el velo del Espíritu Santo que tanto bueno hace para que los solitarios como tú sobrevivan durante la pandemia.

Solo un hecho imprevisto modificó la rutina de cada inquilino: la escases de agua potable.

La tranquilidad cesó.

La cuadra empezó a poblarse de hombres y mujeres empiyamadas, desgreñadas, contaminadas de cólera.

El edificio dejó de ser el sepulcro ideal de los temerosos de la muerte.

El sol inyectó su furia y ningún vecino, antes amable y solidario, quiso compartir las pocas botellas de agua que consiguió en el supermercado.

Todos quedaron atrapados ante la presencia de una sed inminente.

Nadie pensaba que esto sucedería, menos los isleños, que siempre gozaban de la magnificencia de su sagrado rio San Lorenzo.

Y he ahí que a lo largo de la avenida principal, en fila —o eso creíste— marchaba una cauda de personas armadas con cubetas, garrafones y botellas vacías.

Hydro Quebec anunció que el servicio se reanudaría el domingo.

Y eso no ocurrió.

El martes 5 de mayo la escases de agua era evidente.

Ningún montrealés es previsible. Confía en su autoridad y sus grifos.

Agua, agua, agua, agua…

De boca en boca, de garganta en garganta, de poitrine a poitrine, la palabra retumbaba en los muros y ventanales de los edificios y casas de cara plomiza y balcones de piedra, recalentados por la ira del sol.

Y monsieur Halter, como siempre, remojando la pluma en el tintero para consignar lo ocurrido. Ha decidido permanecer en el claustro, escuchando la Sinfonía tres de Beethoven, desnudo y hambriento. Desde que inició su huelga de hambre en protesta de la vida, perdió la cuenta de los días. Escaso interés le despierta el saber que la pandemia se ha cargado entre el lunes y martes a ciento dieciocho ancianos, cancerosos, diabéticos y obesos y ha contaminado a otros setecientos noventa y cuatro.

Quebec, por lo pronto, en menos de dos meses ha tenido que incinerar a dos mil trescientos noventa y ocho mortales y aislado, como leprosos, a treinta y tres mil cuatrocientos diecisiete infectados. Mil ochocientos noventa y uno, aun aúllan de dolor en los hospitales, y doscientos dieciocho, solo respiran con ayuda de una máquina.  

Ni una explicación decente, de boca de la autoridad, sobre la resaca provocada por algún desperfecto mecánico.

De poco importa que bajo el pavimento y las duelas circulen cuatro mil trescientos kilómetros de tubería que alimentan de agua potable a dos o tres millones de montrealenses. O que ese mismo liquido sea clorado en las plantas submarinas de Atwater, Charles-J.-Des Baillets, Lachine, Sainte-Anne-de-Bellevue, Pierrefonds, Dorval y Pointe-Claire, .

La cruel realidad se palpaba en el fregadero, en la sala del baño, en el traspatio…

Ninguna llave de paso respondía a la demanda del usuario.

De ahí la furia, la protesta callejera, el rechazo al confinamiento. Ni los niños querían permanecer en su pecera sin agua, boqueando por la sed.

Ni los zanates o pichones alteraban el cielo. Ni los bichos de siempre que tanto ruido hacen en los arces y fresnos. Ni las cucarachas, tan prontas al silencio, salieron de sus escondrijos para pisotear la harina, el frijol y los panques con mermelada de fresa.

La parsimonia de monsieur Halter es contagiosa dentro de su hábitat.

El Covid 19 perdió sentido desde que el refrigerador se quedó seco y el grifo de la cocina dejó de alimentarlo de agua.

Todo se le facilitó.

El ayuno pasó a su siguiente fase. La falta de nutrientes adormecieron sus músculos y coyunturas y una agradable somnolencia empezó a relajarlo.

El sonetillo podría quedar inconcluso, de no avanzar.

Agua viva:

sangre despierta,

sombra alerta,

lava y saliva.

Liquido incierto

hilillo ciego

con sed del lego

enrolla al muerto.

Brebaje oscuro,

tinta nocturna,

polvo y cloruro.

Luz taciturna,

rulo seguro

en gota diurna.

VIDEOTECA: Morir de miedo – AA VV

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