QUE LA PAZ ESTE CONTIGO

Por Everardo Monroy Caracas

violenciaTodo espíritu profundo necesita una máscara.

Friedrich Nietzsche/Mas allá del bien y el mal

La decisión tuvo consenso: Abdul estaría sedado mientras durara la cuarentena. Ecrim lo sugirió con un solo propósito: sobrevivir ante los arranques de cólera de su marido.

Mustafa y Elif conocían la perdida de cordura de su padre. Con cualquier pretexto golpeaba con una vara a su madre. Incluso, tambien ellos experimentaban la dureza de sus castigos.

En Malasia eran permitidas las salvajes reprimendas del hombre a la mujer. Los juristas islámicos así lo recomendaban. No discernían sobre la causa, sino centraban el código islámico a tres reglas correctivas: exhorto con palabras, privación sexual y golpes corporales.

En la mezquita de Hochelaga, el imán Yusuf  era cuidadoso en sus ordenanzas dominicales. Estaba consciente del entorno social que predominaba en su iglesia. Los castigos de honor eran actos criminales en Canada. Y el autor de aplicarlos terminaba en prisión.

Ecrim se atrevió a denunciar a su marido ante Burcu, la esposa del almuédano, el encargado dar el servicio de oración a los enfermos por teléfono o videollamada.

—Es muy violento con nosotras, hermana y gasta nuestro dinero en el casino. Los niños le temen cuando está ebrio y hasta han perdido su tranquilidad.

El imán, enterado del asunto, abordó a Abdul a la salida de la mezquita para recordarle el contenido de un versículo del Corán:

—Hermano Abdul tienes que ser más sensato en tu discurrir con la familia. Recuerda, Satanás pretende sembrar entre vosotros la enemistad y el odio valiéndose de los embriagantes y los juegos de apuesta, y aparta del recuerdo de Alá y la oración. ¿Acaso no tienes que abstenerte?

Después de exclamar con la cabeza baja el Wa alaykum, Abdul prometió no apartarse de la senda dictada por el Gran Profeta.

Esa misma tarde, el obrero Abdul azotó a su mujer con la vara de membrillo que, antes de emigrar a Quebec, arrancó de un árbol de su huerto en Kuala Lumpur.

—Me desposé con una mujer fiel, no con un loro —repetía Abdul, aun enfundado en suriyah y kafiyyeh.

Sus hijos, de nueve y once años, optaron por recogerse en su habitación ante el temor de ser castigados.

Durante la cena los niños comprobaron que su madre presentaba verdugones en los brazos y manchas de sangre en su shayla.

Por lo mismo, Mustafa y Elif no dudaron en abalar la propuesta de Ecrim de sedar a su padre. Yağmur, la hija mayor del doctor Barış Kılıç, fue quien les proporcionó el medicamento.

Los Kılıç vivían en el mismo edificio, en el departamento 9.

—¿Y por qué no denuncias al torvo de tu marido ante la policía? —cuestionaba Yağmur cuando coincidían en la lavandería del edificio.

—Me ha advertido que de hacerlo me mata y hace lo mismo con mis hijos…

Cuando se declaró la emergencia sanitaria a consecuencia de la pandemia, cerró la fábrica de telas donde laboraba Abdul. Lo mismo ocurrió con los colegios y pequeños comercios. Yağmur, que no era seguidora del Islam sino del Nuevo Testamento, le sugirió a Ecrim medicar a su marido durante el tiempo que durara el encierro.

—Trabajo en una farmacia —le dijo— y me será fácil conseguirte algún tranquilizante eficaz… Mientras lo tome, pasará mas horas en la cama que en el televisor y bebiendo ron o cerveza.

 El único problema que enfrentarían, de materializarse el plan, era el impedir que Savaş —el mucríe de la mezquita y vecino del departamento 31— tuviera contacto telefónico con Abdul.

Savaş era el responsable confirmar si el obrero y su familia guardaban el debido confinamiento para evitar afectar la salud de otras familias musulmanas.

El pase de lista ocurría cada martes. De paso, le daba un breve reporte sobre el numero de decesos e infectados en la provincia por el Covid 19.

Yağmur nuevamente sacó del apuro a su afligida vecina. Le entregó una ordenanza medica con la firma de su padre, donde se aseguraba que Abdul había sufrido un leve desgarre en la garganta al comer pescado frito. Un hueso fue el responsable del estropicio.

Ecrim se lo hizo saber al mucríe y de así requerirlo le enviaría una copia del documento. No hubo necesidad.

El martes 12 de mayo, Savaş les informó que en menos de un día, fallecieron 118 personas en Quebec. Y aun investigaban si había musulmanes entre las víctimas. Por otra parte, 756 se infectaron en el mismo lapso.

El balance general, desde el inicio de la pandemia al reporte del martes fue: tres mil 31 decesos, 39 mil 225 infectados, mil 841 hospitalizados y 126 en cuidados intensivos.

Y antes de despedirse, el mucríe le reveló a Ecrim:

—Uno de los doctores de la mezquita posiblemente los visite la próxima semana para checar la garganta del hermano Abdul… Y no se preocupen por el otorrinolaringólogo. Tiene el equipo de protección recomendado y no existe riego de afectar la salud de la familia…  Salam aleikum, hermana.

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