UNA FAMILIA DE TANTAS

Por Everardo Monroy Caracas

abstracto-mujeres-rostros-wallpaper-previewLos inquilinos del 34 armaron una tremolina por un asunto doméstico. Se trataba de una pareja sexagenaria con una nieta heroinómana. La chica golpeó al abuelo.

La policía tuvo que intervenir. Los hechos sucedieron entre las dos y tres de la mañana.

En esos momentos, 82 cadáveres consumidos por el Covid terminaron en los hornos crematorios.

Y setecientos veinte nuevos infectados, acrecentaron la lista del horror. Mil 504 fueron hospitalizados y 176 entubados en terapia intensiva.

Un jueves, 21 de mayo, fúnebre.

La lepa no respetaba el confinamiento.

Primero, por tratarse de un asunto de farmacodependencia, la abuela solicitó el apoyo del Ministerio de Salud, pero la remitieron con la policía metropolitana.

El conserje, domesticado por las circunstancias y el temor, prefirió no intervenir. La chica no solo era problemática, sino peligrosa. Un dealer del barrio adyacente, el Côte-des-Neiges, había amenazado de muerte a su hijo, un modesto repartidor de pizzas.

Archivaldo Ornelas —mexicano-canadiense, inquilino del 18 y agente de seguridad privada—, habló con la muchacha. Lo hizo el domingo, tras confirmar que el jamaiquino Josué X cambió un juego de herramientas por tres dosis de heroína.

Las herramientas, metidas en su estuche de piel de cabra, le pertenecían.

—Tengo el video donde apareces sacando la herramienta de la cajuela —le dijo a Yara en el vestíbulo—. Solo quiero que me la devuelvas y todo queda entre nosotros.

—Es mejor que no lo haga —sugirió la joven—, soy menor de edad y lo he ayudado con sus perversidades sexuales.

Era un secreto a voces lo del asunto de la mocosa. Se prostituía por droga.

Y antes de la pandemia era la perfecta acompañante sexual de los solitarios del edificio. Sin importar la edad o el estatus migratorio.

En el barrio de Outremont habitaba gente de bien, muy allegada a su iglesia.

Yara apenas frisaba los dieciséis años, pero no los representaba. La voluptuosidad iba a la par de un coleto sinuoso con cintura avispada, de mulata argelina.

Difícilmente le negaban dinero tras elegir a su víctima. Sus amantes o clientes de ocasión del edificio, tras intimidar pagaban las consecuencias. Estaban obligados a apergollar —o guardar silencio— en caso de perder algún objeto de valor o ser chantajeados.

Todo lo anterior trascendió, el mismo jueves que fue detenida la chamaca.

Yara empinó a los inquilinos de medio edificio. Ni las viejas lesbianas salieron libradas. La mayoría le compró heroína a cambio de sexo. Hasta existían videos de los encuentros de cama.

El gigante mexicano del 18 pudo librarla por su estatus de policía. El dealer le devolvió la herramienta y los videos porno para evitarse problemas.

En el parque Saint-Viateur, reabierto los fines de semana, Yara obtenía la heroína y las jeringuillas donadas por una asociación de vecinos.

La policía descubrió que el representante de la asociación, un tal Guy Boyvinet, era un pederasta que abusaba de las jovencitas heroinómanas.

Ni los abuelos de Yara salieron bien librados.

La abuela, negra como un carbón y alcohólica, llegó a recibir dinero del viudo del 42 por un encuentro íntimo con su nieta. Tal vez por eso no hubo detenciones.

El viejo Peter Marien, ex combatiente en Afganistán, era el padre del director de la oficina forense de Outremont.

HEMEROTECA: De La Literatura Al CineSanchez Noriega Jose Luis –

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