PASTILLAS PARA SOÑAR

Por Everardo Monroy Caracas

vanSoñar, soñar… De no ser así, la soledad cambia de rostro. Nos devora con los ojos abiertos.

Y por lo mismo, no dudé en hacer la llamada telefónica.

—Dos frascos, pero de los pequeños —pedí después de una larga espera.

—Le recomiendo el frasco de sesenta y dos píldoras, señor Natel. El desconfinamiento se alargará un par de meses… En cualquier momento la empresa cierra…

—No —insistí—, dos de quince píldoras… Soñar en exceso empobrece a la realidad… Y la realidad es la que me interesa, señorita…

—Como guste… —aceptó con desgano—. Dígame los números de su tarjeta y la dirección… En menos de dos horas las recibe. Y no se preocupe, nuestro personal de reparto va bien protegido… La pandemia no es un juego…

—Por lo pronto, está matando nuestros sueños…—concluí sin ocultar mi pesadumbre.

—Imagínese, no solo eso, hoy sábado (23 de mayo) despertamos con 75 nuevos decesos y 697 infectados del virus del Covid 19. Ya alcanzamos los tres mil 940 muertos y 46 mil 838 contaminados…

—Prefiero el Libersum al televisor —dije con desaliento—, así recupero un poco mis recuerdos perdidos…

Ahora que Marcelo Ortega, el vecino del 16, terminó entubado en un respiradero mecánico —el número 167 de Quebec—, recordé sus últimas palabras. Los bomberos tuvieron que tumbar la puerta de su departamento para auxiliarlo:

—Pide las pastillas, Greg  —me dijo desfalleciente por teléfono—, no te vas a arrepentir. Me acabo de tragar una antes de que me internen… Anoche recuperé un pedacito de Huaya…

Hoy quise saber de él y la respuesta de la recepcionista me cortó el habla:

—No puedo darle esa información, señor —dijo la muy mierda—, hay mil 452 hospitalizados y los médicos no andan preguntado nombres, sino salvando vidas… ¿Es usted su pariente?

—No, solo amigo…

—Entonces hable con su familia…

—No tiene, señorita, vive solo como yo y es jubilado…

—Ni como ayudarlo, señor…Si es creyente, ore por él… Buenas tardes…

Suka —fue todo lo que se me ocurrió decir en ruso antes de interrumpir la llamada.

 La pequeña píldora verde no solo me permitiría soñar, sino relajarme. El asunto de la pandemia tenía loca a la población. Pocos dormían de noche. Lo confirmaba por la cantidad de destellos azulados que titilaban en los ventanales del edificio contiguo.

En Montreal, cada viernes y sábado es de insomnio y bohemia. Desde mediados de marzo, la escena se repite de lunes a lunes. De ahí que la venta de bebidas alcohólicas y marihuana no fuera limitada por el gobierno.

Marcelo odiaba emborracharse o drogarse, según me confió. Su único esparcimiento —si así podría llamársele— era el solicitar los servicios de masaje a domicilio con un détente manuelle.

La infidelidad de su segunda esposa lo marcó de por vida. Tres masajistas rusas se alternaban para darle el servicio dos veces al mes. Tal vez, en estos momentos, soñaba con la menos decente.

Mis aspiraciones eran otras.

El frasco de píldoras para soñar me aguarda en el buró junto a un vaso de cerveza. Antes de echarme en la cama desempolvé algunas fotografías de Eréndira. Es la pasión de mi vida, desde el instante que nos cruzamos en el corredor del mesón de su tía, entonces mi amante ocasional. Lloraba e iba semidesnuda. Acababa de ducharse.

Sin pedir su consentimiento, logré hurtar varias fotografías de su álbum personal. En alguna aparecía desnuda, tirada en el lecho y con las piernas abiertas, como alas del pecado.

Tal vez el responsable de maniobrar la cámara fue el autor del soneto que aparece en el reverso:

Eréndira:

SIN REMORDIMIENTOS…

La tentación no está lejos

solo entrecierra los ojos;

y encontrarás sus trebejos

sobre una cama de abrojos.

 

Es el fuego de la entraña

que atolondra la memoria;

es como inyectar cizaña

en fase eyaculatoria.

 

Lo importante es no ceder

mientras rechinen los dientes

entre gemir y lamer.

 

Los besos son emergentes

a la hora de coger

en posturas indecentes.

San Juan, 14 Juin 199…

El Libersum haría su parte y gozoso me preparo para meterme en la cama de esa mujer que en Puerto Rico era ajena a mi existencia.

Han trascurrido veinte años y sigue sin envejecer…

HEMEROTECA: Vincent Van De Seresin Reynold Eliane -Gogh

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