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Vejestorias de la pandemia

LOS BÁRCENAS

vejestoriasViernes 5 de junio.

Y de repente todo se volvió un espectáculo.

La gente dejó de guarecerse y llenó las calles de basura y saliva.

Montreal renació bajo la resolana de un sol oculto, pero no limitado para desparramar con libertad su poder calorífico.

Los Bárcena, desde principios de marzo, habían permanecido en su escondrijo del edificio 10109 de la rue Beaube.

Jaime, Lena y Macrina, después de la muerte del abuelo —ocurrida el sábado 29 de febrero— optaron por enclaustrarse.

El asunto fue doloroso, porque al recibir las cenizas de Jalife, el médico familiar les sugirió deshacerse de ellas lo antes posible.

—Quédense con la idea de que sigue vive y aún se encuentra en la Habana.

El viernes 5 de junio, conforme lo planeado, Lena fue la responsable de esparcir las cenizas del abuelo en las aguas del rio Saint-Lawrence.

Lena era dura de carácter, como su madre —india aymara—, a pesar de ser de carnes gruesas, rostro pedregoso y ojos oblicuos, muy negros; nariz ancha y labios gruesos y amoratados.

Era físicamente la más pequeña de los hermanos, pero la menos timorata.

Jaime, el primogénito, tocaba los timbales en la Orquesta Sinfónica de Montreal. De movimientos amanerados y huesos frágiles, conservaba los rasgos autóctonos de Itzel, la hija no biológica de Jalife Bárcena: argentino irreverente que durante su juventud abandonó Buenos Aires para internarse en los confines nevados de Quebec.

Macrina era una soñadora. Desde los 23 años inició su periplo en distintos consultorios de cirugía estética de México y Colombia. Su mayor anhelo era parecerse a la actriz mexicana Salma Hayek.

Macrina aspiraba borrar de su cara y cuerpo cualquier vestigio aymara. Su mayor fijación era ser modelo de pasarela o stripper en los centros nocturnos de Tokio, Hong Kong o Seúl.

La primer lipoescultura la catapultó a otros cambios físicos radicales, a pesar de su baja estatura. Se agrandó el trasero y los senos de 32-b a 36-c. Lo mismo ocurrió con su rostro, redondo y tosco. En menos de tres años, por los cambios estéticos, dejó de ser reconocida por el abuelo y sus hermanos.

El abuelo, después de desposarse su hija Itzel en Argentina con un boliviano de Cochabamba, no desprotegió a sus nietos.

Itzel nunca le reveló a su nueva pareja que era madre soltera y que sus hijos radicaban en Quebec.

Jalife los crió a pesar de ser producto de relaciones fallidas con distintos aymaras radicados Montreal.

Y ellos siempre se lo agradecieron, pero al cumplir los setenta años terminó en una casa de retiro de ancianos.

Y fue en Cuba, donde Jalife vacacionaba en marzo, donde pescó el virus de Covid.

El mal se lo detectaron al internarse al aeropuerto internacional de Montreal. Y fue internado e intubado en un hospital, donde no superó la neumonía.

La madre de Itzel fue la única esposa del argentino.

Antes de conocerse, la mujer aymara había engendrado a Itzel con un militar boliviano.

La conoció en Buenos Aires. Ixchel laboraba de mesera en un restaurante-bar.

Por correspondencia estuvieron en permanente contacto.

Con el apoyo económico de Jalife volvieron a reencontrarse diez años después en Montreal. Itzel ya era una jovencita poco agraciada, pero alegre de carácter, como su madre.

Itzel de inmediato intimidó con la comunidad boliviana del barrio de la Petite-Italie. En menos de diez años creció la familia Bárcena. Y ninguna de sus tres parejas reconoció legalmente la paternidad de sus hijos.

Tras la muerte de su madre, por un mal hepático —producto del alcoholismo—, Itzel decidió regresar a Buenos Aires.

El pretexto: vender las propiedades de Ixchel en Argentina.

En realidad, huyó por sus deudas al ser adicta a la cocaína. De no hacerlo, ponía en riesgo su vida y la de sus hijos.

Cuando eso ocurrió, Jalife aun laboraba en la industria de la construcción.

Y sin dudarlo, tomó el control paterno de sus nietos hasta el día de su muerte. Les pagó los estudios y mantuvo unidos. Lena era enfermera; Jaime, músico y Macrina, consultora de belleza.

Y dos meses después de ser incinerado, Lena tuvo la encomienda de esparcir las cenizas de Jalife en el rio Saint-Lawrence, dentro del viejo Montreal.

—Cuando muera, no me regresen a Buenos Aires —le sugirió en una ocasión a Lena—, quiero permanecer aquí, en Montreal. Arrojan mis cenizas en las aguas del Saint-Lawrence, donde en un yate le pedí la mano a su abuela.

 Desde el 1 de junio, por decisión del gobierno provincial se relajó el confinamiento. Las calles y parques empezaron a poblarse de personas con cubrebocas.

El viernes, como relataría más tarde Lena, comprobó que la mayoría de peatones exhibía, como un gran espectáculo, sus mascarillas de distintos colores y diseños.

Poco les importaba que en menos de 24 horas hubiesen fallecido 50 quebequés y otros 255 se infectaron del virus de Covid 19.

Por lo tanto, cuatro mil 935, desde el inicio de la Pandemia, murieron y 52 mil 398 enfermaron. De estos, mil 30 tuvieron que ser hospitalizados y 131 conectados a respiradores mecánicos para no morir de asfixia.

HEMEROTECA: Antifa – Mark Bray

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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