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Vejestorias de la pandemia

EL HOMBRE AGRADECIDO

vejestoriasTodo ocurre tan de prisa que poco tiempo tenemos para reflexionarlo.

Preocuparse es el principal deporte del momento.

Las noticias nos obligan a estar alertas. El teléfono portátil y la computadora son instrumentos vitales para no distanciarnos de los familiares y amigos.

Hoy me enteré que nuevamente el Covid hizo de las suyas en Quebec. Mató a 24 personas e infectó a 144. La información fue oficial. Esto ocurrió en menos de 24 horas.

En el pizarrón que cuelga en la sala, junto al refrigerador, anoto las cifras. Entonces me doy cuenta que de finales de febrero al jueves 11 de junio, cinco mil 105 quebequés murieron y 53 mil 485 se infectaron. Los más graves —871— fueron hospitalizados y 114 intubados.

Las malas noticias vuelan.

Y no ocurre lo mismo con las buenas. Tarde me enteré que mi amigo Prudencio Sanjuán ahora es regidor de San Eustaquio, porque el regidor titular pereció por el Covid.

Leoncio Arriaga era un hijo de la chingada. Protegía a delincuentes y traficaba con el dolor humano. Yo perdí a mi única hermana por trabajar de administradora en su hostal para montañistas. Olga escuchó cosas que pagó con su vida. Sobreviví al huir a tiempo.

El ser huérfano impidió que Leoncio Arriaga y sus socios se ensañaran con mis familiares cercanos.

Canada me ha dado todo.

En treinta y seis años he cosechado lo que merezco.

En Montreal, desde el momento que descendí del autobús foráneo, recibí solidaridad y comprensión. El gobierno me cuidó durante el año y medio que duró mi proceso de francesación.

Y fue en el centro comunitario donde conocí a mi esposa, tambien mexicana. No me deslumbró su físico, sino su carácter. Poco se enojaba y siempre procuraba el bienestar de la familia.

Jazmín Zamarripa era zacatecana. Y escribo en tiempo pasado, porque desgraciadamente murió por la diabetes. Afortunadamente nuestros dos hijos eran mayores cuando esto sucedió.

Su ausencia me caló durante un par de años.

Mi hija Raquel, sin consultármelo, se deshizo de todas las fotografías, trastos y ropa que tuviesen relación con su madre.

—Debes reinventarte, padre —me dijo antes de reclamarle—. Ella así nos lo pidió en su lecho de moribunda. Nos insistió: Carmelo tiene derecho a ser feliz. Dejen que rehaga su vida con otra mujer.

Mi hijo Alejandro respaldó la recomendación. Me habló por teléfono desde Los Ángeles, California —donde vende comida rápida al lado de sus suegros— y dijo que su madre ya sabía de mis andanzas amorosas con una de sus mejores amigas.

—Tu sabes cómo era mi madre —evocó con un dejo de tristeza—. Siempre quiso que fueras feliz, aunque lo engañaras con doña Amandita…

Jamás dudé de Jazmín. A pesar de su obesidad —tambien heredada por mis hijos— siempre intentó verse atractiva y alegre. Le gustaba la música grupera, alternar con sus amigas e ir de compras a los Mall.

Nunca faltaron los dólares en casa. Los dos trabajábamos duro. Ella en una nevería, atendiendo a la clientela, y yo en la industria de la construcción. Me hice un profesional de la plomería y electricidad.

Por desgracia, Jazmín falleció antes de obtener su jubilación por vejez. El dinero del seguro de vida lo recibieron nuestros hijos. La casa, por estar a su nombre, fue liberada de la hipoteca. Así se estila en Quebec. Los deudos de sangre no heredan las deudas del titular del adeudo bancario.

La pandemia trastocó la tranquilidad de todos. Mis hijos, por su obesidad viven con pánico. Yo soy una bolsa escurrida rellena de huesos y achaques. Jamás sobrepasé los sesenta kilos. Amanda, tambien de carnes magras, ironizaba con mi matrimonio.

—Como le haces para intimidar —reiteraba al meterse media botella de whisky en la barriga—. Es mucho jamón para tan poco chorizo

Ahora Amanda sufre las consecuencias del alcoholismo y tabaquismo. Sus pulmones e hígado están por arrastrarla al crematorio.

Ni su marido e hijos quieren informarme de su estado de salud. Los entiendo. Amanda nunca les ocultó nuestra relación.

En Canada las mujeres están empoderadas. Ella siempre se partió el lomo para no depender económicamente de Matías y sus cinco hijos.

Mientras observo la gráfica de los decesos y enfermos por la pandemia, le doy gracias de Dios por haberle evitado a Jazmín tanto dolor físico y  tristeza.

Ya pronto estaré a su lado para pedirle perdón y agradecerle todo lo bueno que le dio a mi vida.

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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