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Vejestorias de la pandemia

RESISTIR…

…y veían también la tierra toda y la ciudad antigua ebria de alegría y de sueños y de primavera, y los silencios encantados de las plazoletas borrachas de luna.

Thomas Wolfe/Del tiempo y el río

vejestoriasAun desconozco el motivo de plantarme frente al ordenador.  Es medianoche.

El edificio sigue rodeado de silencios y ruidos provocados por el viento.

La gente se halla enclaustrada.

Y en la esquina de Saint Jacques, donde antes del 23 de marzo aguardaba la presencia de los niños de suéter colorado y pantalón o falda negra.

—Buenos días, monsieur Almerrrra… —recitaban los escolapios al mirarme con mi paletón de lámina con la palabra Arrêtez y un chaleco naranja fosforescente.

—Almeira —corregía— sin hacer rrrrrr, sino er… suavecito…

La misma aclaración de siempre. Bueno, de lunes a viernes y durante el periodo escolar.

Hoy no puedo decir lo mismo.

El colegio está cerrado por la pandemia.

Saint Jacques reabrirá el martes 1 de septiembre si los contagios ceden.

En Montreal soy un cotorro viejo que habla francés sin conocer sus reglas gramaticales. Lo aprendí en los cursillos exprés regalados por el gobierno provincial.

Mi mujer, nicaragüense como yo, enfrenta el mismo dilema. Por fortuna hay comunidad latina en el barrio. Nos ha sido posible socializar.

Los años pasaron muy rápido. Envejecimos y quedamos al garete, bajo los silencios obligados de una isla poblada de exiliados.

—No puedo permanecer en el departamento sin ser productivo —le dije a Camelia—, odio estar ahuevado contemplando cómo la vejez nos consume…

—Viajemos —sugirió Camelia al día siguiente de recibir el primer depósito de la pensión—. En Estelí nadie nos conoce… Los bochinches quedaron superados…

En Managua éramos respetados, por ser maestros en una primaria regular de Ciudad Sandino.

Todo se descarriló hace cuarenta años al oponernos a las expropiaciones de fincas e inmuebles aplicados por el Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Los dos acordamos emigrar a Canada, sin ser perseguidos o amenazados por el incipiente gobierno sandinista.

Hay recuerdos que lastiman. Atrás quedaron nuestros padres y hermanos. La orfandad arribó sin ser esperada.

—Murió mamá —me informaron una mañana de octubre por teléfono.

Solo pude llorar, lamentar la partida. Eran tiempos de carencias. Camelia y yo trabajábamos sin descanso para cubrir nuestras deudas, alimentarnos, vestir y enviar dinero.

Lo mismo le sucedió a mi esposa. Nuestros dos hijos aun eran muy pequeños.

Mis padres se ausentaron, como le ocurrirá lo mismo a Edén y Lisandra, que ahora son adultos y nada quieren saber de Nicaragua.

La falta de sueño me tiene atornillado en el sillón.

Las dos chelas no resultaron eficientes en la búsqueda del sueño.

Camelia duerme. Tiene el televisor encendido y con el volumen alto. Se ha vuelto muy chillona.

—Si Olguita se nos adelantó  —le aclaré hace cuatro días— no significa que la muerte esté cerca, tranquilízate…

—Es un aviso —contestó ella sin soltar el rosario y de rodillas ante el cuadro de la Virgen de la Inmaculada Concepción.

La miro con profunda melancolía. Está muy delgada y ha dejado de usar su prótesis dental. No me gusta que esté chintana y pase por alto el baño.

Soy quien tiene ordenado el departamento y preparo los alimentos. Ella es un año mayor que yo, pero el exilio, la maternidad y el trabajo en la fábrica la golpearon con dureza.

Este domingo —14 de junio— solo han fallecido 27 personas en Quebec por el virus del Covid.

Y, de acuerdo al gobierno, 127 se han infectado en las últimas veinticuatro horas.

 La información la recibo con cierta reticencia, porque los empresarios presionan para que se reabran sus negocios. El desempleo ya alcanzó a más de un millón de quebequés.

Hasta el momento, de los nueve millones de habitantes, cinco mil 222 han muerto por el Coronavirus.

De los 53 mil 952 infectados, solo 684 están hospitalizados y 85 entubados a respiradores mecánicos.

Los viejos somos los más afectados.

Debo resistir.

Mi nuera está a punto de ser madre por segunda ocasión y quiero conocer a mi nieto.

Le prometí a Edén que iré en diciembre con su madre a Vancouver.

Es posible que Lisandra y su marido estén presentes. Todo depende del comportamiento de la pandemia en Tokio.

Debo ser prudente y no embolarme en estos momentos…

HEMEROTECA: te23ju20

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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