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Vejestorias de la pandemia

LA CARA DEL ESPEJO

La luna es el espejo del tiempo.

Jorge Luis Borges

vejestorias¿Qué ocurre cuando escuchas tu voz y estás solo?

Tal vez le pongas poca atención al tipo cachetón de corbata rosada y pelo aplastado y brillante que no para de hablar en el televisor.

Mueves la boca y tuerces el labio superior, perceptible al despojarte del bigote de aguacero que siempre tiñes de negro para no envejecer.

—Solo 20 fallecidos y hago extensivo el pésame a sus familiares… Una oración a ellos…

En una franja roja con letras blancas es posible  leer que, en Quebec, han muerto cinco mil 242 personas y 50 mil 54 están infectados de Coronavirus.

Los médicos y enfermeras no tuvieron descanso el fin de semana. Y los imaginas agotados, conmovidos hasta el tuétano, al ver a sus pacientes —771 en esta ocasión— luchando para sobrevivir. 82 permanecen en salas de cuidados intensivos, enchufados a máquinas de oxigenación.

Lunes 15 de junio.

El arroz blanco, salado con salsa de soya, sigue intacto en el plato.

—Aun no abras el frasco —te ordenas y lo regresas al refrigerador.

La leyenda pegada en el vidrio te lo recuerda. El sábado envasaste el vinagre con las especies, chiles serranos y trozos de cebolla y zanahoria.

Tu madre siempre te recordó que después de cinco días podías comer el contenido.

—Un año duran sin descomponerse —te dijo la primera vez que la ayudaste a preparar los chiles en vinagre—. El secreto está en hervir los frascos y meter las verduras al vacío…

Tiene setenta y tres años. La evocas. Y no a tu padre, un excelente ebanista y herrero.

Cuando recorres la habitación es posible cruzarte con la otra persona muy parecida a ti: enorme, peludo, narigón, seco de carnes, frente estrecha, cara triangular, sombría, y orejas de buñuelo.

Tus ojos han perdido el color de la grama, son más oscuros y sin reflejo.

El día que murió tu madre tuviste la oportunidad de observarla detenidamente. Nunca le soltaste las manos. Te diste cuenta de su muerte cuando en sus pupilas lograste reflejarte.

Durante seis o siete horas permaneciste en su cama, recostado a su lado. Nunca se lo comentaste a Tania, menos a tus hijos y hermanos.

Mercedes vivía sola en la rue Longue al lado de dos gatos y un perro chihuahua.

Un día antes de morir envenenó a sus mascotas. Ella creía que la guiarían por el camino correcto para llegar al Paraíso.

—Si nuestros nietos o las nuevas generaciones aprendieran los secretos de la encurtiduría se acabaría el hambre —reflexionaba tu madre cada vez que ayudabas en la cocina—. Es criminal echar a la basura tantas verduras y frutas que no se venden en los supermercados…

No estaba tan equivocada.

En algunas ocasiones llegaste a planear instalar una agroindustria casera especializada en el envasado de verduras.

En la mueblería donde laboraste treinta y dos años se lo hacías saber a tus compañeros. Algunos llegaron a interesarse, pero nunca materializaste tus dichos.

Lo único que obtuviste fue el apodo de Avinagrado.

Por tu carácter agrio y la cara de pocos amigos el sobrenombre se arraigó entre el personal de la empresa.

Hasta la propietaria, madame Giselle Gillam te decía, sin perder el estilo, monsieur Le Vinaigre.

Nunca protestaste. En varias ocasiones pensaste utilizar la permetrina que recuperaste al fallecer tu madre.

Un poco en el agua del garrafón te permitiría acabar con los ácaros parlantes que tanto aborrecías.

Tania te pidió solicitar por teléfono dos raciones de comida china —arroz frito con camarones— y lavar la ropa de cama.

Todas las tardes, de cuatro a doce de la noche, Tania cuidaba a dos niños de un departamento cercano. Sus padres trabajaban en el área de intendencia de un hospital polaco.

—Y así voy salir, aunque se burlen —repetías con el mismo tono de voz de tu madre al escuchar los zumbidos del timbre—. Rigoberto que se vaya al carajo por desguevado y Avinagrado…

No eras el mismo cada vez que te veías en el espejo de luna.

El maquillaje y la peluca lograron transformarte y envalentonarte.

La falda rosa y el blusón guinda de Mercedes resaltaban la flaccidez de tus brazos y piernas. No te importó. La felicidad te embargaba.

 Madre-madre o hijo-madre…

—Seguro que el chino del Ling Food se pondrá cachondo cuando lo haga pasar y le invite un tazón con verduras encurtidas y jamón ahumado…

El comentarista del televisor, muy boquiflojo, insistía en sugerir el uso del cubrebocas cuando se abordara el transporte público.

—Protéjase y proteja a su familia…

VIDEOTECA:

HEMEROTECA: Psicosis – Robert Bloch

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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