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Vejestorias de la pandemia

PASEO POR LAS NUBES

vejestoriasEl subconsciente es una especie de llave maestra que abre la puerta del instinto.

Es algo sorprendente.

Hoy, por ejemplo, hice un largo paseo por el viejo Montreal y saludé a mi madre.

No es la mujer que conocí a mis sesenta años: una pasa marchita, furibunda y malhablada.

Por el contrario, era una dama de cara deslavada, sin macula de tintura, y en la cabeza usaba un sombrero de ala ancha con una rosa blanca insertada en la copa.

El abrigo de franela algo cobrizo continuaba en el perchero de entrada.

El encuentro se realizó en una habitación del Hotel Hilton, el de la rue Cinema.

—¿Ya llegaste, hijo? —cuestionó al verme y de inmediato agregó con su tonito de diva—: ¿ya te vas?

Y al final terminamos juntos, con su brazo metido en mi antebrazo, recorriendo el atracadero de yates, después de visitar la capilla de Notre-Dame-de-bon-secours.

Me ofreció un diminuto champiñón azul para que lo compartiéramos.

—Me lo regaló la chamana María Sabina —dijo—, muérdelo tu primero…

Lo hice.

De inmediato descubrí que unas pequeñas alas blancas, como de paloma, brotaron de mis talones. Lo mismo le ocurrió a mi madre.

—No te preocupes —susurró sin soltarme el brazo— vamos a volar un poco para ver desde arriba mejor la isla…

Entonces comprendí el porque me insistió en enjaretarme un abrigo invernal antes de recogerla en el hotel.

Y aquí viene lo bueno.

En el recorrido aéreo pude reconocer a otros paseantes con alas en los talones. La mayoría, cercanos y no precisamente familiares.

Me entusiasmé verlos volar, tan anonadados y curioseando algunos recodos  del rio Saint-Lawrence, las techumbres del Centre des Sciences de Montreal, de los Palacios del Congreso y de Justicia, la basílica de Notre-Dame y el Centre Phie.

En silencio no miraban a los otros paseantes. Enfocaban sus ojos hacia las partes bajas.

El verlos aún con vida, ensimismados en su paseo y junto a sus padres, me permitió recordar bellos momentos vividos a su lado.

En uno de mis viajes a la Habana, Luigi N perdió su pasaporte y tuvo que negociar con un empleado del hotel para recuperarlo. La atractiva chica que conoció en el centro nocturno La Tropicana fue quien lo sustrajo.

Mary se llamaba y tenía las caderas del tamaño de un taburete.

—Es tu hermana —me susurró al oído mi madre—, no quiere cambiar…

Luigi era diputado local y contador público. La noche que anunció su próxima boda con Mary, el alcohol lo obligó a cambiar de planes. Su prometida despertó en los brazos de su compadre, quien sería su testigo de bodas.

El aguafiestas fue el primer ministro de Quebec. Su asistente —chiquilla de pelo amarillo y piel de sabana recién lavada— no paraba de retocarle con pintura plateada sus patillas de rocanrolero sesentero.

Colgaba de su costado una mochila escolar —sac de dos— de donde extraía volantes que entregaba a los paseantes aéreos.

Mi madre rechazó la hoja. Yo, por vivir permanentemente en la isla y ser temporada de pandemia, la acepté.

—Cuida tu mente, hijo —recomendó mi madre—, estos políticos saben que con miedo y odio logran controlarnos…

En el volante me enteré que el martes 16 de junio únicamente 27 personas fallecieron y 92 se infectaron por el virus del Covid.

Y que en el saldo general, desde el inicio de la pandemia, cinco mil 269 murieron asfixiados o infartados.

En la provincia, 54 mil 154 enfermaron y de ellos, 718 permanecían hospitalizados y 77 intubados para no morir de asfixia.

Los volantes, al tirarlos los paseantes, asumían la forma de cuervos violáceos de pico azul. Revoloteaban a lo largo y ancho del tradicional rio.

Alex Mora, mi compañero de aventuras periodísticas, algo le comentó a su padre que lo hizo sonreír. Me sorprendió verle los dientes al viejo por primera vez. Por lo regular era un hombre huraño, autoritario y violento con sus hijos.

—Aun vende ropa y tiene una docena de puestos en el mercado central —me chismeó mi madre—. Su esposa, mi comadre, es una santa…

Me extrañó la infidencia. En ambas muertes yo acudí al sepelio. Alex quedó al frente de los negocios antes de que la artritis le carcomiera los huesos.

El exilio nos distanció.

—Debo volver a mi departamento —le dije a mi madre—, recuerda que mi tipo de sangre es A positivo y estoy expuesto a contraer el virus y poner en riesgo mi vida…

—¿Te das cuenta de lo que dices? —cuestionó—. Tu egoísmo es lo que impide que vivamos juntos. Ni siquiera me has preguntado por Dalila, la madre de tus hijos…

En parte tenía razón, pero yo deseaba seguir en Montreal junto a mis hijos y nietos y celebrar mi cumpleaños número setenta y nueve en la Habana.

Ya tendríamos suficiente tiempo para convivir en el país de los muertos.

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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