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Vejestorias de la pandemia

NUESTROS PROPIOS VERDUGOS

vejestoriasHan transcurrido tres meses de aislamiento. La ciudad ya no es la misma. La gente ya no es la misma. Mi familia ya no es la misma. Mis vecinos ya no son los mismos.

Y yo he cambiado. Así lo creo.

Jueves 18 de junio.

Las calles Wellington y Léger tienen la apariencia de un set cinematográfico aun sin ocupar. Ningún extra activo. Sin luces y ventiladores.

Me dirijo al supermercado con la bolsa de hilaza que armó Xiang en sus horas de ocio.

La entiendo.

Sin nuestro hijo cerca es difícil conciliar el sueño.

Anabela no ha podido superar la fiebre.

En la videollamada de ayer nos fue imposible verla o hablar con ella. Nuestra nietecita es adolescente y contrajo el Covid por no acatar las recomendaciones de nuestro hijo Vicent.

En Montevideo la situación sanitaria está controlada. Se han registrado 20 o 25 muertes por el virus. Maravilloso. Sin embargo, nos sorprende que de sus 800 infectados, una sea nuestra Anabela.

—Nunca quiso cuidarse —informó mi nuera hipeando por el llanto—. Es una seguidora de Cabildo Abierto, una organización ultraderechista que se burla de la epidemia…

—Me imagino que solo para llevarle la contraria a Vicent…

—Así es… —confirmó Margaret—, odia tener contacto físico con la gente pobre de Montevideo… Los culpa de todos los males que hay en la tierra.

—Pero sabe que la Fundación tiene el propósito de combatir la miseria en Uruguay… Sin miseria menos enfermedades e inseguridad. Es una Organización No Gubernamental apoyada por gente caritativa de Quebec.

—No lo entiende —se lamentó mi nuera—. Y por asistir a fiestas privadas con sus amigos agarró el Coronavirus. Ahora está en peligro su vida. Y otra cosa, suegro: es adicta al crack

Las palabras de Margaret calan. Tal vez por las preocupaciones todo me parece distinto. Ni siquiera me es soportable aguardar el turno para ingresar al supermercado.

Las doce personas que me anteceden —de pie sobre círculos rojos con suelas impresas en color blanco— parecen zombis con el medio rostro cubierto.

Y se aferran a la pantalla del teléfono portátil.

Odio encontrarme en esta situación, domesticado por la necesidad. Por segundos —segundos, subrayo— pienso en el comportamiento de Anabela. Rebelarse al status quo le satisface.

Por desgracia, su basamento intelectual le impide visualizar los riegos a su salud por apoyar la doctrina racista y autoritaria de la ultraderecha. Tambien expone la vida y seguridad de sus padres y la Fundación.

Le corresponde a Vicent sensibilizarla.

Por ser jueves, el movimiento humano es ascendente en los supermercados.

La tienda Dollarama y el establecimiento de comida rápida, Subway, no han cerrado sus puertas. Tres o cuatro decenas de personas se encuentran formadas en el exterior.

El uso del cubrebocas es obligatorio.

 En mis cerca de cuarenta años de vivir en Montreal, es la primera vez que enfrento una pandemia de tal envergadura.

Durante mi infancia en dos ocasiones fui aislado en mi habitación al enfermar de viruela y tosferina. Me cubrían las ronchas con harina de arroz.

Hoy debo reencontrarme con Leslie en el parque Ahuntsic. Me pidió apoyo económico. Su marido murió el año pasado y el bar cerró por el Covid. Pobre.

—¿Por qué no le pides que se venga a vivir con nosotros? — preguntó Xiang al comentarle el infortunio de Leslie—. Tenemos una recamara vacía…

 Leslie fue mi primera esposa y nunca pudo embarazarse.

Xiang conoce a detalle nuestra relación. Y las dos terminaron siendo amigas.

Emmanuel Gaultier —antiguo compañero de oficina— fue muy injusto con Leslie. Llegó a golpearla cuando estaba ebrio y con problemas de dinero.

Su muerte fue un alivio para Leslie.

El asesino sigue libre.

La mujer que me antecede, en sandalias, short de mezclilla, sin sostén y playera holgada, levanta la voz al hablar por teléfono.

—Si —dice y gira la cabeza para mirarme con sus enorme ojos claros—, ya me hablaron de la clínica… Peter estuvo con la dentista… Si, a las doce diez… 42 muertos y 120 infectados, ese fue el informe que escuché… No, no… solo 65 se encuentran en cuidados intensivos… Ya hablaremos en casa… No, te digo… habló Peter y ninguno de los  637 hospitalizados se apellida Ferro…  Te repito… Okay… Hablamos más tarde…

—Disculpe, mademoiselle  —dije con voz pausada—, escuché las cifras que dio… ¿Se refiere a los efectos de la pandemia?

—Correcto…. —respondió con el semblante de pocos amigos—. Nadie se cuida y mire, en la provincia tenemos 54 mil 383 infectados y cinco mil 340 decesos… Yo trabajo en el Ministerio de la Salud… Y es desalentador comprobar que mucha gente no se cuida y pone en riesgo a sus familiares…

—El mundo está de cabeza —dijo en voz baja sin mirarle los ojos—. Ya nada es igual… Somos nuestros propios verdugos…

VIDEOTECA:

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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