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Vejestorias de la pandemia

LA BUENA NUEVA/Epilogo

vejestoriasSi dejo de pensar en ella, balbucea Moshe, es posible que ya esté muerto.

La conclusión lo horroriza.

Hace un gran esfuerzo por interrumpir el sueño. Titánica tarea.

Dulce, la musa, se lo impide. Su desnudez es absoluta.

No ha terminado de recorrer la senda de lentejuelas y fragancias que le inyectan placer y evocaciones gratas.

Cada letra traza una línea blanca para el reencuentro sexual.

¿Cuantas dunas, selvas y serranías tendremos que quemar para alcanzar la redención?

Es un recuerdo, machaca Moshe Lehmann.

Y sigue vivo mientras ella esté cerca.

Solo evócala y te acariciará las mejillas hasta el instante que despiertes.

Si Dulce existe, prosigue en su pesadilla, la redimo. Es urgente ofrecerle mirra y oro antes de morder la manzana.

Te hundes en lo imposible, pero te reivindicas. Es la amante perfecta en el paraíso del ensueño. 

Dulce, contrario al anciano palestino, sigue alerta con los ojos abiertos, brillantes como dos cuarzos oceánicos y de grandes pestañas onduladas.

La buena nueva está cerca. Algo dentro de Moshe lo hace extensivo.

Un lunes 22 de junio sin muertos, solo 69 infectados de Covid.

Una idea sobre otra. Los propósitos varían. Dulce es vida, placer, ventaja. La otra, horror y dolor. Luto, ausencia.

La burocracia, de donde proviene Moshe, mueve los hilos de la verdad. Ni en su sueño tienen cabida. Ni siquiera Dulce asiste al corredor de lentejuelas.

En los bordes hay zapatillas amontonadas de todos colores. Es el camino que puede conducirlo a su recamara.

Es Montreal la ciudad que lo acoge. No Dulce y su pernicioso modo de incomodarte. La carne y piel, en su cuerpo, provoca sudoraciones.

Y lo del cero decesos suena tan irreal, pero aferra a Moshe al mundo onírico, rico en imágenes y olores gratos.

El ciclo de la pandemia —de no mentir el primer ministro— cierra con cinco mil 417 muertos, tres mil 339 montrealenses.

¿Soledad, Soledad, no te cansas de vivir a mi lado?

Los infectados, como orugas, siguen enconchados. Moshe es uno más, de los 54 mil 825 contabilizados de marzo a la fecha. 27 mil cincuenta y siete le pertenecen a la isla.

Dulce algo quiere enseñarle. Mece la cadera y su cabellera se agita y resbala por su espalda.

Los diabéticos morirían de probarla.

El asunto es llegar a ubicar el lugar donde se produce el reencuentro. Nada le dicen las zapatillas apiladas y el desierto de lentejuelas que titilan.

Mar de estrellas.

La soledad consume el poco aire que aún conserva. La soledad es una estafa mal contada. Nunca habrá soledad mientras sueñes.

Ni siquiera la muerte de Aurora pudo sustraerle el piso. Quedó encadenado a los recuerdos. Le lloró en silencio, sin que sus hijos se unieran a la congoja. Fue algo muy personal. Si amas y eres feliz, ahorra lágrimas.

  Ni el espejo confirma su presencia. Soledad absoluta. Cadena liberada.

Dulce pudo reinventarlo en su pesadilla. La pandemia llenó de gente su aislamiento. La conciencia dictó sus leyes y las pobló de rostros intransigentes.

Esposa, hijos, padres, parientes, amigos, novias, amantes… Desfilan haciendo ruido con la boca y los talones.

Moshe dividió su paso por la tierra en siete ciclos de diez años, pero el último incompleto.

Dulce huele a madera selvática. Su cuerpo desnudo deja su estela de jazmín, sándalo, lavanda, jengibre, almizcle…

Moshe corre el riesgo de enloquecer…

El deseo carnal lo hace levitar, lanzar fuego por los poros…

Su sangre hierve, su respiración se agita…

El recorrido continúa. Mientras persigue su sueño, arroja a su paso la vestimenta de lino y lana y queda desnudo.

Tras él yacen el caftán de lana cruda, el ephod bordado con hilos de oro y seda y las sandalias de carnero…

 El hombre se niega a alterar un hecho que repite desde el primer encuentro con Dulce en Tel Aviv. La joven ya era madre. Su lengua, posiblemente sefardita, la alejaba de su entorno de palmeras y bromelias de un rojo sangre.

La pasión impide idiotizarse. El riesgo es cuando te esclavizas o enloqueces.

Moshe, como viejo burócrata, estaba al tanto de los riegos.

Era un maestro en incursionar en el hades de la concupiscencia.

Si las expectoraciones cesaran, repetía mentalmente, tendría suficiente tiempo para filosofar a sus anchas.

La buena nueva era que la fiebre le acortaría la marcha.

Moshe estaba consciente que la joven hebrea cedería de llegar a tocarla. Ignoraba, hasta ese momento, que ella amaba a un joven palestino de la región de Gaza.

 La tristeza será superada. Es la melancolía de la quimera.

Y la alegría poco a poco tendrá a desvanecerse. Entonces, el pesar de la desilusión inyectará el veneno de las desmemoria. Nada es duradero.

La fiebre y los graznidos que salen de su pecho, provocan a la joven.

Y la danza de Los siete velos es su última ofrenda.

VIDEOTECA:

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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