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Mentiras para sonar

NO ME PREGUNTES…

mentirasEs verdad lo que voy a contarte. Y sucedió en Ciudad Juárez.

No me preguntes la fecha. Sabes que es intemporal mi paso por la tierra.

Uno vive razonando mentiras para cosechar verdades.

El olvido es muerte.

Y no importa que las bestias hagan de la muerte su tierra de promisión.

La vid salvó a los nobles del pecado. Hoy están prófugos del vientre materno.

El vino suplió el dulce brebaje de la vida, camarada Pierre.

Bebamos pues y escucha esto que te voy a contar.

El escritor Carlos Montemayor dio una conferencia magistral en la Universidad de Ciudad Juárez. No soltó tomas de nota de escritores extranjeros u ocurrencias de filósofos griegos. Habló de la guerrilla rural de los sesenta en México.

En ese entonces, él trabajaba en la elaboración de un libro sobre el tema.

Pulcro, lampiño, de lentes bifocales y un saco tweed oscuro, Montemayor era de hablar pausado, de pedagogo.

El jefe de información X me ordenó que buscara una entrevista con el sociólogo y lingüista.

Tuve que mamarme todo el ilustre monólogo del chihuahuense frente al centenar de estudiantes y colados.

Después, lo busqué en el estacionamiento donde lo aguardaba un taxi.

—Vengo del periódico X, maestro Montemayor —dije al abordarlo y de inmediato pregunté, grabadora en mano—. ¿Es posible que me conceda una entrevista?

—Claro, sin ningún problema, en hora y media nos encontramos en el bar del hotel X —confirmó de buen talante y se trepó al taxi.

Hablé por teléfono con el jefe de información y solicité su venia para pagar la nota de consumo del escritor con residencia en la Ciudad de México.

X lo consultó con el director editorial. Luz verde. No hubo ningún contratiempo.

Montemayor fue puntual a la cita. Había leído su libro Guerra del paraíso, que trata la vida y obra del maestro guerrillero Lucio Cabañas Barrientos.

En el estado de Guerrero, durante en las décadas de los sesenta y setenta,  hubo una revuelta armada.

Cabañas, tras la matanza de Atoyac —ocurrida en mayo de 1967—, impulsó la creación del Partido de los Pobres y la Brigada Campesina de Ajusticiamiento.

En 1974 fue ejecutado por militares en una emboscada.

El libro de Montemayor hizo una minuciosa recreación de la persecución y muerte del mítico guerrillero rural.

Y el día de nuestro encuentro, Montemayor trabajaba en la elaboración del libro Las armas del alba que, en el 2003, circularía en bibliotecas y librerías.

En ese largo ensayo novelado reconstruyó la presencia de la guerrilla rural en Chihuahua.

Durante la entrevista habló de los asuntos domésticos de Ciudad Juárez: feminicidios, elecciones, pobreza y corrupción policiaca.

Y después de seis raciones de whisky, de su parte, y tres tarros de cerveza, de la mia, sugerí que utilizara las redes sociales para impulsar su obra.

Terminamos en franca camarería y acordamos reencontrarnos el mismo día, a las diez de la noche.

Le interesó ver mi trabajo antes de ser publicado.

Medio ebrio me retiré del bar.

En mi departamento hice la transcripción de la entrevista. La envié al periódico, por Internet, cerca de las nueve de la noche

El jefe de redacción X dio el visto bueno. Se publicaría tal cual.

No necesitaba utilizar transporte público para desplazarme del departamento al hotel.

Durante la cena bebí otro par de cervezas de lata.

Ya achispado y con una copia impresa de la entrevista en el morral ingresé al bar del hotel.

En esta ocasión, Montemayor echó por borda la puntualidad.

En una mesa rinconera continúe hinchándome de cebada fermentada.

Hora y media después, molesto, me retiré del bar.

Durante el recorrido del hotel al departamento hice una parada. Y fue en una tienda Oxxo. Un six de cervezas aplacarían el enojo y el prurito de alcohol.

Deseché trabajar al día siguiente.

En el instante que vaciaba la segunda lata de pisto, recibí una llamada telefónica. Era el reportero de guardia X.

—Te buscó el maestro Montemayor para disculparse —dijo—, pero pidió que le hablarás por teléfono al hotel. Su habitación es la catorce.

Y Aproveché el momento para adelantarle a X que no me presentaría al periódico.

—Para que no te descuenten, manito —sugirió X— mánda un par de notas de tus fuentes. Puedes reportearlas por teléfono, manito

De inmediato busqué a Montemayor. La recepcionista, sin preguntar mi nombre, aseguró que el escritor no se encontraba en su cuarto.

—¿Puede decirme su nombre, señor? —demandó la mujer—. Cuando llegue le entregamos su recado.

—Gabriel García Márquez…

—¿En serio?

—Es la verdad, señorita, estoy a su servicio —proseguí la broma.

—No me lo va a creer, acabo de terminar Cien años de soledad…

—Obra menor —dije—, pero bueno, de algo hay que vivir…

—Me gustaría conocerlo en persona, señor García Márquez para que me dedique una de sus obras…

Y ya acicalado por el alcohol lancé el dardo, sin dimensionar las posibles consecuencias.

—Hoy mismo, si le interesa —ofrecí—, porque salgo a Venecia en seis horas…

Una hora después nos encontramos en un restaurante bar de la avenida Juárez. Y para ubicar mi presencia le dije que llevaría tres o cuatro novelas de mi autoría para regalárselas.

Me vi obligado a ponerme guapo, o eso creí: me arreglé la melena, el bigote y la barba, entonces entrecana.

Utilizaría para la cita el único traje de mi pertenencia, necesaria en los eventos especiales. Para intentar verme algo jovial, iría de tenis y sin corbata.

La recepcionista no tuvo dificultad en ubicarme. Los cinco volúmenes amontonados en la mesa guiaron sus pasos. Portaba aun el uniforme del hotel —un saco sport azul marino con el logotipo de la empresa—, blusa y falda blanca y zapatillas negras.  Calculé que tendría entre treinta y cinco a cuarenta años.

Por la palidez y lo marcado de las ojeras deduje su falta de nutrientes y sueño.

Tal vez pongas en duda lo que te diga, camarada. Mi aspecto dejó de ser el de entonces.

La calle y el alcohol me tienen frito.

Montreal no es el hábitat deseado para un inmigrante sin papeles. Pero no miento. Y perdona que no hable tu lengua, camarada Pierre. El hecho que comulguemos con whisky y que tus chakras carguen una buena ración de energía divina, has sido alcanzado por el Espíritu Santo. Estoy seguro que descifras mis palabras…

Tenemos comunicación.

Lucrecia. Si, Lucrecia era su nombre.

Después de escuchar mis tonterías —alimentadas por frases recurrentes sustraídas de libros y periódicos sobre el escritor colombiano— aceptó acompañarme al departamento.

—Un poco de distracción me hará bien —dijo con una sonrisa de complicidad y mirada achispada—. Y no te preocupes por lo que suceda, nadie me espera en casa… Soy divorciada y debo confesarte que me aburren los libros de García Márquez.

HEMEROTECA: PRO5JUI20

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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