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El relincho del miedo

UN ADIOS EN GUAYAQUIL

Ana Cristina Navarro:

¿Qué le gustaría mirar desde un agujerito sin ser visto?

Gabriel García Márquez:

La vida desde la muerte

relincho del miedo portadaLos años tienden agrietar la piel y desteñir los cabellos.

El olor rancio de la vejez apenas es difícil disimular.

El glaucoma empantana el iris y convierte los ojos en lagunas de sangre.

No hay retroceso.

No importa si la tierra es prisionera de la mar o si los lagos, prisioneros de la tierra.

La muerte es ineludible desde el primer suspiro.

Es mejor el instinto que la racionalidad, porque el entendimiento del corazón es mejor que el entendimiento de la mente.

¿Por qué el hombre pierde la brújula de su existencia cuando juguetea en el umbral de la vida?

La senectud intenta rejuvenecer con los recuerdos. Hace del sueño su mejor transporte hacia el pasado. Parientes y amigos vuelven a reencontrarse en cualquier terruño montañoso o playa sembrada de fósiles marinos.

Tieta podía insistir sin entregarse plenamente. Ensuncho aun dormía. Su arrugado pecho regurgitaba, arenado y seco.

Fue cauta.

La habitación seguía intacta, sin el televisor encendido, y las cortinas corridas para evitar los avistamientos de la luz diurna.

“Quiero olvidarme del tiempo”, clamó Ensuncho antes de desnudarse.

Tieta desconfiaba de Ensuncho, después de la entrevista con su médico y de degustar en el restaurante Ala Brava, el de la avenida Brasil. Seguían presentes los sabores de las alitas adobadas de pollo y de la chicha de jora, aderezada con pimienta dulce y clavo de olor.

Todo ahora era distinto.

Los dos yacían en el hotel San Francisco, frente al restaurant elegido por Ensuncho. Sin cruzar palabras.

Las anotaciones sobre la vejez y la muerte eran una advertencia. Ella prefirió ignorarlas. Estaba acostumbrada a sus quejumbres, depresión y arrebatos de cólera.

¿Por qué seguir en Quito, cuando tenían el chalet de Guayaquil cerca del rio Guayas y ante la imponente isla Santay con sus manglares y guasmos?

No lo entendía.

La decrepitud empieza con los sueños perdidos y los amaneceres despiertos.

Vivir odiando y amar, pagando.

Maniaco, su mayor divisa.

Pocos pueden aceptar las miserias pasadas y el deterioro moral presente.

Tieta no era una beldad, pero tenía lo suyo. Llamaba la atención al paso por la calle y junto al vejestorio que la acompañaba. Los del barrio de la Armada la compadecían, pero pocos imaginaban que había aprendido a amarlo.

Ensuncho fue su maestro de francés durante sus dos años de bachillerato.

Las dolencias de huesos y piernas, producto de la humedad –o eso imaginaban—los obligó a viajar a Quito.

El doctor Estrada lo mantuvo cautivo cinco horas contiguas sin probar alimento. Lo liberó hasta estar seguro del diagnóstico.

“¿Todo bien, amor?”.

“Estamos los dos y es lo importante”, fue su respuesta.

Por prudencia, Tieta venció su curiosidad y preocupación.

“Nuestro vuelo es en hora y media”, recordó mientras avanzaban hacia la salida de la clínica.

“Olvídalo, hoy dormiremos aquí y en el hotel San Francisco que tantos buenos recuerdos me traen”.

“Y mira quien lo dice”, murmuró Tieta y entrecerró los ojos.

La marca de su aliento frugal acicalaba sus deseos uterinos.

Tieta fue desflorada en la misma habitación donde ahora reposaban. No por Ensuncho, se aclara.

Tres meses después, el doctor Estrada practicó el aborto. Ensuncho cubrió los gastos y asumió la responsabilidad del embarazo ante fa-miliares y conocidos.

El despido laboral fue inminente, como la boda civil y religiosa.

Yo he sido joven y he envejecido; pero no he visto a un justo desamparado, ni a sus descendientes mendigando pan.”

La referencia bíblica, del libro de Corintios, aun le era imborrable.

El sacerdote la pronunció al desposarlos sin la presencia de sus padres, hermanos y allegados.

Ezequiel Albán —su compañero de estudios y el verdadero responsable de lo ocurrido— observó la ceremonia. Permaneció oculto en un rincón de la catedral Metropolitana.

La inmadurez y cobardía impidieron que asumiera su papel de padre y marido.

El pasado poco importaba. Tieta ya amaba a Ensuncho y admiraba su tenacidad para evitar que el infortunio los separara.

El dinero no escaseaba. El ex mentor vendió las propiedades heredadas e impartía clases particulares de francés. Nunca permitió que Tieta trabajara. Sin embargo, ella lo convenció de la necesidad de hacerlo ante su incapacidad de quedar embarazada.

“Lo entiendo y lo respeto, con un niño como yo es suficiente y te doy las gracias.”

La edad se pesa con los besos acumulados y el susurro de los amo-ríos febriles.

Tieta es una sirena desvalida que intenta vigorizar al viejo Odiseo. Entre los balbuceos de un falso efebo intenta regresar a Ítaca para recuperar su reino.

Imposible. Quedaron atrapados dentro del laberinto de Dédalo y bajo el escrutinio del Minotauro.

Tieta cerró la libreta de apuntes, apagó la lámpara de cabecera y besó los secos labios de su marido:

“Bonne nuite mon amour”, exclamó amorosa.

Ensuncho Carchi jamás despertaría…

HEMEROTECA: tele7jui20

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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